Miguel I. Arrieta Gallastegui

UN DÍA, AL AMANECER,

era tarde, muy tarde,
y las horas andaban dormidas y desnudas,
y ni siquiera la vaga luz de los sueños
que enturbian las almas durante el día
traslucía de las mudas ventanas
que se cerraban al silencio.

Como en un horizonte verde, muy verde,
emergieron las ramas caídas
de sus brazos y piernas imposibles,
emulando vejaciones a los sueños
consentidos, uno de cada tres,
o traicionados, el resto por diez.

Llegó viejo, muy viejo,
pero como si solo le maduraran
las ganas de mirar, o el verdear sin rumbo,
y todo lo demás,
ya consumido en arenas finas
quisiera en arrugas de polvo
quedarse,
o deberse, insensato, a ellas.

Habló, como los amantes serios, bajo, muy bajo,
pues ni a las infelices o torpes vigilias
de quien no quiere dormir ni crecer
a fuerza de sobrellevarlo o inducirlo
pensaba que había que molestar o aturdir.
Decía, lo que meramente hablaba: «No estoy».

•••

Éramos pocos, muy pocos,
estábamos tristes, muy tristes,
nos sentíamos solos, muy solos,
y nos veíamos de noche, muy de noche,
para comentar aquella calma, muy calma,
que anegaba nuestras vidas quedas, muy quedas.

•••

Bajo la cenicienta luz que parecía adorarle
todos le vimos ajeno, muy ajeno,
porfiando por que sus lágrimas náutiles
se volvieran comas idiotas
entre los sueños angelicales
que dan lugar a un punto seguido y otro aparte.

De los de allí, ninguno le dijimos
que por ser él, a él mismo,
no le bastaría el sueño grávido, muy grávido,
del dormir en paz y discurrido
que a otros cae y duerme por la noche
cada luna y cada vez.

Le hablamos del tiempo,
de cómo pasaba y de cuánto llovía
desde que no le dijimos adiós
cuando se fue cansado, muy cansado,
de soñar tranquilo a la hora de sentir
y dormir inquieto a la de soñar.

Le dimos ánimos, bastantes,
para sentir, pero no todos;
la dirección de un sueño
que se acordaba de sus cejas y de él;
precios para competir
con otros insomnes duros, muy duros,
que lizan entre los vanos silencios
de quienes no respetan despertar o no dormir.

Nos miró, entonces,
aquello que era su alma,
como si el cielo mirara un fugado,
con la vergüenza propia de la venganza
y el pavor triste que de ella se deriva,
ese que hace que un alma cruda, muy cruda,
ponga en cuarentena hasta los recuerdos
que persisten.

Sólo hablaron, lo poco que hicieron, sus ojos,
que se extraviaban lentos y vagaban y volvían
como si hubiera quedado entretenida
su alma de cualquier manera en nuestras mentes,
abandonadas las pobres, sin más,
a razones bellas, muy bellas,
tanto que, quizá, por ello, podríamos olvidarlas.

•••

Queríamos sentirnos cerca, más y muy cerca,
practicábamos artes arcanas, muchas y muy arcanas,
vigilábamos los vientos si eran varios y fríos, muy fríos.
Y si servíamos para sabios, entre otros muy sabios,
y a la vez éramos necios, propiamente del todo necios,
deberíamos saber perder los dientes todos, justos y nuestros
que merecen las infancias lerdas o sin ganas.

•••

Pues ya no le vimos más,
ni esa tarde ni en las cálidas mañanas
a las que acudieron reverberando
los ojos presentes y los antiguos
pensando igual los unos de los otros
que llegaban pronto, muy pronto,
los que no iban ni a lado alguno pensaban llegar.

¿Por qué fue su llegada como los momentos,
menos que un minuto,
más que sus desiguales partes,
acaso lo mismo que una amante venial, muy venial,
sabe sobre todo preferir,
antes de a nada imprecar o maldecir?

Lo poco que le vimos y dejamos quedar;
el sueño que teníamos y por el que dejamos de soñar;
la pobreza con que disponíamos
un mundo salobre al que a huevo enredar...
Todo era propio, muy propio,
y vida y consorte nos dejaba,
entre paréntesis, sobrellevar.

Ya lo dije: él no hablaba del todo;
pero resonaba como el eco
de una migraña antigua, muy antigua,
ese poner letras a las miradas que pusimos,
o palabras en los labios que abrimos,
o las frases esas con las que se ingenia hoy
el alma tal a la que tan tarde accedimos.

•••

Era fácil hacer felices
los alrededores fósiles, muy fósiles,
que desprenden el aire prójimo, muy prójimo,
y se puede, con artes dúctiles y dáctiles, muy dóciles,
la mayoría de las veces ciegas o muy abortas,
hacer, con contento común, limpio y todo común,
pero no asentar en días puercos, muy cuerdos,

tanto que llevarnos puedan de calle
y a un ceniciento estar,
cuando quieren decidir con un obtuso así y acá
cuánto nuestras las nuestras artes son
y cómo de nuestras manos manera.
Con sueño o sin él, ellas serán quienes lleven mi sombra
al atardecer, la bañen, enjabonen y aclaren,
dejándola lista para soñar, por ejemplo par,
cuánto paga un alma limpia, muy limpia,

por ensuciar esos amaneceres claros, muy claros,
en los que ven las miradas hondas, muy hondas,
lo que tuvieran de mías, muy mías,
las mías, que a veces fueron de él,

y las de ayer.

 

 
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