Ángel Delgado de Castro

Beso finisecular

...blanca,
enorme, alta ana,
asciende en el aire
frío
desde el baile
de un beso
hasta el esbozo,
el tintineo de otros labios
coronados
por la fresca redondez del humo...

...con la risa
entreabierta y clara todavía
de tu cuerpo batiente
en ceniza, iluminado, pero
no oculto tras la tierra,
sino lejos, estrellado,
el techo
de la noche negra.

 

Ciudad

Sin memoria,
una leve presencia
de tiempo y
la ascensión del ladrillo
va resumiendo el cuerpo dibujado
en cada torre.

Cuanto más silencio
alborozado
nos sacude olvido en la cintura,
más allá del espacio
que hay que recorrer
sobre la piedra
y el cristal
queda atrapado el deseo
de ser
como el mar y abandonar
en la profundidad de la raíz
la luz que lentamente cruzaron
tus espejos.

 

Timonel de tierra

Suena el barro en los brazos,
a ciegas
detiene su larga risa de campana.

Entre los dedos un vuelo va
fijando como tela de araña
la cuna gris, resonante, del beso
blanco, entre las sábanas. Surco adentro,
timonel de tierra, la luz
escapa, el abismo
prolonga el vacío, inalcanzables
las sombras. Y, bailando,
relincha el aire alrededor,
que el eco,
abandonando el cristal, desciende
al mediodía.

Bulto redondo en el aire
retorna el silencio los ojos.

Por fin
la luna, aventando el abismo,
que palpa quizá el barro,
que palpa quizá,
que palpa.

 

Más que palabras

Más que palabras,
silencio
con los ojos,
resonancia
de manos alborotadas
como un cuenco
incipiente
que recoge las alas
de cansancio.

Adquiere luz así
bajo la piel removida
el horizonte constante
de mi cuerpo
con sentir
te.

 

Noche y agua

Dos sombras claras
junto al agua
abren la noche.
Tu voz viva, entre las dos,
va abriendo la vida, atrapada,
en cada vuelta,
aprehendiendo
piedra sobre piedra del viento,
pie peregrino, aprendiz casi,
como si callara la lluvia
a sorbos,
salpicando su silencio.

Dos sombras claras
junto al agua,
una y otra vez,
desnudan el paisaje cercano
como un cuerpo adherido,
inundando
la frente profunda
y entreabierta aún
de la noche.

 

Concierto río

Piedra y luz
en el cuenco inerme de la noche.

Una noche de piedra
acaricia los ojos.

Sólo. Sólo.

Firme baile de luz
y viento
deshaciendo el sonido de la sombra.

La ciudad se asoma
con labios de cristal.

Un poco más allá
el silencio
llano.

La luz, escondida,
mira y busca el mar.

 

Tu voz en el teléfono

Si estuviera aquí,
desacompasada,
podría abrir mi mano
sobre tu cuerpo empañado,
extenderme en esta niebla.

No es una herida
lo que traigo a este cementerio
inalámbrico,
sino un vacío redondo
que inunda
cada rasgo, cada número
encerrado
en una imagen
que casi siempre se deshace.

Pero tu voz,
cuando llega,
me entreabre hilo a hilo,
me apalabra
y al final de la boca
me destierra.

 

Insinuación a la vida

Un gemido caído de bruces
se abre al mediodía de sombras.

Como un reto, casi,
se bambolea
sobre la cabeza jadeante,
luminosa aún,
vencida sobre los hombros.

Deshecho al fin, agua,
señala la dureza vertical
de una cita
que ahora se entreabre a borbotones,
con un gesto mudo,
seco, insinuando
un cuerpo lleno y espigado
sobre el filo de la vida.

 
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