El secreto de Mosén Matías
Ignacio Quintanilla Navarro

I

Ya atardecía pero la luz era de amanecer. De un amanecer fantástico, tras la tormenta, como en ese cuadrito: La tempestad de Giorgione. En la sala grande del ayuntamiento más de veinte paisanos barruntaban la cena mientras don Matías pensaba en ese cuadro, que vio en Venecia, cogida la mano de la tía Julia, cuando su viaje a Italia. Setenta años hacía y aún jugaba a recordarlo todo con nitidez. La luz era la misma que en el cuadro, pero el cielo no. El sol fuerte, de mayo, había abierto un claro grande a ras en el poniente y parecía ser la tierra ahora la que alumbraba el cielo. Un haz tibio de sol perfilaba la puerta entreabierta e iba a rematar en plena espalda del viejo mosén que se hubiera dicho con aura de estampita de no llevar la boina bien calada y una chaqueta gris con cremallera que le daba más bien un aire de miliciano. Ese rayo, cuidadosamente buscado, y no la desaprobación del nuevo bando, como pensó el alcalde, explicaba el cambio de asiento habitual en el párroco jubilado. Era su sucesor, por cierto, quien hablaba. El cura joven, que tenía carrera civil y viajaba a Inglaterra algunos veranos, se demoraba un tanto más que de costumbre, feliz de deslumbrar con su oratoria –ciertamente desusada por allí–, a la nueva interventora de la caja rural también, ciertamente, desusada. Lo que dice el cura joven, en resumidas cuentas, es que no quiere que este año haya dance. Ya no se encuentran mozos que quieran bailar delante de San Pedro en una procesión, y este año, además, no se hará el recorrido de siempre porque las calles principales están todas levantadas con lo del canal. Por muy poco dinero más se hace un campamento en el Moncayo y los chavales van allá este verano a aprender valores de convivencia y de armonía con la naturaleza: «que no son privativos de una confesión religiosa concreta sino que pertenecen a toda la sociedad occidental».

Don Matías ya había oído la primicia del argumento durante el desayuno, y con atención suficiente como para que se le reblandecieran demasiado tres galletas y tuviera que colarse el tazón. Así que fue justamente en lo de sociedad occidental donde se abandonó del todo a su recuerdo. Al recuerdo de aquel viaje, claro está, el viaje de su vida. La guerra de Cuba le dejó sin padre y la gripe sin su madre, que se adelantó tres años a la gran epidemia del 89. Sus abuelos lo acabaron de criar en una infancia blanda y sin sobresaltos. Los abuelos y la tía Julia. Mujer extraordinaria, inteligente, fina, que había entrado de criada en casa de los Villa-Aguado y al año era ya confidente y dama de compañía. Fue al poco de irse los Villa-Aguado a Turín –cabecera del valle del Po–, cuando llegó la carta. Era una carta enorme, llena de pliegos finísimos y sellos extranjeros que aún conservaba el mosén en su alcoba –con el paquete de libros que trajo del viaje–, aunque sin los sellos, que nunca supo dónde fueron a parar. La tía se iba unos meses a Italia y Matías con ella. Verían el arte del extranjero, irían a Roma, y León Xlll les daría la bendición con el mismo gesto de mano solemne con que iba a firmar su Rerum Novarum. Y fue así exactamente. Estuvieron diez meses en total. El último, casi entero, lo pasaron en Génova. Allí es donde ocurrió todo.

II

La pensión era modesta, humilde pero bastante surtida para que la gente humilde también, como ellos, pudiera imaginar el lujo en sus vidas. En su memoria, Génova era casi toda el mar y esta pensión. En su recuerdo la pensión era, casi toda, un patio limpio en torno a una higuera y un comedor. Uno de esos comedores de pensión antigua donde el aroma de los últimos menús aún permanece como archivado «in folio» y el de los próximos se adivina en algunos escorzos; uno de esos comedores donde de lejos todo es sospechoso de estar sucio y de cerca sorprende con una limpieza casi sañuda. En ese comedor lo conocieron, y lo admiraron desde que se sentó en su mesa. Distante, cortés, casi envarado, atrajo a tía Julia con su circunspección y al niño por su raro privilegio de apartar ingredientes de los platos sin que nadie se lo reprochara. También era extranjero y se entendían los tres en un italiano inverosímil, como si hablasen un idioma de juguete. Era su mirada, sin embargo, lo que siempre recordarían él y tía Julia. Matías no se fijó en ella hasta aquella noche. No dormía aún. Siempre había amado esas horas quietas de la vida en que relojes, pisadas y susurros se adueñan del espacio y transitan límpidos por las estancias quietas. Jugó, como otras veces, a recorrer en silencio el pasillo y por la gran puerta entreabierta le vio pasear el comedor de arriba a abajo. Se retiraba ya cuando el extranjero empezó a hablar solo. Se dirigía a un adversario ideal en una lengua extraña. No fue curiosidad morbosa por la extravagancia ajena lo que le paralizó. Fue el espectáculo de un hombre entusiasmado, de un varón adulto y cercano en pleno combate, lo que capturó toda su infancia de huérfano y le empujó a participar en la aventura.

– E voi, non dormi mai?

Su voz de siete años no tembló al pronunciar la frase extranjera y acaso incorrecta. El hombre que sería para siempre el padre en su memoria tardó aún un poco en hacerse cargo de la situación, luego sonrió, bajo su enorme bigote, y hablaron. Fue tía Julia quien los encontró dormidos, de madrugada, en el banco del patio; la cabeza del hombre en el regazo del niño, la cabeza del niño, en la espalda del hombre. Intuitiva como era no lo tomó a mal. Después hablaron otras muchas noches.

III

No todas las noches podían hablar. Algunas don Guillermo no salía de su cuarto y, cuando lo hacía, bien entrada la mañana, tenía una cara muy mala. Parece que le daban unas jaquecas muy grandes y que los polvos que había de tomar lo dejaban algo pasmarote. Cuando Matías le preguntó una vez si lloraba en esas noches crudas de dolor don Guillermo le contestó que no, que escribía. Pero siempre atravesaba el comedor con el mismo aplomo y su mirada –después supieron que casi era la de un ciego–, seguía dándole una dignidad algo teatral. La misma que habían visto en un pianista famoso al que oyeron tocar en Milán unas canciones adaptadas de Ricardo Wagner. Otro alemán, como don Guillermo, que, según decía don Antonio Villa-Escusa, era un gran escritor de sinfonías que se empezaba en componer óperas. Las noches en que don Guillermo estaba bien, en cuanto se soltaba un poco, decía cosas muy divertidas. Él también conocía a Wagner, como a un padre, decía, sin duda para presumir de ser compatriota, pero a veces lo ponía de vuelta y media. A menudo hablaban de música. A don Guillermo le gustaba que Matías le cantase alguna de las jotas que había aprendido de las chicas en el pueblo y aunque no entendía bien el sentido de la letra encontraba muy graciosa la manera de resolver la melodía. Fue tras una de estas «resoluciones» cuando otra vez Matías lo hizo cambiar todo con una frase:

– ¿Y a tí, no te gustaría tener un hijo como yo?

Don Guillermo le había mirado mucho rato y había contestado a la gallega, con otra pregunta que, en realidad, se hacía a él mismo: ¿Soy yo un hombre al que le sea lícito desear un hijo para sí? Si tú fueses mi hijo: ¿podría yo hacer de ti algo más grande de lo que yo soy? Y es que, a veces, don Guillermo hablaba como un niño resabiado. Lo patético de la respuesta se le escapó completamente a Matías, que siguió porfiando hasta arrancarle a don Guillermo un compromiso: si puedo hacerte comprender siquiera algo de lo que llevo en la cabeza habré hecho de ti un digno hijo mío.

Hubo un aire distinto en las conversaciones que tuvieron desde entonces. Don Guillermo contaba a Matías historias formidables de viejos dioses griegos y de los dioses de los germanos, que los tenían también, aunque eran más brutos. Hablaba después de otras muchas cosas que Matías resumía luego para tía Julia. Un día, mientras la tía acababa unos mitones para don Guillermo, para que no se le enfriasen los dedos si escribía por la noche, miró a Matías y le dijo: a mí me parece que lo que le pasa a don Guillermo es que necesita mucho que lo quieran y le da vergüenza que se le conozca. Tía Julia era mujer sagaz y la observación se le quedó grabada al niño. Dos noches antes de que se fueran, don Guillermo le había estado hablando de lo que la gente pensaba que era ser bueno y lo que realmente era lo bueno. Lo bueno era, para don Guillermo, hacer cosas formidables, formidables por tremendas o por hermosas, pero que dejasen boquiabiertos a los otros. Eso era lo que tenía que buscar un hombre como es debido. Peroraba don Guillermo con verdadero entusiasmo cuando el niño le cortó:
– Entonces: tú no quieres que nadie te quiera, ni que yo te quiera tampoco...

Matías esperó en vano una contestación que no llegó, luego se echó a llorar y subió corriendo al cuarto. Habría visto llorar también a don Guillermo si hubiese esperado un poco. No volvieron a hablarse hasta la despedida. Como casi siempre cuando dos personas se importan mucho su adiós fue deslavazado y tonto. Dieron unos pasos juntos sin decirse nada y entonces don Guillermo lo levantó en brazos: sí me importa que me quieras, y eres bien digno de ser hijo mío. Esta vez le tocó al chaval no contestar, sólo le dio un beso y recogió el paquete que le ofrecía don Guillermo. Es lo único que puedo darte, le había dicho, y fue lo último que le oyó.

IV

– Porque, a fin de cuentas: ¿Qué tendrá que ver Dios con la jota?

La pregunta, retórica, del nuevo mosén quería poner punto final a su discurso y a la reunión, que ya iba para largo, pero sólo sirvió para intranquilizar a los más veteranos que fijaron la mirada, como por resorte, en don Fernando, el de la farmacia.

– Perdone señor cura, pero el dance, en realidad, no tiene nada que ver con la jota.

Don Fernando, además de boticario, era el folclorista de la villa. El nuevo cura lo recordó en ese momento y, vivo de reflejos como era, atajó al boticario en una larga bocanada de su «farias» en la que, sin duda, se fraguaba el esquema de una intervención de mayor enjundia, como prometía el índice de la mano derecha.

– Lo que he querido decir, vaya, es que, dance o jota, muchas de estas costumbres populares –perfectamente respetables–, se basan a menudo en elementos folclórícos ajenos a una verdadera espiritualidad, que es algo más íntimo, y que pueden apartar de la religión a mucha población culta como lo es, cada vez más, la juventud de este pueblo.

La rotunda apostilla del párroco, aunque no del todo comprendida, se recibió con general alivio y la concurrencia atendió apenas un instante a que el alcalde levantase la sesión con el expeditivo recurso de hacer lo propio con su persona. Por el marco luminoso del balcón consistorial, se contemplaba aún la mole del Moncayo. Unas nubes blancas, ratizas, ascendían la ladera de levante, como buscando ellas también sol, y los últimos rastros de nieve perfilaban la cresta del monte sobre la inmensa masa gris del cielo con un trazo fino de escuela flamenca. El reloj de pared, descomunal, de madera ennegrecida y un vago aire de pianola, ponía en la escena cierto ritmo de cine mudo. Como de una secuencia que hubiera de pasarse una y otra vez, idéntica, en un retorno inexorable de lo mismo. Como si el tiempo entero hubiera de contenerse en cada palabra y cada gesto vividos esa tarde. Sólo entonces se escuchó la voz de don Matías, que estaba en pie con los brazos cruzados como en sus mejores tiempos.

– Querido padre, sepa usted que Cristo bailó en Caná, y otras muchas veces, no le quepa duda. Y si es verdad que el que canta reza dos veces, ahora digo yo que el que baila reza tres. Todo eso de la impasibilidad y la inmutabilidad –ya lo decía mi padre–, son zarandajas de algunos griegos pedantes que eran unos paganos y que, además, no sabían estar ni con sus propios dioses –la frase sonaba aún clara en su memoria en la voz de don Guillermo–. Y todo eso de que los protestantes nos tienen que enseñar una religiosidad privada, como de retrete, viene de ahí. De que son unos nihilistas que dejarían las iglesias vacías. Ni saben llenar las iglesias ni cómo hacer procesiones. Como tú, que mandarías al perista la imagen de San Pedro para que acabe en el chalé de algún ministro con la palma en una mano y la bandeja del coñá en la otra. Yo –siguió diciendo tras un breve silencio de turbación–, no he pensado nunca en un Dios que no supiera bailar. Mira... –dijo.

Y ante la atónita mirada de la concurrencia don Matías bailó. Era un baile raro, a medias entre el dance del pueblo y otro que habían visto hacer hace poco en el cine, en una película de Antony Quinn. Pero nada en el anciano era ridículo, el ángel del momento lo llevaba de la mano y nadie osó pestañear. Sólo Damián, el de la pescadería, ofreció la ocasión memorable de su boca entreabierta y sin palillo. Antiguo sacristán, acababa de reconocer en esas pisadas el ruido raro que tantas veces oyera cuando iba a preparar, de madrugada, la misa de seis. Terminó don Matías su baile y se fue hacia la puerta sin decir nada más.

Fue Jaimico, el alguacil, algo cargado ya a esas horas y que había mirado toda la escena con la benévola camaradería de una broma de taberna, el único que habló, contento de tener una primicia que habría de valerle más de una ronda.

– No sabía yo que estuviera tan templao, don Matías, ni que hubiera conocido usted a su padre.

– Lo conocí –se fue diciendo don Matías–, don Federico
Guillermo Niche se llamaba, y hacía libros... !Dios, ese sí que hubiera sido un buen baturro!

MARTÍN PESCADOR

 

 
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