Tengo que deciros algo, padre
Luciano Maldonado Moreno

Ha sido espectacular, rebosante de magnificencia y efectos deleitosos para los sentidos. En especial, para la vista, para el recreo de unos ojos nunca cansados de descubrir matices sorprendentes entre tanta belleza; eso a pesar de haber contemplado otras veces ya contigo el desfile del grueso de nuestras tropas en el patio principal de la fortaleza, o bien, en formación de pequeñas patrullas, en grupos de unos veinte o treinta hombres, con objeto de cumplir puntualmente el relevo de la guardia a lo largo del perímetro de la enorme muralla. Siempre el paso marcial, milimétricamente calculado, al dictado de un ritmo que trata de destacar la pomposidad y gran amplitud del movimiento de piernas y brazos, formando una sucesión de imágenes de vivos colores que se desplazan en el espacio lentamente, sin aparente esfuerzo.

Pero la entrada del ejército en la ciudad también ha sido una explosión de alegría que aún conservo en los oídos. Trompetas, chirimías, panderos y tambores, trote nervioso de la caballería de los mandos militares, ruido de carros sobre el alfombrado de lisas piedras que configuran ingeniosos dibujos geométricos en la calzada, cascos y pezuñas de los animales de tiro que, tras jornada agotadora, resbalan con demasiada frecuencia, martilleando desesperadamente a continuación con el extremo de sus patas en el suelo para intentar restablecer el equilibrio. Y a esta algarabía extraordinaria, a esta mezcla improvisada de sonidos, aún habría que sumar el entrechocar de incontables piezas de armadura y armamento ligero: alfanjes, escudos, ballestas, lanzas y mástiles de estandartes y pendones, las largas cadenas que, por último, se hacen eco del lamento incontenible de los numerosos prisioneros cristianos.

Y especialmente orgullosa me siento de la respuesta del pueblo. El cual, tan necesitado como estaba desde hace tiempo de buenas noticias como ésta, ha sabido recompensar con vítores y aplausos, incluso con acordes musicales nuevos, ensayados durante la última semana para la ocasión, el esfuerzo supremo y abnegado de los soldados, capaz de soportar inclemencias y días de penuria ante el acoso ininterrumpido del enemigo, allá en las sierras lejanas de Jaén, sorteando las dificultades añadidas de los territorios esquilmados de la frontera.

Sí, la muchedumbre ha sido generosa como nunca: supo guardar un pasillo bien amplio de recibimiento desde el final de la vega hasta la muralla exterior, el arco más cercano de entrada a la medina y calle mayor del Albaicín. Y, a continuación, la gente se ha distribuido de forma proporcionada por todo el paseo del Darro durante casi una hora de espera -desde que los últimos vigías dieron desde Sierra Elvira el gran aviso de humo- y otra hora más que ha tardado en discurrir la marcha. En ella, todos los soldados se han visto agasajados con frutas, con agua fresquísima y trozos de hielo de los neveros más tardíos de nuestros montes. Al mismo tiempo, desde las ventanas, cobertizos y ajimeces, o encaramadas sobre los muros más cercanos a la calle, poniendo una vez más a prueba su especial sentido del equilibrio, las jóvenes han arrojado al ejército multitud de pétalos, ramas de tomillo y florecillas de lavanda. Pero, en medio de todo este alborozo, hubo algo que contribuyó definitivamente a desbordar mi emoción: muchas personas daban gritos de alabanza a mi padre, el grande, el sabio entre sabios, el bondadoso Ben - Halamar. ¡Cuánto habría dado porque lo hubieses podido ver y oír tú misma! ¡Cómo he lamentado de veras que la reciente debilidad de tus piernas te haya impedido estar allí! Algunos pedían que se asomara por las cortinillas de su carroza y que saludase a todos los presentes, se apretujaban a ambos lados de la comitiva para obtener mejor su bendición; pero los ayudantes a pie y oficiales a caballo les hacían señas muy claras para indicarles la inutilidad de sus súplicas: imposible acercarse más a la carroza, era necesario respetar una mínima distancia de seguridad. Todos, enseguida, parecían entenderlo: sin duda, el jefe supremo de la tropa había soportado muchas horas y leguas sin descansar; ya tendrían oportunidad de escuchar con más calma y el respeto debido sus bienhechoras palabras al día siguiente, durante la recepción que hiciese al pueblo en la explanada de la alcazaba.

Luego, cuando las mujeres abandonamos la torre para retirarnos a este recinto de dependencias privadas, y mientras cruzaba otra vez los cortos pasillos bordeados de arrayanes que perfuman el jardín del Mexuar, no he podido evitar que tomara forma en mi mente la imagen que más odio de Alí - Suliney, la misma visión que hube de sorprender y sufrir en ese preciso punto hace dos meses, es decir, un día antes de la partida de nuestro ejército. Paseaban junto a la muralla muy despacio los dos: mi padre, con su túnica negra ribeteada de hilo dorado, el único regalo que quiso aceptar por su ayuda tan oportuna al alcalde de Xátiva tras la última sublevación de la ciudad (ya sabes que últimamente es su túnica preferida). Y muy cerca, casi rozándole el hombro con la puntiaguda barba, y acompañando el efecto de sus palabras con movimientos y ademanes taimados, como suelen hacer los intrigantes al hablar, se encontraba Alí-Suliney. Era, probablemente, la última oportunidad que tenía de estar a solas con mi padre y convencerle de la bondad de sus intenciones -supongo que así las calificaría él-, de que sólo el intrépido, el magnífico Alí-Suliney podría acallar los rumores perversos de la ciudad de Granada acerca de mi relación con Hasam Alcel.

Aún no comprendo cómo he podido callar tanto tiempo y guardarme tanta rabia en soledad, sin compartir siquiera un mínimo detalle del final de esta historia con mi padre o contigo, especialmente contigo, Fátima, mi vieja amiga, mi fiel servidora, la mujer que el destino parecía haber reservado de modo certero y realmente bienaventurado para mí cuando llegase el momento de llenar el vacío dejado por quien me había dado la vida. Y te digo esto porque sé que me conoces a la perfección, o en la misma medida, al menos, que yo he llegado a profundizar en ti y saber de tu pasado e ilusiones respecto al futuro.

Desde hace mucho tiempo -prácticamente, desde antes de abandonar la niñez-, nos hemos confiado todos los secretos, razón por la cual ninguna de las dos ha tomado como una carga la labor de preceptora que mi padre te encomendó, ni siquiera como un papel más o menos arduo, difícil de soportar. Al contrario: yo siempre me he considerado como tu auténtica hija, y mi padre ha sido para ti -a pesar de que nunca hayas tenido acceso a su cama, lo cual me llegaste a confesar- el hombre que constantemente has soñado que algún día te llamaría de verdad a su lado, el esposo casi perfecto a quien se perdona con facilidad su exceso de trabajo fuera del hogar, el amante eternamente idealizado.

Quiero decirte por todo ello que hoy, esta misma tarde, cuando mi padre haya finalizado su descanso y se acerque como otras veces al harén para interesarse por la evolución de tu salud, le transmitirás el contenido de esta larga carta que yo habré hecho llegar momentos antes a tus manos a través de tu criada. Pienso entregársela ahora, en cuanto haya completado su escritura, pero ella tiene el encargo de custodiarla hasta entonces; espero hallarme lejos de Granada a esa hora.

Es la salida que juzgo más apropiada en mi situación, pues no encuentro el valor suficiente para enfrentarme cara a cara con mi padre, aunque reconozco que tendría que hacerlo. Y que conste que este temor que siento es debido principalmente al disgusto que podrían causarle mis palabras, no soportaría ver un rasgo más de pesadumbre en su rostro, pues, en lo que a mí respecta, no tengo miedo en absoluto al castigo personal, a verme puesta en entredicho en la corte por el repudio paterno. Lo que digan sobre mi honra, todos los infundios que quiera propagar Alí-Suliney acerca de mí, hace tiempo que me trae sin cuidado.

Cuando mi padre hizo firme su voluntad de unir para el futuro las dos familias, y se pactó nuestra boda, éramos los dos muy niños y aún no se había destapado por completo, evidentemente, la auténtica personalidad de Alí - Suliney. Pero ya en aquella época surgieron pronto mezclados con los inocentes juegos en el jardín las primeras malas hierbas y zarzas de las disputas: me negaba a ser siempre su prisionera, la posesión que no ha de mostrar nunca resistencia, o, dicho de otro modo, la pieza abatida por las flechas ficticias que surgían de las continuas emboscadas de Suliney. Yo sé que tú, Fátima, te alegrabas en silencio de mi rebeldía y que, de forma distinta a mí, te veías obligada a ahogar los mismos reproches que yo -sin querer contrariarle en exceso- intentaba manifestar en alto ante las reprensiones de mi padre.

La vida ha dado desde entonces multitud de pasos, el tiempo lo ha mudado velozmente todo, pero aquellas tiranteces infantiles ya eran en verdad premonitorias. Para el orgulloso y calculador Suliney sólo sigo siendo una mediación valiosa en su camino hacia el triunfo, una escala especialmente firme en su irrefrenable deseo de ascender con prontitud y lograr el poder a cualquier precio, por muy alto que éste sea. Él sabe que nunca ha habido cariño ni amor entre los dos, y que nunca los podrá haber, pues hace casi tres meses tuvo la oportunidad de enterarse gracias a sus confidentes y espías de mis relaciones sinceras con el joven soldado Hasam Alcel. ¿Crees que tal noticia le afectó realmente?, ¿que el saberse total y definitivamente rechazado hizo cambiar su actitud? No, ni se inmutó siquiera. La prueba es que dos semanas antes de salir él junto a mi padre en esta expedición hacia la frontera con los cristianos, una criada suya me advirtió de su presencia en el patio de la alberca del Generalife, mientras las mujeres dábamos el paseo de media tarde y yo me había rezagado un poco. Quería hablarme, y, dispuesto como estaba a afrontar todos los riesgos necesarios, bien cierto es -por desgracia- que lo consiguió. Sus intenciones, me dijo, eran claras e inquebrantables, y ante éllas sólo cabía la rendición incondicional (estaba claro que nunca dejaría de ser para él un trofeo de caza). Con nuestra boda, no sólo estábamos dando los pasos necesarios en la verdadera dirección, lo cual, por expresarlo con sus mismas palabras, significaba estar en disposición de recibir la recompensa más que segura de Alá, el anhelado varón, de sangre fuerte y noble, que viniese a alegrar los años de vejez de mi padre, sino que además se facilitaría la sucesión en el cargo de jefe de las tropas entre suegro y yerno. Según él, tanto mi padre, como todo el ejército, ya estaban esperando con impaciencia y buenos ojos esta transición de responsabilidad y mando.

Sin embargo, como quien no veía con buenos ojos toda la operación era yo, se despidió bruscamente y amenazándome con hacer públicos, y llenos de los adornos que a él se le fueran ocurriendo, mis desvaríos amorosos con Alcel, bajo todo punto de vista censurables, por supuesto. Me daba el plazo improrrogable de un día para no verse en la obligación de cumplir su amenaza. Yo no era nadie para impedirle alcanzar su objetivo. Conmigo, o sin mí, él sería el próximo jefe de las tropas granadinas.

Te repito, Fátima, que me duele enormemente el haberos ocultado mi propia versión sobre estos hechos en que me he visto envuelta, así como acerca de los rumores consiguientes, una bola rodante de nieve imposible de parar. Por lo que se refiere a mi padre, ni vi entonces el momento oportuno de dársela a conocer, a falta de tan pocos días de su partida hacia la guerra, ni me encuentro con fuerzas suficientes para mostrarle las pruebas de mi desobediencia ahora, cuando en el vientre de esta su querida hija bulle una nueva vida gracias al amor de Alcel.

Tienes que ser tú quien supla el valor que me falta para contarle todo esto a mi padre. Has de advertirle de la ambición desmesurada de Alí-Suliney, especialmente a partir de esta tarde, en la cual cumple el plazo que me he puesto para alejarme con quien verdaderamente deseo compartir mi vida a un lugar apartado del reino. Es el último favor que te pido. Ojalá el Altísimo ilumine tan generosamente tu discurso como hasta el día de hoy.

Es curioso. Pero nuestras mentes deben de tener muy estrecha relación en este mismo instante: oigo tus lentos pasos acercándose y el ruido del bastón sobre el mármol del otro extremo del pasillo. Lo cierto es que resulta una gran coincidencia y, al mismo tiempo, un hecho extraño, ya que por alguna oscura razón no cumples de forma correcta el reposo que te han aconsejado los médicos.

-¡Zoraida!, ¡ábreme, por favor! Necesito hablarte urgentemente.
-¿Qué quieres? ¿Cómo has podido ser tan imprudente y exigirle una prueba de tal magnitud a tu cuerpo? Todavía estás demasiado débil para caminar así por el palacio. Se te nota bastante mareada, extraordinariamente pálida.
-Deja, puedo sentarme sola. Escúchame bien, Zoraida; hoy será el día más triste para ti y para toda la corte: tu padre ha muerto.
-¡¿Pero cómo es posible?! ¡¿Qué estás diciendo?! Al mediodía... en el desfile de las tropas...
-Ya venía muy enfermo, vomitando desde ayer por la noche. No han querido dar la noticia hasta este preciso momento, ya que los médicos albergaban esperanzas de salvarlo con alguna pócima, algún milagro que contrarrestase los efectos del veneno. Sí, mi pobre Zoraida. Ha debido de tomar por equivocación, o alguna mano cruel la ha mezclado con su comida, una ponzoña más devoradora y letal aún que los peores trances sufridos por él en numerosísimas guerras, puesto que ninguno de éstos consiguió derrotarlo.

 

 
Otras aportaciones del autor:
La Invasión Consentida
 
 
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