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Manuel Camarero
Vínculo sin cauce
ni temas a la mar ni esperes puerto
(Lope de Vega)
1
Volaban como cuervos alaridos insomnes.
Vieron las nubes. Llovió
tanto
que en las fachadas surgieron millones
de sarmientos. La embriaguez se tornó
insoportable. Éramos lagartos
y entre nosotros alzábanse inmensos
muros de helechos. Vimos
enormes inflorescencias. Volvieron
las pértigas de sombra,
pálidas como el cemento. Habitamos
el último cajón de la mesilla.
No era cálido. Pero
sobrevivimos. Aún amanecía.
Tú eras un abrazo perpetuo, el beso
prolongado, la piel
jovencísima, el dedo más dulce
que la más suave caricia. Yo, atónito,
tranquilamente necio.
Se precipitó el alba,
oscura como el rayo.
Resplandeció la bonanza en tu pecho,
mis labios en tus besos escarchados;
sufrimos la angustiosa
presión de la calina, estremecido
el cuerpo. No era el futuro. Volvieron
las pértigas de sombra...
2
A tus ojos obedece la aurora
y brota de mis dedos
como horizonte pírico
que anima nuestro vínculo sin cauce.
3
Ofrece el horizonte la violencia
de un velo desgarrado, casi púrpura.
Las fauces de los vientos arrebatan
cualquier melancolía, toda huella.
Las luces enloquecen la mirada:
vestigios de colores y espejismos.
Ya no hay mar: forajidos que palpitan,
cavernas espumosas que vocean.
Las olas atraviesan los aromas,
devoran el lamento y los incendios
y acuden a su seno enfebrecidas.
Lo divisé perplejo. No temí
la fuerza, ni siquiera la rutina.
Se forja mi esperanza en el ocaso.
4
Cuando de una candela levantabas
apenas tenue llama, candorosa,
sutil cancela abierta de esperanza,
hilo capaz de sustentar auroras;
cuando ascendió turbada, persuadida
por la creciente luna, enjalbegada
al celoso calor de tus pupilas,
que centinelas niñas la avivaban,
en mi piel se esbozaba la quimera,
el capricho liviano de la espuma,
y era mi mano ensueño de candela
que ardía en ilusiones. ¡Grave llama,
ofuscada en mis ojos! Despeñado
ya el mirar, ¿qué centinela guarda?
5
Haré cuanto tu voluntad me dicte,
porque en tu voluntad está mi gozo:
que la rosa el cabello te engalane
y la aurora en mis manos te decline.
6
Hoy llueven las horas sobre nosotros
y un camino de espejos
empapa nuestros pasos.
Serpentean los vidrios las aceras
como irisada cortina del agua.
Hay calles melancólicas de luna,
sorprendidos recodos por el fuego.
Y entre nosotros se alza una distancia
de jardines y plazas embarrados
y un devenir de losas y de asfalto,
de azogues y avenidas.
Pero hallamos en el arco del agua
la sorpresa vidriada de la luna,
la serpiente del iris.
No hay distancia ni ausencia
ni calles ni cortinas ni recodos.
7
Paciencia con los brazos de los álamos.
Paciencia con la tibia muchedumbre
de las espigas.
Paciencia con la pulpa de los frutos,
con las pardas y mínimas semillas.
Paciencia con los tallos de las jaras
y el color virginal de los renuevos.
Paciencia con la tierra y con el lodo
y con la lluvia.
Paciencia con la espuma de la nieve.
Paciencia con las ubres de los vientos.
Paciencia con los tímidos fulgores
de invierno a mediodía.
Paciencia con los ojos del otoño,
y desnudas las sendas amarillas.
8
A Almudena Jiménez Cortés.
Vino lenta, cubriéndote de orquídeas.
Lenta como el vaivén de las espigas.
Paseó silenciosa por tus labios
una sombra de fuego.
Estremeció los pétalos cautivos.
Hilvanó lienzo fino de irisados
temblores en tus alas.
Bebió la primavera de tu rostro,
inaudito de luz,
amplio horizonte abierto de palabras.
Bebió tu silueta,
haciendo de colores
acopio y de matices.
Vagó morosamente
por la senda inmediata del sentido.
Y cuando hubo embozado tu mirada,
reposaba en tus dedos fatigados
un hálito de lino.
9
Érase un río, manantial
de espadas que fluía,
palabra mimética por cable
en vuelo atropellado o en alas de poema.
0 no era el río sino un vínculo sin cauce,
un reto que, desnudo el arco de la luna,
en nube de corceles el viento desasía.
0 no desnudo y era luna,
pero plenitud del vínculo, luna sin cauce
ni testigo.
0 no era luna, quizá
un sueño, velero que bogaba
como el sabor de la ceniza, el paladar
urbano, múltiple y descolorido.
0 no sabía, porque tan lejano y tan puro,
tan verde, apenas desnudo, cortaba como un río,
como un cable, como un reto
que fluía, caudal de espadas, corcel sin cauce,
mas vínculo y amigo.
¿Si no fuera vínculo?... Imposible
cabellera de prodigios.
10
Si yo he vuelto a estar aquí, donde
no era y apenas soy
a la exigua distancia de un paso,
cercano a una amapola, a un torrente, a una curva adolescente
que sin querer se turba
si la mirada me lleva
más allá
de este milímetro en que
soy
en este instante
que acaba de fugarse entre las nubes;
si no me hallo
en otra parte,
en otro objeto
que en mí
cuando el crepúsculo anuncia
otra penumbra,
otra luz,
que ya no veo;
entonces reflexiono
y soy nuevamente
renacida aurora,
roca debatiéndose entre nieves,
trino hermoso por lo fútil de un jilguero,
húmedo aroma de la tierra,
sabrosa transparencia del agua.
Soy en mí lo que yo siento.
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