Pedro Gutiérrez Fernández

El Detalle

Finaliza la jornada. Las duchas comunes esperan a los mineros desnudos que, entre bromas y pasos fatigados, acuden con sus cuerpos de pasajero azabache. Un pene blanco destaca entre estas joviales sombras a punto de disiparse. El “guaje” novato muestra extrañeza por el contraste. El veterano artillero le saca de la duda: -es que ese tiene permiso para comer el bocadillo en casa.

Sin título

El avión ascendía cada vez más. El secuestrador yacía en el suelo tras haberse descerrajado un tiro en la sien, no sin antes degollar, con una navaja de Taramundi, al piloto y a una azafata que habían intentado convertirlo en Testigo de Jehová.

Las otras dos azafatas y el copiloto se habían suicidado bebiendo un par de litros de zumo de naranja "made in Iberia".

Una buena parte de los pasajeros dormía plácidamente, ajenos a cuanto acontecía, tras haber soportado estoicamente unos minutos de la última película de Silvester Restallone.

Y yo, cada vez más angustiado, no daba crédito a cuanto allí estaba sucediendo.

Pero el avión no dejaba de subir, lo que me preocupaba enormemente. Los oídos cada vez me molestaban más, aunque la curiosidad distraía en parte mi dolor.

No quitaba ojo del peculiar grupo que, en mitad del avión y con los ojos cerrados, realizaba una extraña música con sus gargantas, todos vestidos con una túnica naranja fosforescente de una intensidad en ningún caso menor que la que proyectaban sus despejadas cabezas.

Al poco rato acallaron sus voces y se oyó con fuerza el silencio. El avión parecía flotar en el límpido cielo, dejándome una sensación de bienestar extraordinaria.

Nunca hubiera imaginado que mi primer viaje al Nepal me regalase tan inusitadas vivencias.

Se detuvo el aparato y se abrió la puerta que daba acceso a la escalerilla. Una densa niebla envolvía el ambiente, sin embargo no sentía frío.

Salí el primero y me topé inesperadamente con un típico botones de hotel de primera clase, con su inmaculado y reluciente uniforme blanco.

Sin percatarme que me hallaba en un país extraño, impulsivamente le llamé para que me cogiera las maletas:

-¡ Eh, botones, por favor!

-¡ Cómo que botones! -me espetó sorprendido- si yo soy San Pedro.

 
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