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Ensin nomala * A pa ¿ye tan prieta como dixen? Sin título Era el acto final, y en todo acto final en el que está presente la muerte, uno piensa invariablemente en la propia y más aún si la muerte se lleva a una persona cercana y de forma tan súbita y violenta. El llanto desgarrador de Elvira y nuestra conmoción requerían un rápido enterramiento y una salida apresurada de aquel recinto, para reencontrarse con lo cotidiano de una vida que acababa de prescindir de uno de los nuestros. El operario municipal se dirigió al féretro y, cuando se disponía a cerrarlo para introducirlo en la fosa, el ruido amortiguado de un teléfono móvil nos sobresaltó. No era justo, precisamente en el momento más solemne y triste, en el adiós definitivo de un gran amigo, un estúpido sonido violaba la gravedad de la ceremonia e interrumpía la inminente y dolorosa despedida. Cuando sonó el cuarto pitido, el operario fijó su mirada en el ataúd y con un ademán indicó que el ruido provenía de su interior. Elvira no dudó un momento. Del bolsillo derecho de la chaqueta de Juan extrajo el teléfono y con voz entrecortada preguntó: "¿dígame?" Su expresión comenzó a suavizarse hasta relajar todas sus facciones, después con un movimiento rápido introdujo el aparato a su lugar de procedencia y sonriente y abstraída dio un último beso a Juan. Nadie de los presentes se atrevió a preguntarle sobre la inoportuna llamada. En el umbral de su portal nos dio las gracias y nos rogó que la dejáramos sola. Dos días después, Elvira fue encontrada muerta, sentada
en un sillón y con el auricular del teléfono en su mano.
Cuando se accionó el contestador se pudo oír una conversación
alegre y familiar que anunciaba un próximo reencuentro. |
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