PRÓLOGO

I. Bojeo al mar en la literatura cubana

El mar, siempre el mar. Entre tierra y tierra, entre cielo y tierra. Grávido horizonte donde nacen costas de utopía. Colón, en la popa de la “Santa María”, pariendo un Nuevo Mundo. Caza fortunas europeos y cazados africanos, a través del mar edificando esperanzas.
No solo en los comienzos de la vida, sino también en los comienzos de la literatura nuestra, resulta el mar motivo reiterado por un arte y unas letras donde la insularidad es marca identitaria. El “Diario de Navegación” del Almirante de la Mar Océana, fundador de la literatura hispanoamericana, escrito sobre el mar y al vaivén de las olas, inaugura una línea temática que irá evolucionando a través de los cinco siglos de las letras de Cuba. Fray Alonso Escobedo relatará también su itinerario hacia La Florida, en un largo poema homónimo escrito en octavas reales entre 1598 y 1600, donde el mar, por fuerza, será motivo recurrente, escenario de la travesía, rebelde elemento parasitado por la piratería y azaroso instrumento de la zozobra. A través del mar, viaja Escobedo al Nuevo Mundo y entra en conocimiento de su exótica gente, incluso del “criollo”, híbrido biológico del español y el aborigen americano.
También el mar, ya no como camino sino en tanto costa de sorpresas a través de la cual llegan abastos y noticias, comerciantes y piratas prestos a la rapiña, ponzoña el texto inaugural de las letras cubanas, El Espejo de Paciencia (1608). Aquí los bucaneros se enfrentan a los isleños con victoria para los últimos, que defienden su suelo y su paz al precio de sus vidas. Estos “españoles de ultramar”, como gustan llamarse, tienen anclado el corazón en su Península y la mirada perdida por efecto de la “demasiada luz” de esta tierra en que sus sueños se materializan y donde engendran hijos y empresas. Sus descendientes americanos, los alabados “criollos” del mito europeo, manifiestan el orgullo de quien nació a este lado del océano llevando a la espalda el útil elenco de una cultura milenaria importada por sus padres, enriquecida por sus abuelos. Así, un Manuel de Zequeira, elogiará con sus versos la “Batalla naval de Cortés en la laguna”, porque a través del mar llegaron las armas y con ellas la superioridad de una cultura bélica y heroica que trasladó sus Cides de los valles peninsulares a los llanos oceánicos.
También el mar será motivo de rebeliones. José María Heredia, Primogénito del Romanticismo Hispano, traza las fronteras de su patria en cada línea de agua. Su poesía ofrece los símbolos de una Patria nueva en que la Palma Real no solo es elemento constante del paisaje sino gallardía criolla y una estrella solitaria en cielo oceánico, la isla independiente y soberana. Ideas independentistas alientan sus versos de libertad. En “Emilia”, el mar lo aleja de la Patria para escapar a un exilio que minará su vida. En el “Himno del Desterrado”, el mar resulta argumento suficiente para el grito emancipador. Recordemos algunos de sus hímnicos versos que, prohibidos por las autoridades coloniales, aventaban las voces de los cubanos independentistas: “¡Cuba! Al fin te verás libre y pura/ como el aire de luz que respiras,/ cual las ondas hirvientes que miras/ de tus playas la arena besar.// Aunque viles traidores le sirvan/ del tirano es inútil la saña,/ que no en vano entre Cuba y España/ tiende inmenso sus olas el mar.”
El mar, nuestro ya, con tonalidades románticas, ondea en la lírica de una cubana talentosa para quien la metrópoli abrió sus escenarios con aplauso, Gertrudis Gómez de Avellaneda, quien a caballo sobre las aguas, entre la Patria idealizada y la Europa de sus glorias, dirá en “Al partir”: “¡Perlas del mar! ¡estrella de occidente!/ ¡Hermosa Cuba! Tu brillante cielo/ La noche cubre con su opaco velo,/ Como cubre el dolor mi triste frente.” (…) “¡Adiós!... Ya cruje la turgente vela…/ El ancla se alza… El buque, estremecido,/ Las olas corta y silencioso vuela.”
Referente tropológico, el mar opalescente de “La pesca nocturna” en la poesía de José Jacinto Milanés; el de Juan Clemente Zenea en el poema a su amante Adah Menken: “Del verde de las olas en reposo/ el verde puro de sus ojos era”. Hasta entroncar con el estilizado, casi nórdico, mar de un Julián del Casal que encerrado en la isla de su pobreza, escribe: “Suspiro por las regiones/ donde vuelan los alciones”. En su “Marina”, la lírica cubana alcanza cubres sobre las altas olas de la literatura en lengua española: “Como vientre rajado sangra el ocaso,/ Manchado con sus chorros de sangre humeante/ De la celeste bóveda el azul raso./ De la mar estañada la onda espejeante.// Alzan sus moles húmedas los arrecifes/ Donde el chirrido agudo de las gaviotas,/ Mezclado a los crujidos de los esquifes,/ Agujere el aire de extrañas notas.”
Llegamos entonces a José Martí, a su “monte de espumas”, menos océano y más fronda de olas. Porque diría en los Versos Sencillos: “El arrollo de la sierra/ me complace más que el mar.” A través de las aguas se aleja de su patria después del infierno del presidio, en la playa pasea su niña de “Los zapaticos de rosa”, por el mar regresará para liberar a Cuba de la esclavitud y a España del oprobio colonial. Entre su “Diario de Cabo Haitiano a Dos Ríos” y el “Diario de Navegación” de Colón, se desangraron las utopías para florecer con nueva gravidez. El texto de Colón funda un Nuevo Mundo y el de Martí una Nueva Patria, también Nuevo Mundo en que la utopía del “con todos” deberá amigarnos al mar.
Literatura de la guerra y de la identidad patria, tomará al mar como escenario o personaje. Desde novelas capitales como la Cecilia Valdés, de Cirilo Villaverde, donde se cuenta del mercadeo de negros a través del océano; hasta Mi tío el empleado, de Ramón Meza, en que naves españolas continúan trayendo pobretones prestos a robar cuanta riqueza les pase cerca y llevándose ricos indianos que alentarán en Europa el mito de una América pródiga de tesoros.
Con una atmósfera de ambiente marino, el antológico cuento de Jesús Castellanos “La agonía de La Garza”, destaca por su tensión dramática y simbolismo al tiempo que resulta una pieza magistral de nuestra narrativa. En la novela La conjura de la ciénaga, de Luis Felipe Rodríguez, el mar se hace fango y alegoría de la caricaturesca República mediatizada por los Estados Unidos de Norteamérica. Juan Criollo, de Carlos Lobeira, otorga al Caribe carácter de puente cultural entre naciones de América. Novelas posteriores como Contrabando, de Enrique Serpa y El Negrero, de Lino Novás Calvo, ofrecerán dos cumbres literarias en que el mar revela su contradictoria condición, ahora como escenario para aventuras en que la avidez por el dinero puede llevar a límites la condición humana.
También Serpa con algunos de sus cuentos describe los conflictos de los pescadores que luchan por la sobreviviencia. Tal es el caso de sus relatos “Aletas de tiburón” y “La aguja”. Esta última narración se encuentra entre sus piezas mejor logradas por el clímax que alcanza. Presenta la historia de un viejo pescador que: "Durante una semana había estado saliendo diariamente al mar (…) sin que una sola aguja hubiese tocado sus avíos" y de su hijo Carlos, que lo acompaña en la pesquería hasta que encuentran "un hermoso castero" con el que entablan una pelea definitiva. “Castero” es el la denominación que daban los pescadores cubanos a la aguja rayada para diferenciarla de la aguja negra. Esta clasificación aparece en los libros del sabio cubano Felipe Poey, en el cuento de Serpa y también en la obra de Hemingway, quien con su noveleta El viejo y el mar no hace sino aprovecharse y continuar una tradición literaria cubana, ya que la anécdota de su famosa narración sale del cuento de Serpa y el escenario y los personajes los toma del poblado costero de Cojímar, donde el norteamericano refugiaba su yate.
Las zonas portuarias, atestadas de prostíbulos, el mar ya no solo como escenario sino también medio de producción, surge en esta literatura, a la que se suma la impronta de Carlos Montenegro y Pablo de la Torriente Brau.
Onelio Jorge Cardoso, desde su obra narrativa, ofrecerá una visión diferente, lejana del dramático realismo de Serpa y Hemingway. Su relato “Caballo de coral” es paradigmático en el abordaje de un asunto clave en la obra de Jorge Cardoso: la necesidad de la fantasía en la vida del hombre. Una y otra vez sus narraciones nos llaman la atención sobre la necesidad de la fantasía para afrontar la vida y enriquecer la espiritualidad. En esta pieza, el caballo de coral funciona como una metáfora de los sueños, las ilusiones y las esperanzas de los seres humanos, que necesitan creer en cosas sublimes. El retrato de los hombres de mar y de la vida miserable de los pescadores cubanos logra un alto relieve con el abordaje de un tema que trasciende el mero contexto en que es presentado.
Alejo Carpentier, con su teoría de lo real-maravilloso americano, unifica el Viejo y el Nuevo Mundo en una cosmovisión descolonizadora. Sus mares mueven más que olas espumeantes, transportan miradas y tesis sobre el devenir americano. Particularmente en las novelas Concierto Barroco y El Siglo de las Luces, Carpentier ensaya sobre los diversos valores y virtudes de la mar océana en que nació este Nuevo Mundo presto a florecer en una cultura revitalizadora del arte universal.
En la poesía del siglo XX, Emilio Ballagas, desde su lírica intimista y neorromántica, convierte el mar en escenario erótico con su “Elegía sin nombre”. Los versos manejan un lenguaje coloquial y metafórico en que la playa idílica del romanticismo se trasviste en escenario espejeante para el descubrimiento de un idilio prohibido: “Descalza arena y mar desnudo./ Mar desnudo, impaciente, mirándose en el cielo./ El cielo continuándose a sí mismo,/ persiguiendo su azul sin encontrarlo/ nunca definitivo, destilado.”
Inquietudes eróticas y también metafísicas aparecen en las obras de Dulce María Loynaz y Serafina Núñez, ambas recurrentes en el uso del mar como símbolo lírico. Dulce María, en su novela Jardín, jardín junto a la costa, balcón florido, o en sus poemas de Juegos de agua. Serafina con los versos de Isla en el sueño y Mar cautiva.
Conveniente pero no segura frontera de separación, a través de la cual aguza la mirada codiciosa el Gigante del Norte, el vecino imperialista, será el mar en la poesía de Regino Pedroso. En “Más allá canta el mar”, revela: “Allá, sobre el mar, en ciudades babélicas/ que al mismo cielo retan alzando hasta él sus hombros,/ vive desde los días del Mayflower un cíclope,/ recio como la época, sólo adorando su oro.”
Al otro lado de nuestra poesía de la segunda mitad del siglo XX, los “origenistas” convierten al mar en continuación de la Patria, con visiones tan diversas o dispares como las de Gastón Baquero, transformado en criatura marina que mira a la Ciudad amada a través de las aguas en su “Testamento del pez”; y la del Virgilio Piñera obsesionado por “la maldita circunstancia del agua por todas partes” en “La isla en peso”.
Nicolás Guillén, poeta caribeño por excelencia, describe un mar germinador de influencias y abierto al intercambio. “Por el mar de las Antillas” y otros muchos poemas suyos trascienden sobre la espuma hasta llegar a su lírica de la revolución cubana en que “gigante azul abierto democrático:/ en fin, el mar” simboliza la libertad y los derechos conquistados.
Novelas como Gallego, de Miguel Barnet y El mar de las lentejas, de Antonio Benítez Rojo, serán preámbulo para una producción narrativa de fines del siglo XX que se extiende a los comienzos del XXI donde el mar vuelve a convertirse en camino y, frecuentemente obstáculo, para el conocimiento y la migración, para la conquista de la gloria y la conquista de la felicidad. 
Incluso un poeta trovador como Silvio Rodríguez, con sus “Canciones del mar”, se acerca al océano que nos acerca y separa con la certeza de su insularidad. En  el texto número 41 del libro Canciones del mar, expresa: "Yo soy un grano de arena". Unos cuantos años después, al  inicio de una composición formada por tres décimas: "Yo soy de donde hay un río,/ de la punta de una loma". Nos remite enseguida  a  esa influencia literaria y ética que sobre él ejerce nuestro Apóstol. "Yo  vengo de todas partes", susurra José Martí desde sus Versos Sencillos. Y de todas partes viene y a todas partes va, el mar en que flota la Isla, pétalo de tierra anclada que desangra aromas. Gracias a las continuas y enloquecidas migraciones, el imaginario cubano, desfocado sobre la tierra, se traslada cada vez más hacia la costa, en pos del mar.

II. Los cuentos de esta antología
Los diez cuentos cubanos que presentamos en esta antología —que sepamos primer intento de periodización del tema marino en nuestra literatura—, continúan el abordaje del mar desde ópticas disímiles, pero siempre desde la orilla de la Patria, y ofrecen un panorama de nuestra narrativa de finales del siglo XX. “La Noche del Capitán”, de Eduardo Heras León, se ha convertido ya en un clásico por su magistral manejo del conflicto del miedo. Este relato apareció en el libro Los pasos en la hierba (1970), uno de los textos que inauguró un tipo de narrativa realista, dura, influida por la obra de Hemingway y fundada en acontecimientos históricos inmediatos al Triunfo de la Revolución cubana, en enero de 1959. Los cuentos de este libro están basados sobre hechos reales, en los enfrentamientos a los mercenarios pagados para desestabilizar al país. Particularmente en el relato “La noche del capitán”, el mar resulta lo incógnito, la frontera de peligro a través de la cual puede llegar la agresión y la muerte.
“De los 80”, de Juan González Díaz, evoca una década que para los cubanos fue de oro por cierto esplendor económico, sin embargo marcó el inicio de un cambio que se agudizaría en la de 1990 con el llamado Período Especial. Los personajes de este cuento rememoran un pasado reciente en que sus vidas de hombres jóvenes y solteros les permitía mayor libertad; ahora, aunque lo desean, no pueden irse al mar, a la mítica playa de Varadero, porque tienen familias, mujeres e hijos, toda una impedimenta con que los ha cargado la vida. Por demás, no tienen con suficientes energías para un viaje demasiado largo para hacerlo en autobús. Hablan de un compañero que se unió a una familia de mejor posición social, de más recursos, que tiene carro y para quien esta travesía puede ser placentera. Las diferencias sociales que gravitan sobre los conflictos esenciales de la sociedad cubana en los fines del siglo XX, comienzan a notarse aquí, para estos personajes la playa es lo que pudo ser y no fue, la decepción.
Eugenio Leiva presenta el mar de la muerte, el feroz estrecho de La Florida que cruzan los caribeños en busca del sueño americano. “Redención en el mar de los mares” es un relato sintético en que el iceberg hemingwayano deja ver solo una parte del conflicto descrito. Un hombre flota en la mar agarrado a un pedazo de madera de su embarcación zozobrada, a su alrededor merodean los tiburones, quizás presiente que será devorado antes de alcanzar la orilla pero ya no le importa porque tuvo valor para cumplir su destino y ha logrado avistar la orilla mítica. Acaso sea mejor no pisar “la tierra añorada” para que continúe siendo el lugar de la utopía personal.
En su cuento “Olor a Limón”, Aida Bahr traza una metáfora del mar como desenfreno sexual y evasión de la difícil realidad de sus personajes, aprisionados por sus circunstancias, debilidades, incultura y odios raciales. En una casa junto a la playa una niña de doce años será testigo y protagonista de un conflicto de amor que desemboca en la muerte. El mar, vía de escape, también lo será de liberación. La casa de madera, como un barco varado junto a la playa, con olor a limón, a yodo y a sal, es el escenario que oculta la tragedia como marejada y azote a la vida.
Para Enrique Pérez Díaz el mar es la fuga, la posibilidad del encuentro con la individualidad, la tentación y la libertad. “Ese hombre está loco” porque comienza a ser él mismo, soltando el lastre que le impuso su circunstancia de individuo “realizado”, hipócrita, que desprecia su trabajo burocrático en un Ministerio pero no puede renunciar a él por los supuestos beneficios que recibe, hasta su evasión al mar, cuando gracias al encuentro con unos jóvenes fabulosos que se entretienen en surfiar en la playa descubre que está matando las cosas esenciales de su existencia y se rebela. En este cuento el mar simboliza el camino al autoconocimiento y la liberación.
“Una dama de negro, los autos, las gaviotas”, de Amir Valle, refleja el conflicto de aquellos que quedaron en la Isla ante la muerte de los familiares que intentaban alcanzar la orilla de la realización, la otra orilla. Desde su óptica realista y en el complejo contexto cubano de la última década del XX, nos presenta el conflicto de una joven hermosa que ha enloquecido y vestida de luto echa papeles escritos al mar, desde el muro del Malecón de La Habana. Es el relato de la relación casi amorosa que surge entre el pintor-narrador y la joven que odia al mar porque en sus aguas murió su padre y, aunque no lo acepte, durante el éxodo masivo de la Crisis de los Balseros, en 1994, también su esposo y su hijo. Para el pintor el mar es la belleza plástica, pero para esta mujer obcecada por su tragedia, como dice en un parlamento “es cárcel y libertad a un mismo tiempo”. Ella no quiere aceptar que, como su padre, su esposo y su hijo se ahogaron, por eso les escribe cartas que lanza desde el Malecón y espera que regresen a buscarla para llevársela también al Norte que representa una “libertad” y una “ilusión” que ha enlutado a demasiadas familias de la orilla pobre del mundo.
Con “Claudio y las sirenas”, Reinaldo Medina Hernández presenta la historia de un náufrago que en la forzosa soledad de su supervivencia es atormentado por sus fantasmas y fantasías sexuales. El autor ha dado continuidad a una tradición literaria universal, la de la existencia de las sirenas y su relación con los marinos, para desacralizarla mediante la ironía. Inserto en la línea del cuento fantástico cubano, Medina, con su peculiar sentido del humor traza una parábola sobre el mito y su verdadera esencia, en que el brioso náufrago será burlado por sus demonios. Aquí el mar es el erotismo excéntrico que desborda la vida solitaria de quines se aventuran entre sus sorprendentes ondas azules.
Centrado en el dramatismo del naufragio, el cuento “Los hijos que nadie quiso”, de Ángel Santiesteban, describe la zozobra de la condición humana ante una situación límite. Presumiblemente durante el éxodo masivo de 1994, cuando el gobierno cubano permitió la salida del país de cientos de caza fortunas que marcharon hacia el Norte de sus fantasías en balsas y embarcaciones improvisadas, los protagonistas de este relato se alejan de la costa con el ánimo de los conquistadores para ser reducidos ante la furia de los elementos y de su suerte adversa. Ante un mar canibalesco, lleno de tiburones, de aguas hirvientes y tormentosas, su instinto de conservación y supervivencia pondrá a prueba a estos hombres. Ellos son “los hijos que nadie quiso”, para quines ninguna orilla abrió sus brazos protectores. Cementerio de aguas, el mar.
Souleen dell´Amico Ciruta, en “La hermandad”, presenta a un grupo de jóvenes que gastan sus energías en aventuras de buceo y que conforman una “hermandad” a partir de un pacto de sangre, pese a que solo los une realmente el amor por la exploración de las profundidades del océano. Sin embargo, el hallazgo de un galeón español naufragado en la costa, y de un presunto tesoro, les devolverá el sentido de su “hermandad” y dejará una huella definitiva en cada uno, advirtiéndonos de esa otra cara que ofrecen los abismos del mar: la del peligro que amenaza y castiga nuestros cuerpos de animales terrestres.
Por último, mi cuento “Ciudad” retoma el mito de la Antártica y su simbolismo como tierra de promisión para conformar una historia en que el mar será escenario en que se ponga a prueba lo peor y lo mejor de la condición humana. Enmarcado en una situación atemporal y desinteresada del contexto geográfico, intento reflexionar sobre el valor de la ilusión y de la utopía. Enfrentamiento de Sancho y Quijote en que el océano tiene valor cataléctico. En sus aguas está la vida de los seres que las habitan y nos alimentan, pero también acecha la muerte, agazapada en su condición natural y salvaje; sus laberintos de sal y espuma ocultan Nuevos Mundos por descubrir y profundas orillas de un universo que continúa incógnito y retador de nuestro futuro y de nuestra fantasía. Este relato, al igual que los restantes de la presente antología, ofrece una continuidad para la exploración ultramarina que inició Colón hace cinco siglos terminando por avistar las nuevas costas, esa otra orilla que nos tienta con su horizonte azul, solo azul en nuestra imaginación.

Luis Rafael (Diciembre de 2005)

 

 

 

 

 
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