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Sin título Asturias fue privilegiada porque la naturaleza la dotó, aparte
de sus verdes paisajes, de unas materias primas de incalculable valor:
carbón, hierro, cobre, oro y otras que en menor cuantía
asimismo producían riqueza a nuestra región. Sin título Pepín era fontanero que se dedicaba a chollar por su cuenta. Estaba casado con Marujina y tenían dos hijos: el mayor se llamaba Tiburcio y la menor Próspera, por aquello del santoral y, como no podía ser menos, por orden expresa de la abuela. Manuela, así se llamaba la madre de Pepín, era viuda y muy religiosa: confesaba todos los días y el rosario no faltaba en aquella casa por imposición, claro está de ella, pues lo que mandaba iba a misa. Por Reyes, Manuela, haciendo un gran esfuerzo, ya que era muy tacaña, le regaló a Pepín un teléfono móvil; puesto que, a decir verdad, lo necesitaba por razones de trabajo. Además, servía para que su madre lo pudiese controlar, como hacía con todo. Pepín lo llevaba siempre en el bolso derecho de la sahariana. Todo discurría con normalidad en aquella modesta familia, pero la fatalidad no tardó en cebarse en ella. Un mal día Pepín se sintió indispuesto y unos amigos lo trasladaron al servicio de urgencias del hospital; pero, por desgracia, los galenos sólo pudieron diagnosticar o, lo que es lo mismo, certificar su fallecimiento. Manuela se encarga de organizar todo lo relacionado con las honras fúnebres: el amortajamiento, la mejor caja de la casa mortuoria, camiseta y calzoncillos nuevos, camisa blanca, corbata marrón con lunaritos blancos, traje gris, calcetines negros, zapatos con sólo dos posturas y, en el bolsillo de la chaqueta, un pañuelo de seda blanco, un bolígrafo grabado con la Virgen de Covadonga que su madre le había regalado cuando fue al Real Sitio con una excursión de la iglesia... y, en el bolso derecho, el móvil que le habían puesto por Reyes. Sólo se salvó de la fosa el anillo de boda que Marujina, en un arranque de valentía, le quitó de la mano ante la mirada severa de su suegra. Una vez terminada la obra, Manuela dio dos pasos hacia atrás, miró fijamente a su hijo entre triste y orgullosa, y con voz entrecortada dijo: "Pepín qué guapo vas". El enterramiento se hace en el panteón familiar al lado de su padre. Asiste toda la familia. Don Manuel, el cura, reza un responso y lanza cuatro hisopazos, y el cortejo fúnebre, con entrecortadas voces, entonan el simbólico amén. Bajan a Pepín al fondo del sepulcro. Entre los amigos y el enterrador
corren la pesada piedra de mármol que sella la sepultura y, en
ese preciso momento, suena el teléfono móvil. Todo el cortejo
queda confuso y estupefacto, nadie respira, los críos miran con
el rabillo del ojo a la abuela esperando que esta lo resuelva con prontitud.
Manuela mira al cielo y murmura: "Pepín te llama San Pedro,
tiene una avería en el cuarto de baño". La comitiva
respira profundamente, Manuela hace la señal de la cruz y reza:
"en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo..."
Y todos los presentes contestan con voces entrecortadas: "amén". |
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