PRÓLOGO

I. El mar en la literatura española
El mar de continuo renovado, símbolo de lo mudable y también de lo imperecedero, alma nutricia de la poesía y la novela, punto de partida, medio iniciático, misterioso en sus profundidades y monumental tanto en sus episodios de ira como en sus letargos apacibles. Aún más que la tierra, el fuego o el aire es uno de los cuatro elementos esenciales de la naturaleza que, desde Homero o las antiguas sagas nórdicas hasta Melville o Conrad, vibra con su presencia en las páginas de la literatura de todos los tiempos y en todas las lenguas.
Pocos han sido los escritores que se han librado de su atracción: el misterio de su inmensidad, el rítmico y poderoso pulso de sus mareas. A pesar de que los aledaños del mar son hoy un destino turístico privilegiado y, aunque se haya avanzado tanto en su exploración y el conocimiento de sus secretos, el mar, la mar sigue siendo ese insondable ámbito en el que todo parece aún posible: es el reino de lo imprevisto, como en los tiempos de Julio Verne. En el mar se dan cita tanto el aliento poético como el épico: tal es su ambigüedad y el volumen de sus significados.
En el reparto de los dioses, le correspondió al mar Nereo (en griego ???e?? o ??????, «mojado»), que era el mayor de los hijos de Ponto y Gaia. Doris le dio cincuenta hijas maravillosas, las Nereidas, todas ninfas del mar. Vivía en el mar Egeo, acompañado siempre por ellas, que le entretenían con sus cantos y sus danzas. Era capaz de cambiar de forma, tenía el don de la profecía y ayudaba a los héroes. En esta asignación de las divinidades del Olimpo, el oficio marinero ha tenido mejor suerte con este Nereo bondadoso que los mineros con su malvado y vengativo Plutón.
La literatura del mar está entretejida por múltiples textos a los que acogerse desde aquella primera nave que Apolonio de Rodas, en el siglo III a. J. C., llamara con el nombre de Argos y que tanto llegó a asombrar e irritar a los dioses. Los abetos pulidos del bosque de Pelion, con los que Argos se construyera, permitieron que se desarrollase toda la gesta prehomérica. La búsqueda del vellocino de oro por Jasón engendró una panoplia de historias que aún hoy siguen alimentando la cultura occidental. Lo mismo pasa con los cuentos de Las mil y una noches: Simbad recorre con sus barcos una y otra vez parajes extraordinarios. El mar es el camino por donde transitan las riquezas, las aventuras y la muerte. Simbad, y otros personajes que atraviesan las páginas de los relatos de Sherezade, está mucho más cercano a los marinos profesionales de Conrad que al místico capitán Achab de Melville.
A pesar de estar flanqueada por mares culturalmente enriquecedores, España no ha dado grandes escritores ni grandes escritoras que puedan asociarse con el mar. Algún poeta y algunas novelas, pero nadie de la talla de un Conrad o un Julio Verne. Y eso que España funciona como una plataforma de Europa, anclada entre el Atlántico y el Mediterráneo, tantas veces soporte de aventuras ultramarinas, país de litorales prolongados, de gentes que han buscado su vida en el mar, de generaciones de emigrantes de ida y vuelta... y, en cambio, aquí no han cuajado felizmente los motivos literarios que tanto han engrandecido al mar en otras literaturas. Los autores españoles se asoman a veces a sus orillas y lo recogen de pasada como un asunto accidental u ornamental. Pero corren presurosos a describir y a soñar otras vidas tierra adentro. Se echan en falta en la literatura española esos tercos enamorados del mar: los grandes escritores seducidos por los enigmas de las aguas de altura, por las profundidades abisales, por los horizontes ilimitados y por las luchas enconadas por abrirse paso en un ámbito tan zalamero como adverso. Sin embargo, sobresalen algunos poetas y novelistas que merecen comentario aparte.
A Pío Baroja no le faltaban motivos para escribir sobre el mar. Había nacido en San Sebastián y siempre encontró en el País Vasco una de las raíces más auténticas de su vocación creadora. Pero, a pesar de haber crecido en la cercanía del mar, sus novelas de tema marinero no se comprometen a fondo con la experiencia marinera. De un lado, se apoyan en referencias al pasado en las que se sigue muy de cerca la información de documentos y publicaciones del siglo XIX. De otro, son el trasunto de lecturas de autores como Stevenson. Baroja escribió una tetralogía consagrada al mar: Las inquietudes de Shanti Andía (1911), El laberinto de las sirenas (1923), Los pilotos de altura (1929) y La estrella del capitán Chimista (1930), independientes las dos primeras y de asunto continuado las dos últimas. La más lograda es sin duda Las inquietudes de Shanti Andía, pero no es nada comparable a Conrad o a Aldecoa. En ella se superponen dos planos: la descripción de la costa perfectamente delimitada e identificable de Guipúzcoa, y una visión del mar como escenario de la epopeya vasca. Una epopeya en negativo. Más que gentes de mar sus protagonistas son hombres desnortados, aventureros y fracasados. Las novelas barojianas del mar son sólo acción humana, pero pasada por la mirada estereotipadora de la novela de aventuras.
Gran Sol (1957) es una de las pocas novelas españolas contemporáneas dedicadas por completo al mar, o más que al mar a las gentes del mar. Aldecoa elige a los tripulantes del barco de pesca de altura Aril y los sigue en su ruta hasta el banco de pesca denominado “Gran Sol”. Los pescadores del Aril viven estrechamente unidos en una pequeña y aislada comunidad de trabajo que les ocupa varios días. Allí permanecen solos en la mar, en litigio con las aguas en horas fatigantes, peligrosas o de rutina; pero el mar jamás será considerado como objeto de reflexión, contemplación o fuente de satisfacciones. Todo parece atenerse a un plan preestablecido hasta que irrumpe la tragedia: se accidenta y muere el patrón del barco. Los aventureros marginados de Pío Baroja, los Chimista, Ugarte y Aguirre, tanto como el indolente Andía, se transforman aquí en unos seres atrapados sin remedio en el círculo cerrado e indestructible de un oficio que determina la forma de ser y de pensar de quienes lo ejercen. El barco, sus tripulantes, el mar, el puerto del que han salido, la casa propia y la familia forman un conjunto impermeable de personas muy unidas entre sí, pero aisladas del resto de los grupos sociales. Su lenguaje y sus evocaciones refuerzan esta impresión de hermetismo, de integración total en su grupo humano, de acomodo en una manera de vivir y forjar un ambiente especial. Puede afirmarse que los pescadores de Aldecoa son incapaces de percibir el mar directamente: están en medio de la mar, en ella trabajan y del mar viven, pero se comportan como si éste no existiera. Cuando sienten sus efectos es a través del barco que los transporta. No aparecen singularizados con unos rasgos físicos concretos: son seres sin relieve, condenados a una lucha constante, peligrosa y carente de heroísmo.
Juan Ramón Jiménez desarrolla su poesía del mar cuando ya ha puesto en circulación la ingente variedad de recursos que lo han convertido en un poeta universal. Cuando se publica Diario de un poeta recién casado, en 1916 (después rebautizado como Diario de poeta y mar, y que definiría como “mi libro mejor”), se halla en pleno proceso de depuración de su expresión poética. Sus poemas ganan en densidad porque pretenden comunicar contenidos anímicos esenciales. Está en curso una reconversión de su arte poética para adentrarse en el mundo interior, y no tanto como una manera de evadirse de la realidad sino para encontrar respuestas a los interrogantes que plantea la existencia. Y el mar será precisamente el tema inductor de una andadura que desemboca en la culminación de su obra. Esta evolución simbólica es paralela a la espiritual del poeta en busca de trascendencia: descubre el mar como la belleza que le pone en contacto con lo universal y lo eterno. Se inicia la segunda etapa de su poesía (1916-1936), coincidiendo con su primer viaje a América, y se distinguen dos formas bien distintas de entender el mar. En el viaje de ida, el agua se convierte en una masa física amorfa y carente de sentido. Mar adentro se enfrenta a una soledad imponente y todo le evoca la cara ciega e impenetrable del mundo en que vivimos. La enajenación solitaria del mar lo predispone para sentir una aguda sensación de angustia. Pero esta visión se modifica por completo en el itinerario de vuelta a España. Lo que en el viaje de ida fuera congoja del ánimo se vuelve ahora expansión y reencuentro comunicativo. Comienza un proceso de recuperación del mar: entendido como campo de salvación que llegará a su momento culminante en la tercera etapa de su vida con su libro Animal de fondo (1949). En este libro el mar y dios aparecen a veces identificados. El poeta, sumergido en el mar-aire, bajo el techo de la superficie-cielo, parece haber encontrado la plenitud de lo que está hecho, conseguido y a punto para su objetivo. Mar y persona, mundo y alma, y todo ello con la obra creada, se funden en una sola existencia. Como el mar, el ser humano se acerca y se aleja de sí mismo en lucha constante para salvarse del absurdo vital, aunque no puede evitar encontrase siempre en sus orillas.
Un Rafael Alberti muy joven, henchido de recuerdos de su Cádiz natal, es el que escribió Marinero en tierra (1924). Se trata de su primer libro de poemas y de su primer libro sobre el mar. La nostalgia del mar atraviesa cada poema como una constante. Lo que da la pauta de estos versos es la distancia de una orilla gozosa (“El mar. La mar. / El mar. ¡Sólo la mar! / ¿Por qué me trajiste, padre, / a la ciudad?”); distancia que el poeta exterioriza en cada momento como un anhelo («Si mi voz muriera en tierra, / llevadla al nivel del mar / y dejadla en la ribera»). Alberti trata del mar como una materia poética que recibe ya moldeada por la canción popular andaluza convertida en tonadilla, villancico, poesía ligera vinculada a una tradición poética que comienza en los cancioneros medievales, pasa por Lope de Vega y Góngora y desemboca en Juan Ramón Jiménez. Alberti añora la costa desde la sierra castellana adonde lo ha conducido su enfermedad, y esa separación crea la nota honda y doliente que dota a estos poemas de originalidad. Marinero en tierra supone un retorno a la infancia, símbolo de lo que se acaba de perder, pero lo hace sin nostalgia y más como un acopio de fuerzas, en forma de emociones y sentimientos, en las que se apoya para dar el salto a la vida adulta. El recuerdo es fuente de esperanza y energía, y la infancia tan cercana alimenta impulsos que le sirven de trampolín hacia una vida distinta. Alberti nos presenta un mar benéfico que se afirma a sí mismo a pesar de los cambios históricos y de las mutaciones de la realidad. Un mar al que sólo cabe regresar para indagar en su significado esencial y para prestarle sentido a través de símbolos que acaban por convertir la infancia en una modulación del sentimiento lírico.

II. Cuentos al mar desde la costa asturiana
El secreto de los cielos grises, de Elizabeth Felgueroso López, utiliza el motivo temático de la transmisión de conocimientos entre las distintas generaciones para presentar a dos personajes (vieja y niño) que simbolizan a los aplastados por la historia. Dos víctimas inocentes separadas por la edad; pero iguales ante el peso que les inflige el sufrimiento y que coinciden en un momento de sus vidas para intercambiar sus experiencias. Mientras que el niño dispone del tiempo futuro, doña María es la dueña del don de la palabra y de la metáfora. Y a través de ambas funda un nuevo mundo en el que el mar puede convertirse en cielo, los pájaros ser peces que nadan en él y las nubes sobresalir como las rocas. El mar, que es la vida, estará siempre a nuestro alcance en el azul de las alturas y nos contendrá en sus aguas mientras sobrevivamos.
El abuelo y la mar, de Ricardo Candás Huerta, es una evocación de la pasión indomable que el mar contagia a quienes le sirven. Alejandro Borbolla, nieto de uno de esos marineros que han pasado mucho más tiempo dentro del mar que en tierra firme, ha construido su imagen del mundo a través de los cuentos de su abuelo y, más tarde, ya adulto, no es capaz de salir de ese sueño plagado de tormentas fantasmales y monstruos marinos. El mar, con su abuelo dentro, forma la sustancia de su identidad y condicionará para siempre su personalidad conflictiva.
La Vacada Real, de Casimiro Palacios, cuenta el viaje de ida de un asturiano de catorce años, dispuesto a “hacer las Américas”, y el de vuelta que realiza, en su lugar, su hijo César Augusto. Un hombre que se conformaría con retomar la forma de subsistencia que dejara su padre cuando emigró. Una vida presuntamente feliz que César Augusto identifica con la posesión de una vaca de ubre generosa y caudal infinito. De la nada salió su padre en pos de una fortuna siempre esquiva, trastocada en el Caribe por la consecución de otros ideales más abstractos, y en la más absoluta miseria -para cerrar el circuito trágico de su familia- concluye sus días el infeliz César Augusto: el que se creía que era Mzungu Sese Selasi Mariam (que significa “hombre blanco, pero un poco negro, que no vuelve la vista atrás y es el elegido para formar la vacada real).
Olas de libertad, de Alejandro M. Gallo, o la forja de dos rebeldes. Héctor y Andrés han nacido del lado de quienes han perdido todas las batallas de la historia (“Hijos de los soldados muertos, víctimas del azar y el destino, niños atormentados y confusos que vagaban por la vida soportando la carga angustiosa de pecados que no eran, ni fueron nunca, suyos: la última en Cuba y Filipinas o Puerto Rico”) y son acogidos por una institución religiosa a cambio de su sumisión. Empero siempre estarán ahí los disonantes que se preocupan por algo más que el mendrugo diario, los inquietos letraheridos que hallan hasta los libros más escondidos, los absorben y se transforman con su alimento en seres irreductibles capaces de gritar a todos los vientos: ¡Sólo los locos abrimos los caminos! ... Y el mar cómplice ayudará a uno de ellos, Héctor, hasta que enlace al otro lado de la mar océana con otros insumisos de su misma estirpe y de la del mismísimo Emiliano Zapata.
Dos apuestas y una promesa, de Naciu Varillas, relata el viaje de vuelta hacia Asturias de dos indianos que consiguieron amasar una gran fortuna en México. Ahuyentados por la revolución, deciden volver a su tierra; pero naufraga el barco. En medio de un mar infestado de tiburones, asistimos a los últimos momentos de la vida de Anxel y Carlos que poco antes apostaban por ver quien conseguiría reunir más bienes materiales en su terruño originario. A punto de ser engullidos por las aguas, sus vidas penden de un tenue hilo: la ayuda que pueda proporcionarles su antiguo sirviente: el callado y sumiso Alfredo... Pero a éste, en un momento tan decisivo, le asaltan las dudas, luego de pasar revista a una existencia marcada por la entrega incondicional a cambio de nada.
Monstruos, de Laura Casielles, describe, en una prosa muy bien avenida con lo poético, el proceso de desentrañamiento de la esencia del mar, más allá de los esfuerzos por aprehenderlo que se hace en las obras de arte. El mar nos envuelve ora de manera activa (“La mar es una bruja, dice y llora, una bruja que te embruja y no te suelta, una bruja sin tiento que te amarra a su boca para siempre”) e insinuante (“Que la mar sonaba a tintineo de pulseras, a maracas, a sonajas, a ronroneo de fondo detrás de un balcón y sin luna, paseándose desnuda ante sus ojos”), ya de forma descomunal (“Otras veces se enfurece y la golpea, la azota, descarga en ella toda la furia de sus siglos, en forma de olas que arrasan ciudades”). A la postre, el mar se aparece como “una fila de termitas que roe los barcos de abajo arriba (...) y a los hombres (...) hasta que desaparecen en la espuma que deja, ahí al fondo, el movimiento diminuto de cada una de sus patas”. El mar se iguala simbólicamente al tiempo en el que se consumen lentamente nuestras vidas, mientras aguzamos nuestra inteligencia y todos los sentidos para intentar comprenderlo con más tino.
En Islas, de Teresa Martín, aparecen dos artistas plásticos de muy diversa trayectoria e idiosincrasia que ahora se muestran frente a frente y en silencio, pero que se comunican desde dentro (“Hombres de pocas palabras dicen. No. De muchas palabras, calladas. Ésas que crepitan como el fuego en letanía de miradas, que acarician los ojos de quien se halla delante”). Hacia afuera exponen sus cuadros llenos de colores y en su interior albergan una fragua que es como el mar (“Que tu interior es cálido, hondo, azulado como este cuadro, como el mar, tu mar, la mar”), en la que se forja su vida y donde bulle la realidad multiforme. Pero están radicalmente solos, por eso son islas (“Usted y yo somos islas ancladas, firmes, dentro de un mar que las envuelve en truenos, pero que las envuelve, a las que siempre volvemos”). Ambos se sostienen porque son conscientes de hallarse unidos en lo fundamental: son capaces de mantenerse prendidos de sus ilusiones y de unos sueños que cobran forma en sus cuadros como “una y otra vez islas. Todos esos rostros son islas, la misma y todas diferentes. Agua y velas. Azules y anaranjados. Una noche de tormenta y un fuego. Y el silencio atronador del mar”.
Crónica del olvidado nombre de Félix Llamorgal, de Pablo Rodríguez Medina, llama a la reflexión sobre cómo se escribe la historia de los pueblos. Frente a quienes meten bulla en la historia y se encargan de transmitirla a las generaciones futuras se alzan unos seres apremiados por la pobreza y siempre deseosos de aliviar su estado de precariedad. A menudo, permanecen callados mientras les suministran la realidad adulterada (“El pueblo entero acudía con curiosidad al espectáculo de la caja sonora en la que Félix Llamorgal había conseguido apresar voces extranjeras, del otro lado del océano, y que, según explicaba, quedaban a merced de los vientos, de las carabelas y de los mástiles del puerto”), pero llega un día en que una novedad, en forma de barco que promete ganancias fáciles, les hace insubordinarse y actuar como una marea humana que arrolla a quien se le ponga por delante. Todo concluye cuando los poderosos, con el archisabido recurso de la represión, restablecen el orden y emborronan la historia. Por el mar les llegan las ilusiones, los engaños y también la fragata con los soldados que acabarán con sus vidas.
En Un mar apenas agitado, Manuel García Rubio nos habla de la insatisfacción. Hay un momento en la vida de las personas en que un incidente nimio e inesperado (el protagonista recibe por correo un sobre extraño que contiene una cinta magnetofónica) altera sustancialmente sus expectativas y su conducta. A partir de entonces ya nada será como antes porque en ese objeto el protagonista imagina que está depositada la promesa de un existencia más plena y surcada por la ilusión renovadora del amor. Y, aunque esa cinta sea portadora de un mensaje equívoco (“Allí seguía el mar, batiéndose sobre sí mismo. Escuchó el crepitar del agua, las idas y venidas de la espuma, seguramente en una playa sin rocas, pequeña -por los ecos- y arenosa -por el burbujeo mínimo que, aguzando el oído, se adivinaba más que oía)”, la rutina en los días de este probo y eficiente contable saltará hecha añicos y sufrirá una transformación tan radical que de un ser pasivo y previsible pasa a convertirse en otro siempre en alerta y atado a lo inesperado.
¡Tocado!, de Pepe Monteserín, arranca in medias res para sorprender a un escurridizo contrabandista de armas dispuesto a salir indemne en su próxima escaramuza naval y legal. Sabremos de su trayectoria escolar y personal, y de la peculiar manera en que aprendió, refugiado en los pupitres, a moverse con soltura por un mar preñado de peligros (“Con aquel juego de la juventud, el alma se me había amoldado al zafarrancho y a las esquivas y adquirí la técnica para situarme en lugares neutros de las aulas, a sotavento de la ley, ángulos muertos donde no miraban los profesores”). De paso, no hay que perderse el currículum paralelo de su compañero de fatigas Marcial: un avezado farero que sigue porfiando desde tierra para dar asilo a los barcos inseguros y que acaba mezclado de forma imprevista en los negocios de su antiguo compañero de pupitre.
Las ganas de vivir, de Rafael Reig, concluye con esta definición de los seres humanos: “Somos así: criaturas solitarias, incomprensibles”. Luego de contar la peripecia vital de un empleado de banca al que la muerte accidental de su esposa le da un vuelco a su vida. Apremiado por la cuantía de los gastos que le supone educar a una hija aquejada de síndrome de Down, comete un desfalco, es descubierto, pierde el empleo, le quitan la tutela y no se le ocurre otra cosa que suicidarse mar adentro. Como también fracasa en este intento, continuará con su existencia de manera bien distinta a la que soñara en los tiempos en que su esposa aún vivía.
Donde rompe y se levanta el agua, de Francisco Lauriño, presenta a un personaje tallado en el mar: un luchador contra viento y marea. Un invencible que consiguió ganarle la partida a las aguas por dos veces y evitó muchas muertes. Ahora, a sus casi noventa años (también ha incumplido con holgura los plazos de la muerte), repasa su vida en el momento en que se acerca sigilosa por el mar una tragedia imprevista de proporciones descomunales. Siempre soñó con ser capitán de barco y no pudo conseguirlo porque una sociedad hipócrita, que no atiende al verdadero mérito personal, se lo impidió (“Pero tú eras así. Era tu naturaleza. Así ibas hilvanando el soliloquio de la vida, condenándote, por amor, amores de muchachos, no correspondidos, condenándote a la soledad, el marica, denostado, rechazado”). Empero ha sobrevivido a toda una vida consagrada al mar y frente a una sociedad que lo trató injustamente y que ahora volverá a sufrir una de las embestidas periódicas y terribles: “... y el agua se levantaba sobre los artificios, sobre las creaciones humanas, y abarloaba los barcos amarrados a puerto y todos ellos comenzaban a descoyuntarse poco a poco, a transformarse en restos del naufragio sobre una tierra ya mar...”

Benigno Delmiro Coto (Diciembre de 2005)


 

 

 

 

 
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