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José María Ruilópez
La agonía de una raza
Fue de pronto, entre la masa,
cuando comprendí aquel momento:
Una raza se extingue ante mis ojos
y me unge en súplica lejana
con su rezo a dios inacabado,
con su labio de palabra impuesta,
con el peso disminuido
de su esqueleto fosilizado.
Cómo puede este indio luchar por su ralea,
tirar del bagaje de siglos de su estirpe,
sacar la sanguijuela de su poro,
romper la estola agobiante de su nuca,
batir el aire con gritos de victoria.
Una triste caricia
emana de sus ojos cargados de recuerdos:
Leyenda de selva hospitalaria,
de trino agorero de silencios,
de sangre sin retorno necesario,
de tribu unida en el calvero;
cuando el suelo era todo germinada turba,
limpia trama de lianas y ramaje,
cobijo sin registro a vidas ancestrales
un pueblo ignorante de otras latitudes,
convicto de su única casta,
apacible con el tucán de vuelo entrecortado,
cómplice del buitre en el acecho,
sosegado reposo sobre hamaca,
por años sin noticias
de siglos sin gramática.
Qué piensa este indio
que está frente a mi casa
mirando indiferente mi oro de plumaje,
mi guiño acristalado,
mi atuendo de sastre puntilloso,
mí aire de gente de ajetreo
que busca alicientes allá tras la frontera.
Qué piensa este indio
que está frente a mi casa
siguiendo sin enfado
el gesto rebuscado de mi mano,
el trazo genuino de mi firma,
la apostura altiva de mis hombros,
la casta añeja de mis sienes.
Todo manos de palmas verticales
como topes plasmados a su frente
que se mueven muy lento hacia su nuca,
un rumbo de ráfagas de historia,
la historia que crece entre los hombres
cual cultivo de ácaro adiestrado
que lima sin pausa su tallo de futuro.
Imposible una tregua de aliento en su agonía
que pare ioh milagro¡, el fin estipulado
por el costo vetusto de conquista
a su estirpe de aposento original.
Yo no sé por qué este indio
me mira igual que si mañana
fuera el último día de este mundo,
intentando venderme un arco de cintas y colores:
un mensaje en arco iris,
como rastro vísible a su agonía,
convirtiéndose en estudio
de antropólogos y alumnos,
algo que fue un instante
de larga pesadilla.
Yo no sé por qué este indio
pone tan poco interés en su tarea.
Se le ve estático en su época
como el último eslabón
de una etnia ahogada en el progreso,
y aunque yo veo una sola cara,
este indio lleva en sí miles de indios,
miles de sentimientos enmarcados por una sola faz.
Es como un indio comprimido,
la muestra de otros muchos
que se presentan como si fueran todos él
sabedores del espacio restringido
que el blanco les designa.
Este indio me mira con mil indios
ocultos todos en su pupila negra
atisbando el entorno desde el hueco
de lágrima propicia,
diminuto círculo de húmedo sollozo
balcón móvil de apiñados sobresaltos.
Mil indios se asoman a este ojo
ansiosos de una luz para su causa,
mil indios que me observan
con un ceño congelado,
prendido en el destino
por un hilo de mirada tumefacta.
Evitan así la masa delatora,
el tumulto de colores parlanchines,
la cascada de alientos confundidos,
el grueso de manos pedigüeñas,
manos ya serviles,
sin propia iniciativa en el trabajo,
aptas sólo para artesanías recurrentes
para gentes extranjeras.
Son manos secuestradas por el blanco
vacías de usos ancestrales
ajenas a fuerzas concebidas.
Son sólo manos indias en mentes blancas,
un trasplante eficaz para el imperio,
blancos con múltiples manos movedizas,
monstruos blancos que giran con cien manos.
Este indio no tiene aniversarios
es una lámina a color para la alcoba,
una clase de historia en el pupitre,
un arco de cintas y colores
pendiendo cual trágico testigo
de mi heredada conciencia de exterminio.
Piensa el indio en la madre Lola Kiepja
la última huella concebida en Ushuaia
apagado su hálito de nieve postrimera
bajo soplo de silencios obligados
sin nadie que sepa su lenguaje,
como mundo de mueca distraída
sola, en la isba de hoguera milenaria.
Sueña el indio con razas variopintas
con tiempos de cultos virginales
de ritos reducto de su casta
de hermanos apaches y navajos
de danzas sin freno ni testigo
sin culpas traídas por el yelmo
ni fuego, entubado por el blanco.
Hollo esta tierra con paso prisionero
de causa sucesoria desde siglos
mirando la mancba huidiza
del indio sin regreso.
Una mueca caduca sobre lenga
tiñe de intriga mi camino
un bostezo en el tronco pasajero
por apero de ona ya perdido.
Me voy con el arco entre mis manos
un arco que emite mensajes de otro tiempo,
magnetismos ocultos, raíces secas,
tierra baldía ya al semen ultrajado.
Un indio solo,
esperanza fumigada por un desinio fatal.
(En el vuelo 855 de Aerolíneas Argentinas entre Iguazú
y Ushuaia. 10-3-1991)
Amor rodado
¿Lo recuerdas?
Tras el cristal,
con tu pose incitante,
apurando tu figura hasta la provocación,
te dejaste en mí,
No hubo lucha entre nosotros.
Fue la entrega sin disculpa,
pletórica de fuga.
De tus entrañas fundidas
salía el destello vivo de tu lustre,
jugabas con el reflejo pulcro de la luna,
seguías el sendero viejo de la historia,
dejabas que el fulgor primero te puliera.
¿Quién hubiera resistido
el convite de tu presencia estilizada,
de tu estructura de fémina sin nombre,
de tu arquitectura angular para el disfrute?
Tu virginidad incólume te hacía sumisa
como cornisa incipiente ante el tifón.
El nuestro iba a ser un amor convenido,
uno había de ceder ante el acoso,
padecer en su carne, de dicha antes ausente,
el capricho único, la disculpa a tiempo,
el susurro lejano de una noche,
el ángelus de una creencia,
la noticia que exalta el sosiego compartido,
la gloria en movimiento hacia allí.
Después, cuando ya fuéramos uno,
serías incluso envidia de novias anteriores,
disgusto para otros corazones circulares,
lágrimas de lluvia rural,
torpe tropiezo en recodo urbano.
Apretados en el éxtasis,
cercada la distancia por carrera sin fin,
teníamos todo el porvenir en nuestras manos,
todo el horizonte a nuestro alcance,
la perspectiva desafiada por los dos,
lo remoto convertido en tacto próximo.
Un fundido de cuerpos y metales
para correr sin freno,
para subir sin fobia al encuentro
de la meta que nos proponíamos,
descender sin miedo hacia el abismo que nos acechaba,
no topar en cada curva más felicidad
ni más obstáculo que nuestra propia dimensión.
Cuando el aire dibujaba nuestros perfiles
y nos mecía en su silbante bostezo,
proferías susurros casi imperceptibles.
Como no teníamos pudores antiguos
usábamos posturas variadas de recreo,
sobaba mis pies contra tu vientre
y ufana jadeabas ante el goce
en contorsiones de baile en el silencio.
Y así fundíamos en nuestro esfuerzo
mi sudor promiscuo con tu saliva amarga,
mi desprecio de la rampa con tu apremio,
tus contorsiones con mi empuje
y mi tesón con tu tersura.
Yo, con el sol como diadema fija
abriendo invisibles canales de drenaje
en mi frente avanzada
hacia lejanos horizontes.
Tú con los goznes de tu silueta arquitectónica
al desafío de los rayos rectilíneos.
Mi frente y tus curvas.
Mis manos
y tus huesos bruñidos para mí solo.
Mis pies y tus puntos más erógenos,
mis partes y tu núcleo encajado dentro de mí.
Así, de esa forma,
cuando bandeaba esa estructura infranqueable de tu línea, me seguías
atenta a mis requiebros,
presente en mi memoria,
sujeta a mis envites.
Todos tus huecos
eran el cobijo fiel de mis caprichos,
la cueva digna de mis intenciones,
el refugio seguro de mis soledades.
Resignado por la fatiga
ocasionada por tanto amor como nos proporcionábamos, de tanto encuentro
como nos permitíamos,
sentía bajo mí,
pegado a mí,
en mí más mí,
cómo te movías cual grupa desgajada
golpeando mis interioridades
en nuestro lascivo asfalto particular.
No había en nuestras vidas tardes de café,
lo nuestro era todo amor intrínseco,
sexualidad sin tregua,
persecuciones implacables del placer,
subidas sudorosas a las nubes,
bajadas sin gobierno
hasta el néctar entrañable.
Regado tu cuerpo de perlas copulares,
escurridizo tu sexo oculto y lubricado,
parásitas tus piernas de rectos ligamentos,
minucioso tu talle de encajes bien forjados,
ansioso tu seso de gestos intimistas,
largos tus pies en círculos de viento,
oculta tu melena en un saliente de aire...
¿Quién había de soportar provocación igual?
¿Quién podría resistir la mueca insinuante?
¿La vuelta recoleta de tu talle?
¿La pose vertical de tu andamiaje?
¿El lustre lujurioso de tus visos?
¿La gracia sencilla de tu cuadro?
Eras tú, la espera impaciente a un encuentro furtivo,
el rapto admitido hacia un amor sin dueño,
la loca carrera hacia la felicidad en marcha,
la montura estrecha a la herradura de mis ingles...
Eras tú, bicicleta de ayer,
el recurso alado
de un tiempo de ansiedades,
una luz en la penumbra adolescente.
1990
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