Carmen Yáñez

Las huellas del hombre

Nace, Salvador en este instante
que la noche nos cubre de tinieblas.
Ahora que hay premura de esperanza,
de caminos, urgencia de luciérnagas.
Nace el aura.
Al pie del Sur
con la fuerza del rayo
o en la raíz de las flores apagadas.
Hay inquietudes
que mueven las montañas
e inquietud es tu muerte inadmisible.
Nace a la luz de tu pueblo cercenado
para ordenar el cause de los ríos
peinar la infidelidad del tiempo.
En fin ... tu rabia crece en los volcanes
y en las piedras profanadas
en la burla paradojal por los ausentes.
Vuelve al fruto inagotado,
vuelve al germen vivo
a la célula estimulante de tu plática.
Nace oasis desde el Norte por su cabeza
atribulada
y el desierto deshidrata las memorias
con afán de soledades.
Vuelve de las manos mortales de la piedra.
Haz de tu símbolo un grito y no una lágrima,
de tus viudas la palabra que desvela.
Asalta la ternura de la vida.
Y vuelve en el descuido de la siesta
donde descansa el puñal
que te ignora cada día.

Proclama

Yo estoy aquí
para recordarles lo feo, lo mínimo.
El cardo, la piedra, la espiga,
el guijarro, la hormiga,
la carga,
la doliente raíz
que se ciñe a la vida
espantada de muertes.
El polvo que se atreve a levantarse,
los pasos que se pierden
y no vuelven.
La mierda del perro,
ah! por aquí pasó la vida,
y no se detuvo.
La soledad de un zapato en la orilla
de un viaje interminable.
La roca gris que sostuvo el cansancio del caminante
y el tonel de la desesperanza
husmeando los rieles.
Los huesos, sí, los mínimos huesos
que escarban la memoria
y despiertan a todos los pájaros
de un grito.
Yo recuerdo lo feo, la arruga,
lo viejo, lo inútil,
lo roto.
Más allá se duele una muralla
con dosmil nombres,
por sobre el silencio.
El hueco de una fosa
la evidencia.
El color de la tierra y sus estrías.

Ignominia

Los vidrios húmedos,
paz que conquista las astillas del frío
    Pequeñas cosas
                    próximas
Nariz helada contra el vidrio.

Retina que absorbe la garza de la aurora
          Los gallos cantan.
La invasión del cielo
                    es fuego.
El frío no es refugio
para defender tu territorio.

Tu casa cobra
significado universal
              pero está muerta.

Morada

Se han ido todos;
el bosque con su música de abetos,
los hombres cargando sus sombras
y sus perros.

Y eran de sueño los prismas de colores
que dejaban tras de sí.

Se han ido todos.

Yo me quedo
con un mínimo candil
entre las manos.

De vez en cuando
soy el árbol
que apuesta sus raíces
a la tierra.

Rostro de madera

La memoria del espejo
no recuerda lozanía.
Trastoca la imagen
y como si fuera de madera
arruga la frente,
dibuja en el cristal
huellas
de las que huye la infancia.

Adhiere la corteza
la carga del otoño.
El abrazo del verano
reverdece el tronco.
La piel golpea
hasta despertar
antiguas armonías.

De la fuente
aún no se agotan
las mariposas del agua.
El día encanece lento.
Precisa tiempo de paz.
Los punteros del reloj
hicieron el camino
al margen de ti mismo.

Mujer

Cuánto diste, mujer:
siglos de luces
que no reflejaron las conciencias
tragadas por abismos de silencio.

Cuánto más:
raíces para contener la tierra
terciopelo del amor
una espiga hasta alcanzar el cielo
fértiles semillas del coraje
para un mundo habitado por la guerra.

Cuánto más.

Desde tus ojos
alboradas y nieblas,
revisión del juicio
a la esperanza de las flores.
Diminuta de pequeñas cosas
rescatadas de la infancia
en la escritura de los sueños.

Cuánto más.

Hojas que cubren el pudor del universo
lagos generosos de aguas vírgenes
espesura del secreto
de las profundas raíces de tu tiempo.

Cuánto otoño
inundando la tierra
y un color crepuscular
en la corteza.

Como en el mandato machadiano, Carmen Yáñez ha hecho poesía al andar. Poesía que nace del camino recorrido desde Santiago de Chile (donde nació en 1952, en el seno de una familia trabajadora) hasta la ciudad de Gijón. Un recorrido vital que arranca en 1975 cuando desaparece en manos de la policía política de Pinochet. Vuelta del infierno de Villa Grimaldi (casa secreta de la siniestra DINA), permanece en la clandestinidad hasta que en 1981, vía Argentina y bajo protección de la ONU, toma el sendero del exilio rumbo a Suecia.

Venida de otro hermisferio. Carmen Yáñez inicia en Suecia la publicación de su poesía. En 1982 publica el poemario Cantos del camino, y en los años siguientes irán apareciendo poemas suyos en revistas suecas (Signos, Ada, Invandraren) y alemanas (Viento Sur). Publica los trípticos Al aire (1989) y Remanso (1992). Y, desde 1990 y en la distancia, su poesía comienza a publicarse también en Chile, en las revistas Safo y La Garza Morena. Durante su estancia en Suecia participa en la creación de varios talleres literarios. Primero, el taller Lofche (1986-88). Después, Transpoetas y Madrigal, a los que sigue aún vinculada.

Más que nostalgia, es la palpable presencia de una geografia nueva la que marca su poesía de estos años. La luz y su ausencia. Los inviernos blancos y los inviernos verdes. El frío y el recuerdo del calor. Sureña en el Norte, Carmen Yáñez encuentra en la lengua que se trajo de Chile su último refugio.

En 1997 se traslada a España y fija su residencia en Asturias, en lo que ella misma define como una búsqueda de las raíces. Un retorno al territorio común de la lengua española que se plasma ahora en este libro, balance de un camino imposible de desandar.

 
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