CINERAMA. ¿YA NO SE HACEN PELÍCULAS COMO LAS DE ANTES?
Miguel Álvarez

Encargos de Autor

Todos hemos oído alguna vez a la salida de un cine la excusa «sería una obra de encargo» en respuesta a la decepción producida por la visión de alguna de las obras menos logradas de algún director conocido, refiriéndose a que su autoría no ha quedado quizás demasiado impresa en la cinta. Lo cual nos lleva a reflexionar, primero, si se puede usar el término autor para un producto en el que trabajan cientos de personas y cuyo resultado es siempre debido a un buen trabajo en equipo y, segundo, en qué medida el que sea o no «de encargo» influye sobre el acabado de la película.

Sobre este segundo punto hay que recordar que cuando hablamos de una obra «de encargo» simplemente se quiere decir que no es el director quien propone la idea de la película, sino que ya le viene dada por unos guionistas o productores, y esto no tiene por qué ser indicio de menor calidad. De hecho muchos directores demuestran más su valía cuando realizan sus trabajos más alimenticios y no hay quien los soporte cuando hacen sus obras más personales.

Un ejemplo claro de lo trillado que está este tema lo encontramos en el Hollywood clásico, en el que profesionales de la talla de Howard Hawks, Michael Curtiz o Raoul Walsh trabajaban bajo contrato para un estudio determinado que les encargaba en ocasiones más de una obra al año. Estos directores (entre otros) cumplían sus «encargos» usando su conocimiento profundo de los resortes que hacen que una película funcione, dando como resultado algunas de las producciones más conocidas y logradas de la historia del cine. Curiosamente, ahora nadie duda del carácter de autor de estos directores, cuando en su época eran considerados como simples artesanos. Y no sólo ellos, sino gente de la talla de Alfred Hitchcock, quien tuvo que esperar a ser reivindicado por François Truffaut como algo más que un simple «retratista de crímenes».

Volviendo a la actualidad, es curioso comprobar cómo una cinta es menospreciada automáticamente si es un encargo, olvidando todos los valores que pueda tener. Así, por ejemplo, hace poco se oían protestas contra la última película de los hermanos Coen, Crueldad intolerable. Efectivamente, la película fue bailando de un estudio a otro hasta que llegó a sus manos, con lo que es evidente que no puede tratarse de su film más personal, pero tampoco hay que negar las muchas virtudes de esta comedia tan divertida como inteligente (recordemos que algunas películas en principio más personales de estos geniales hermanos no están tan logradas como la mencionada).

También suelen producir un injusto rechazo las películas que suponen un giro en la carrera de un director determinado, ya que cierta crítica especializada se sentía a gusto habiéndolo etiquetado y le molesta quitarles esa etiqueta (acusándoles de haberse «vendido»), olvidándose de que, después de todo, el público no tiene por qué conocer nada de la trayectoria de los responsables de la cinta. (y es mejor que sea así).

Algo parecido ocurre cuando se habla del cine de los grandes estudios frente a un cine más independiente, cuando la pertenencia a una u otra clase no nos dice absolutamente nada de la calidad de la película. Así, a muchos parece importarles más que las producciones de, por ejemplo, la casa de animación Pixar muevan millones en productos derivados (algo totalmente legítimo) que la insuperable calidad de sus elaboradísimos guiones; de la misma manera que son muy pocos los que califican a su alma mater, John Lasseter,como el genio que es en realidad.

Más ejemplos actuales de lo mal que están usados las expresiones de autor y de encargo en la actualidad los encontramos en directores tan dispares como Clint Eastwood, Steven Spielberg, David Fincher, Sam Mendes, Michael Mann o Ridley Scott, los cuales suelen realizar la mayor parte de las veces guiones ajenos a ellos y siempre para las grandes productoras americanas, pero a los que, con altibajos, saben imprimir sus inquietudes y su personalidad siempre con vistas a conseguir la mejor película posible (siguiendo así el mencionado modelo del Hollywood clásico), y es ahí donde precisamente demuestran su autoría.

Por lo tanto, posiblemente todo depende de la entrega con la que el director se centra en hacer bien su trabajo y en darle al respetable un producto digno, que no sólo no excluya el arte como ingrediente, sino que lo tenga en consideración como el elemento más importante.

Cine de Verano

Debajo de la conocida frase «ya no se hacen películas como las de antes» firmarían sin dudarlo un buen número de aficionados al cine, lo cual nos lleva a preguntarnos qué ha ocurrido con la prometedora generación de cineastas surgidos en el Hollywood de los años setenta (Coppola, Scorsese, Spielberg, Lucas, De Palma...).

Curiosamente, el que en su momento parecía el más importante de este grupo, Francis Ford Coppola, es el que ha llevado posteriormente la carrera más irregular, en la que predominan los títulos más bien mediocres, además de llevar años sin realizar ningún trabajo. Su último estreno importante fue su fascinante y polémico Drácula (hace ya más de una década), aunque no está de más reivindicar su estupenda Legítima defensa.

Otro que parecía seguir los pasos del anterior es Martin Scorsese, que tras haber sido considerado uno de los cineastas más importantes del mundo, llevaba años convertido en poco menos que un director minoritario hasta el estreno de la irregular Gangs of New York —que vino a demostrar que su enorme talento seguía intacto, pero que no había evolucionado lo más mínimo, ya que esta película repite sin el menor atisbo de rubor todos los elementos temáticos y formales de su filmografía anterior—, que le permitió volver a la primera línea de la actualidad (posiblemente este era el objetivo principal de la cinta).

De Brian de Palma cabría decir algo parecido: sigue siendo exactamente el mismo que era en los años setenta y ha tenido —más que ningún otro— una carrera muy irregular en la que ha habido obras maestras (Atrapado por su pasado), buenos productos comerciales (Misión: imposible), películas reivindicables (Ojos de serpiente) y auténticos bodrios (Misión a Marte). Sin embargo, cabe destacar que un director de este calibre tenga en la actualidad problemas para financiar y estrenar sus películas; sin ir más lejos, Femme Fatale, su mejor película en mucho tiempo, tardó más de un año en estrenarse entre nosotros, lo cual nos da una idea de cómo funciona la industria cinematográfica y los gustos del público en la actualidad.

El que sí que no es el mismo es George Lucas. El que comenzara su carrera de una manera rompedora e inconformista se ha convertido, al haber hecho una pausa de veinte años en la dirección, en un empresario más que en un director. Y si no, ahí están las nuevas entregas de su popular saga galáctica: correctas, entretenidas y visualmente apabullantes, pero lejanas de la magia, la fascinación y el carisma que convirtieron a las primeras entregas en un referente importantísimo del cine. Sin embargo, aún queda esperanza de que el autor de American graffiti regrese y se dé cuenta de que un actor vale más que un millón de bites.

Por lo tanto, aunque a muchos les cueste admitirlo, el que ha demostrado una mayor valía y una carrera más interesante es Steven Spielberg, al que la etiqueta de «director más exitoso de la historia» le ha traído ventajas, como tener carta blanca en cualquier producción, pero también le ha llevado a tener el mismo problema que tuvo Hitchcock en su momento: que por su condición de director estrella muchos se acerquen a sus películas cargados de prejuicios motivados casi siempre por razonamientos extrafílmicos, que les llevan a acusar de «blandas», «dolorosas» y «pesimistas» obras maestras como El imperio del sol o A.I., y de «comerciales» y «convencionales» a películas como Minority Report (¿«convencional» una cinta en la que Tom Cruise persigue sus propios ojos por un pasillo?). Si bien es cierto que ha realizado algunas películas malas (Always, Hook), esto no debería pesar tanto a la hora de darse cuenta de que es el director de su generación que más ha evolucionado y el que cuenta con un número mayor de obras maestras en su haber (a las mencionadas habría que sumar otras como E.T., En busca del arca perdida, Tiburón, La lista de Schindler, Encuentros en la 3ª fase...), que dentro de unos años serán (si no lo son ya) clásicos intocables.

Un punto y aparte se merecen los dos actores-directores por excelencia: Clint Eastwood y Woody Allen. Ambos son creadores de un reconocible personaje fílmico que han desarrollado —al margen de cualquier otra cosa que no fuese su propia voz artística— en un par de filmografías igual de impresionantes, en las que se perdona cualquier altibajo posible y que han generado una legión de incondicionales a su cita anual con ellos.
Si sumamos estos últimos nombres a los de interesantísimos directores americanos «nuevos» (los Coen, David Fincher, Tim Burton, David Lynch...), se llega a la conclusión que es la propia actitud de la industria, obsesionada con la taquilla y con eliminar cualquier atisbo de arte de sus productos, lo que impide que lo de «ya no se hacen películas como las de antes» sea sólo otra frase hecha sin sentido.

 
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