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Sin título Yera Santiago Cantero “el Porro”. El mismu que tres meses
antes, en plena nevada, dexare incomunicáu el pueblu de Cardiñuezu.
Daquella llamare al so hermanu y dixo: “Si subió el Panda
suben los camiones”. Y subieron . Pero a Gelín travesóse-i
el camión na primera curva al baxar. L´hermanu de Santiago,
“Zumbo”,llevaba el segundu camión y, cuando vio al
de Gelín, non pudo frenar por culpa la nieve y topetó contra
él. De últimu, salió el Pirulo, que maniobró
con tanta gracia que consiguió pega-yos a los dos. Sin título Las gotas caían pesadamente como si se desprendieran del cielo plomizo. Desde el sur la tormenta se acercaba rumiando truenos, pero sólo el cura parecía darse cuenta y miraba continuamente de reojo a los nubarrones. Apuraba las últimas oraciones sobre aquel cajón metálico que ni siquiera parecía un ataúd. ¡También era mala suerte, matarse en avión en los Cárpatos y venir a enterrarse a Tordesillas un día de tormenta! La viuda, lívida, parecía alumbrar desde sus ropas negras; bajo el velo brillaban unos labios profundamente rojos. El cura levantó el hisopo como si la despidiera a ella. En ese momento, sonó el teléfono móvil; instintivamente bajó la mano a palparse el bolsillo: lo había dejado en el coche. Les dedicó una mirada reprobatoria a los concurrentes y volvió a levantar la mano. La segunda llamada se fusionó con un trueno que le erizó al cura todos los pelos, pero ninguna de las cinco personas que le acompañaban se movió: parecían no haberlo oído siquiera. Deslumbrado por la blancura de la viuda, no había reparado en el aspecto torvo de aquellos hombres, que habían despedido a los enterradores con una buena propina asegurándoles que se ocuparían ellos de todo. Eran hombres morenos y silenciosos, vestidos con dignidad pero sin elegancia: se les notaba que no era el traje su vestimenta habitual. Miró los labios de la viuda como si su vista quisiera encontrar un descanso a tanto gris. Respiró profundamente y elevó el hisopo. Entonces sonó por tercera vez. Esta vez estaba claro, procedía del ataúd, y era como un in-quietante chirrido metálico. Se guardó el hisopo, le dio el pésame a la viuda y se fue con toda la rapidez que la dignidad de sus vestimentas le permitía. Los relámpagos alumbraban la gravilla mojada con más claridad que el día que agonizaba. Cuando llegó a la capilla, se santiguó ante el crucifijo y, sin saber por qué, le pidió ayuda al Cristo iluminado a ráfagas por la tormenta. Fue a cambiarse. Desde el ventanuco de la sacristía, con la luz de un rayo, vio aquella comitiva tétrica; después del rayo parecían recortarse en negro sobre la oscuridad que había devorado el camposanto. No pudo resistirse a mirar. El trueno pareció hundir el tejado. La luz se fue. No llovía, pero el aparato eléctrico arrancaba destellos del ataúd metálico. A la luz de los relámpagos, al cura le pareció ver cómo los sellos de frontera se despegaban, los truenos sonaban como si fueran la voz de la noche. Y entonces se hizo el silencio. Y el silencio absoluto era más
tenebroso, más sobrecogedor que el estruendo de la tormenta. El
cura miraba hacia la oscuridad en la que debía estar la tumba intentando
hallar una explicación a los extraños fenómenos de
aquella tormenta, cómo en el momento anterior a la muerte le vinieron
recuerdos extraños, entre ellos que el séquito no había
hecho el más mínimo ademán de sepultar el féretro.
Pero su temor no era encontrarlo allí sin enterrar al día
siguiente, estaba seguro de que no sería así, culpaba intuitivamente
a la caja metálica de lo sobrecogedor de la noche. De pronto, sonó
un chasquido metálico como una bomba. El cura se frotó los
ojos; una forma parecía moverse: penumbra en la negrura, bastardo
de la noche, como una exudación de las tinieblas, emergió
el vampiro. |
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