La hija del jazzman o Letanía de Navidad
Francisco J. Faraldo

Otra vez, como una maldición obscena, se acercaba la Navidad. El turrón estaba por las nubes. Los abetos habían sido declarados en peligro de extinción. Óvidos y besugos se aprestaban sin resistencia al sacrificio masivo de todos los años.

Una muchacha joven y delgada. La voz, opaca; una luz individual sobre su figura inmóvil situada al fondo de una habitación de paredes muy blancas. Ropas en rojo y negro. Mantenía los brazos caídos a lo largo del cuerpo y miraba a un lugar preciso sobre nuestras cabezas. Decía:

-Mi padre se llama Sidney Bechet...

Papás y mamás resignados salían de las tiendas conducidos astutamente por niños de caras resplandecientes. En sus ojos -los de los niños- centelleaba ya la recién aprendida furia de poseer. Canciones impiadosas se adulaban de la calle. Manos extendidas en las esquinas al resol de la tarde y un ajetreo de paquetes y bolsas plásticas en las que reposaban las inicuas corbatas, los horrendos calcetines. Pétreas gambas y lastimeros berberechos comenzaban a descongelarse en las cocinas de los hogares populares y la radio insistía en las cantinelas apropiadas para la ocasión. La que más se oía era una rima fascinante y no exenta de lirismo, que invitaba a viajar: «A Belén pastores, a Belén chiquitos, que ha nacido el rey de los angelitos».

La chica continuaba en la misma actitud, gélida pero tan cercana:

-Mi padre se llama Sidney Bechet y vive en Gijón. Es longevo, pero saludable. Fuma Boncalo y por las noches orina en una palangana.

Ella le decía al marido: «Creo que en estas fechas deberíanos traer a mamá para que pase aquí las Navidades. En el asilo la tratan estupendamente, pero cuatro o cinco días no nos estorbará nada y seguro que a ella le hará mucha ilu». Y añadía: «El mayor pide una scooter y el pequeño un Pentium con impresora láser. Para motos estamos. La culpa es de la televisión, anunciando cosas todo el día y creando necesidades a los pobres niños. Antes, con una bicicleta de piñón fijo quedábamos encantados. Ahora tiene que ser una moto. Y el ordenador... ¿Para qué querrá una impresora láser? ¿Tú sabes qué es eso? A propósito, mi vida ¿viste el anuncio de la nueva colección de Aguinaga? Es una auténtica monada». Él se alarmó: «¿Te olvidas de que tenemos dos bodas a la vuelta de la esquina? Una, la del jefe de Personal con la putilla ésa que ha sabido aprovecharse de su debilidad senil. Y la otra, la del gilipollas de tu hermano. Si no se le hubiera ocurrido preñar a una novia tan católica, no tendríamos que pensar ahora en el regalo... Hace falta ser imbécil para meter la pata de ese modo a estas alturas. Y como en tu familia todo se hace a lo grande aunque la mitad de ellos sean unos muertos de hambre, habrá que estirarse para quedar bien».

Dio media vuelta y avanzó unos pasos hacia la pared del fondo. Se quedó allí, de espaldas, a nosotros los espectadores. Las manos eran tan blancas como los muros y ahora se crispaban ligeramente sobre la parte externa de los muslos. Se sentó con las piernas cruzadas, y la espalda muy recta, perpendicular al suelo. Su nuca tembló tenuemente antes de decir:

-Mi padre se llama Sidney Bechet y vive en Gijón. Es longevo, pero saludable. Fuma Boncalo y por las noches orina en una palangana. Durante los doce años pasados no habrá dicho más de un centenar de palabras. Eso por el día, porque mientras duerme, en cambio, no para de hablar de Nueva Orleans y de la crisis de Astilleros Juliana. Aunque desprecia el footing, ama el yoga y adora las fórmulas. Antes aseguraba estar a punto de descubrir una que cambiaría el rumbo de la historia porque proporcionaba la síntesis entre meditación trascendental y lucha de clases. No es tarea fácil dibujar sus múltiples pasiones. La mayor de ellas fue mi madre. Se conocieron en la cola de donantes de sangre del Instituto Hematólógico. Eran tiempos difíciles, el saxofón no daba para mucho y con lo que pagaban por los cuatrocientos centímetros cúbicos había suficiente para una semana de pensión.

Ella parecía no oírle, y seguía con voz de bestia impertérrita: «Qué sé yo... estas fechas me ponen triste y alegre a la vez. Siempre me da por recordar ¿sabes? Sobre todo nuestro noviazgo. Aquella ilusión por llegar a tener tu propia casa y unos hijos correteando por el pasillo. Ya entonces estaba segura de que acabamos así, unidos indisolublemente, gozando de la íntima plenitud que proporcionan el mutuo amor y el auténtico cariño día a día compartidos». La respuesta de él, derrotado: «De acuerdo, de acuerdo, ¿cuánto vale ese abrigo?».

A las siete en punto bares, cafeterías y comercios concluían la jornada para que todo el mundo pudiera cumplir el decreto que ordenaba ser feliz en fanfilia aquella noche. Los últimos bebedores sin hogar o sin ganas de volver a él eran expulsados sin miramientos y quedaban desconcertados durante un rato en las aceras sin saber hacia dónde tirar, con las puertas cerradas del mundo golpeando en sus almas ateridas y en sus húmedas narices. Manchados por la insolencia de la felicidad de los otros, los modestos exiliados de la nochebuena vagaban todavía durante una hora más en busca de la postrera e improbable copa hasta que la evidencia se imponía y, poco después, el magma viscoso de la dicha asociada a tales fechas empastaba las calles y empujaba a los heroicos resistentes hacia una esquina lejana que se los tragaba hasta el año venidero.

Todavía estaba sentada de espaldas a nosotros. Nos miró por encima de los hombros girando la cabeza a uno y otro lado sin mover el resto del cuerpo. Fueron dos miradas lentas y serenas. El chal rojo se deslizó desde los hombros hasta el suelo como en un desmayo de sangre fatigada:

Mi padre se llama Sidney Bechet y vive en Gijón. Es longevo, pero saludable. Fuma Boncalo y por las noches orina en una palangana. Durante los doce años pasados no habrá dicho más de un centenar de palabras. Eso por el día, porque mientras duerme, en cambio, no para de hablar de Nueva Orleans y de la crisis de Astilleros Juliana. Aunque desprecia el footing, ama el yoga y adora las fórmulas. Antes aseguraba estar a punto de descubrir una que cambiaría el rumbo de la historia porque proporcionaba la síntesis entre meditación trascendental y lucha de clases. No es tarea fácil dibujar sus múltiples pasiones. La mayor de ellas fue mi madre. Se conocieron en la cola de donantes de sangre del Instituto Hematólógico. Eran tiempos difíciles, el saxofón no daba para mucho y con lo que pagaban por los cuatrocientos centímetros cúbicos había suficiente para una semana de pensión. Mi madre vendía su sangre por razones más altruistas: tenía que alimentar a un novio que presumía de no haberla hincado en toda su vida, y ese era el medio más honroso que conocía para ayudarle a cumplir tan penosa tarea. Aquel día decidieron unir sus destinos para siempre. Mi madre ya no regresó junto a su amante y mi padre se puso a ahorrar para adquirir un nuevo instrumento. Se amaron como dos posesos durante diez años. Los arrebatos de la pasión eran tan volcánicos en mi padre que a veces tenían consecuencias lamentables. Un día se empeñó en practicar con mi madre una postura aprendida en un burdel de San Luis cuando aún era adolescente. Se trataba de un sesenta y nueve invertido en el que la felación se realizaba con la ayuda de una banqueta, mi padre sentado en ella y mi madre abrazada a él boca abajo, es decir, con las piernas hacia arriba. Por culpa de semejante temeridad mamá se rompió la cabeza contra el suelo y perdió la memoria durante varios meses.

En la medianoche las ventanas vomitaban sones de zambombas y repiqueteos de panderetas aporreadas con inexplicable saña. Enmudecían los altavoces y eran sustituidos por los mugidos en directo que, en sus comedores atiborrados de carnes inyectadas y peces contaminados, emitían los otrora pacíficos ciudadanos. Después vendrían la apoteosis del mazapán, la pompa blanda del polvorón, la engañosa levedad de los licores. El alba amenazaba derramarse ya sobre los obstinados corazones, que a duras penas soportaban el agobio de tanta beatitud inmarcesible. Por las calles desiertas y ensimismadas no circulaba sino el asombro ante aquella futilidad de los semáforos en medio de una quietud desconocida. La penosa orgía tocaba a su fin.

Lo malo de la mañana del día de Navidad era que había que levantarse no muy tarde y preparar el estómago, abrasado aún por la resaca de los excesos nocturnos, para el nuevo atentado que iba a sufrir al mediodía. De modo que apenas salidos de la cama, y sintiendo que la lengua ocupaba el doble de su volumen normal en la boca, los padres de familia lanzábanse audazmente a las calles casi vacías, y bajo el estrecho marcaje de los retoños más pequeños, que no se les soltaban de la mano, iniciaban la reglamentaria ronda de vermús por los bares de costumbre. Mientras, las ojerosas dueñas permanecían en el hogar acompañadas por el estruendo de las perolas, sartenes y bateas donde rustían el cordero de importación y freían los bocaditos de pescado envasado. En los bares flotaba una clara sensación de derrota similar a la de las salas de espera de los dentistas. Los pulsos estaban menos firmes de lo normal y el número de mejillones y anchoas que se precipitaban de los palillos al suelo antes de cumplir su natural recorrido entre el plato y las fauces de los usuarios, era muy superior a la media. La frustración consiguiente a estos desgraciados hechos, el cansancio visible del personal y el inaudito silencio de los televisores mantenía el nivel de ruidos en un límite aceptable incluso para un oído normal. En tan favorables circunstancias, él no pudo por menos que caer en melancólicas reflexiones: «La abuela gargajeando toda la noche, Luisa sin hablar de otra cosa que no sea el maldito abrigo y los niños aullando a cada momento porque a la mamá se le ha ocurrido decirles que a lo mejor los reyes no les traen esos regalos que piden... Cuándo pasarán las jodidas fiestas». El que quería el Pentium le devolvió a la realidad tirándole de la chaqueta: «Papá, tengo más hambre, pide otra ración de boquerones, porfa».

Ahora miraba a los ojos del más cercano. Pero también los demás percibíamos con la misma intensidad la mirada clavada en nuestros propios ojos. Su cara, sus brazos, su cuerpo todo se movían como un péndulo sutil dejando un rastro invisible de líneas pasmosamente puras. Sentíamos un bálsamo de liviandad y ternura corriendo por nuestros párpados con la parsimonia de la lava:

Mi padre se llama Sidney Bechet y vive en Gijón. Es longevo, pero saludable. Fuma Boncalo y por las noches orina en una palangana. Durante los doce años pasados no habrá dicho más de un centenar de palabras. Eso por el día, porque mientras duerme, en cambio, no para de hablar de Nueva Orleans y de la crisis de Astilleros Juliana. Aunque desprecia el footing, ama el yoga y adora las fórmulas. Antes aseguraba estar a punto de descubrir una que cambiaría el rumbo de la historia porque proporcionaba la síntesis entre meditación trascendental y lucha de clases. No es tarea fácil dibujar sus múltiples pasiones. La mayor de ellas fue mi madre. Se conocieron en la cola de donantes de sangre del Instituto Hematólógico. Eran tiempos difíciles, el saxofón no daba para mucho y con lo que pagaban por los cuatrocientos centímetros cúbicos había suficiente para una semana de pensión. Mi madre vendía su sangre por razones más altruistas: tenía que alimentar a un novio que presumía de no haberla hincado en toda su vida, y ese era el medio más honroso que conocía para ayudarle a cumplir tan penosa tarea. Aquel día decidieron unir sus destinos para siempre. Mi madre ya no regresó junto a su amante y mi padre se puso a ahorrar para adquirir un nuevo instrumento. Se amaron como dos posesos durante diez años. Los arrebatos de la pasión eran tan volcánicos en mi padre que a veces tenían consecuencias lamentables. Un día se empeñó en practicar con mi madre una postura aprendida en un burdel de San Luis cuando aún era adolescente. Se trataba de un sesenta y nueve invertido en el que la felación se realizaba con la ayuda de una banqueta, mi padre sentado en ella y mi madre abrazada a él boca abajo, es decir, con las piernas hacia arriba. Por culpa de semejante temeridad mamá se rompió la cabeza contra el suelo y perdió la memoria durante varios meses. El paso del tiempo fue apagando la fogosidad anterior y, poco a poco, en su relación comenzaron a prevalecer sobre cualesquiera otros sentimientos una subespecie de tolerancia y una resignación ejemplar que les permitía mirar al futuro con confianza. Nunca hubo gritos ni violencia entre ellos: apenas la pulida brutalidad cotidiana que habita las viviendas de las parejas felices y que sólo se hacía patente en la mirada de mi padre si le extraviaban una caña del saxofón o le rayaban un disco. Su silencio diurno nunca era ofensivo. Pasaba largas horas embebido en la lectura de los novelistas españoles de posguerra. Le detectamos reacciones extrañas. Por ejemplo: sin que sepamos la razón, cuando lee a Juan Benet le sobrevienen agudos accesos de tos, y las obras de Torrente Ballester, otro de sus escritores preferidos, le provocan pedorrera incontrolada. Desde que no toca el saxo ha contraído nuevas aficiones, entre las cuales hay una que es ya una verdadera obsesión. Consiste en la elaboración de trabalenguas. Cada uno le ocupa varios días de trabajo duro y paciente, y cuando lo termina nos lo pasa escrito en una hojita verde, con una beatífica sonrisa. Recuerdo ahora dos de los más afortunados. El primero dice así:

¡Bravo! Gritó el bravucón
y bravamente siguió
con bravatas y bramidos
de bravo desbravador.

Y el segundo, acaso el más ingenioso:

Triscan tres traviesas cabras
entre los tristes trigales
y trotan tétricos potros
tras los truenos de la tarde.

Siempre que nos entrega un nuevo papelito verde pide por señas que se lo repitamos hasta que comprueba que conseguimos pronunciarlo con fluidez y sin errores. En esas ocasiones nos embarga una profunda emoción y comprendemos lo mucho que le queremos. Qué ardua es su batalla con el lenguaje. Desde las primeras horas de la mañana se recluye en su cuarto y permanece allí, tras una pila de novelas y diccionarios. Cuando las sonoras ventosidades o la tos incontrolable nos advierten de que está en apuros, entramos en su habitación y le incitamos una vez más a que dirija sus preferencias hacia autores más inocuos. Entonces se levanta con un gesto de furia, pone en el tocadiscos algo de Ella Fitzgerald y, sentado en su taburete giratorio, se masturba frenéticamente mientras da vueltas a gran velocidad. En otras ocasiones, en cambio, sale al descansillo de la escalera, llama a la puerta y cuando le abrimos nos colma de abrazos y besuqueos como si hubieran transcurrido varios meses sin vernos.

Se había erguido. Recogió el chal púrpura y se lo anudó alrededor de la cintura. Salvo la nariz, que asomaba entre la cortina azabache del pelo, sus facciones quedaban ocultas por la melena que le cubría la cara. Se oía, muy lejano, el saxo soprano de Sidney Bechet tocando «Petite fleur». Se apartó los cabellos del rostro. Con los brazos abiertos y los ojos cerrados, su inmovilidad adquirió la dignidad de una efigie. Su gesto era de máxima concentración mientras los labios palpitaban en una plegaria muda. El susurro fue aumentando paulatinamente de volumen hasta que las palabras se encendieron con toda claridad:

-Pobre papá.

 

 
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