José Antonio Camporro

Sin título

Asturias fue privilegiada porque la naturaleza la dotó, aparte de sus verdes paisajes, de unas materias primas de incalculable valor: carbón, hierro, cobre, oro y otras que en menor cuantía asimismo producían riqueza a nuestra región.
En el siglo XIX fue cuando el capital extranjero invadió nuestra tierra. Hombres ilustres de nuestra región trataron de preparar a hombres y mujeres para que estuvieran a la altura de los conocimientos que exigía la Revolución industrial que se trataba de imponer al terminar el siglo XIX.
Los campesinos empezaron a trabajar en jornadas interminables. Para ello les preparaban cerca de las bocaminas barracones y más tarde los famosos cuarteles. Pero, pronto, aquellos hombres y mujeres empezaron a enfermar del pulmón, mientras los empresarios no querían reconocer su enfermedad profesional. Al final del siglo XIX, a los mineros empezaron a parecerles excesivas las horas de trabajo en la mina y tomaron conciencia de clase de la explotación a que estaban sometidos.
Mi abuelo regresaba tarde del trabajo y, como no tenía donde asearse, yo tenía, aun siendo muy crío, que tenerle preparada el agua en un barreño. Un agua que se calentaba en la cocina de leña donde se curaban los chorizos. Aquel pobre hombre era alto y fuerte y, mientras le estaba enjabonando, yo sólo veía un cuerpo esquelético. Así fue que pronto enfermó. Yo lo quería mucho y tengo grabado el recuerdo del día en que murió. Me levantaron a una hora no muy normal y él estaba allí rodeado de toda la familia y sentado en su cama, falto de oxígeno. Aquella noche falleció, víctima del duro trabajo del minero. Aún sigo recordando aquel cuerpo en puros huesos que yo tanto quería y aquella imagen de mi abuelo moribundo me marcó para siempre. Ami padre le debió de marcar mucho más porque empezó a denunciar a la empresa y, como consecuencia, mi tío Etelvino llegó a ganar el juicio que consideraba a la silicosis como una enfermedad profesional.

Sin título

Pepín era fontanero que se dedicaba a chollar por su cuenta. Estaba casado con Marujina y tenían dos hijos: el mayor se llamaba Tiburcio y la menor Próspera, por aquello del santoral y, como no podía ser menos, por orden expresa de la abuela.

Manuela, así se llamaba la madre de Pepín, era viuda y muy religiosa: confesaba todos los días y el rosario no faltaba en aquella casa por imposición, claro está de ella, pues lo que mandaba iba a misa.

Por Reyes, Manuela, haciendo un gran esfuerzo, ya que era muy tacaña, le regaló a Pepín un teléfono móvil; puesto que, a decir verdad, lo necesitaba por razones de trabajo. Además, servía para que su madre lo pudiese controlar, como hacía con todo. Pepín lo llevaba siempre en el bolso derecho de la sahariana.

Todo discurría con normalidad en aquella modesta familia, pero la fatalidad no tardó en cebarse en ella. Un mal día Pepín se sintió indispuesto y unos amigos lo trasladaron al servicio de urgencias del hospital; pero, por desgracia, los galenos sólo pudieron diagnosticar o, lo que es lo mismo, certificar su fallecimiento.

Manuela se encarga de organizar todo lo relacionado con las honras fúnebres: el amortajamiento, la mejor caja de la casa mortuoria, camiseta y calzoncillos nuevos, camisa blanca, corbata marrón con lunaritos blancos, traje gris, calcetines negros, zapatos con sólo dos posturas y, en el bolsillo de la chaqueta, un pañuelo de seda blanco, un bolígrafo grabado con la Virgen de Covadonga que su madre le había regalado cuando fue al Real Sitio con una excursión de la iglesia... y, en el bolso derecho, el móvil que le habían puesto por Reyes. Sólo se salvó de la fosa el anillo de boda que Marujina, en un arranque de valentía, le quitó de la mano ante la mirada severa de su suegra. Una vez terminada la obra, Manuela dio dos pasos hacia atrás, miró fijamente a su hijo entre triste y orgullosa, y con voz entrecortada dijo: "Pepín qué guapo vas".

El enterramiento se hace en el panteón familiar al lado de su padre. Asiste toda la familia. Don Manuel, el cura, reza un responso y lanza cuatro hisopazos, y el cortejo fúnebre, con entrecortadas voces, entonan el simbólico amén.

Bajan a Pepín al fondo del sepulcro. Entre los amigos y el enterrador corren la pesada piedra de mármol que sella la sepultura y, en ese preciso momento, suena el teléfono móvil. Todo el cortejo queda confuso y estupefacto, nadie respira, los críos miran con el rabillo del ojo a la abuela esperando que esta lo resuelva con prontitud. Manuela mira al cielo y murmura: "Pepín te llama San Pedro, tiene una avería en el cuarto de baño". La comitiva respira profundamente, Manuela hace la señal de la cruz y reza: "en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo..." Y todos los presentes contestan con voces entrecortadas: "amén".

 
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