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(Este cuento está dedicado a mi hermano, José Ramiro) La amatista procura un juicio adecuado y aleja la embriaguez. Clara Janés(1) Se llamaba Guiomar y le gustaban las amatistas. A mí también, le van muy bien al color gris. Dicen de mí que combino muy bien los colores, aunque esto no ha sido siempre así. Cuando yo era una niña no era muy afortunada en ese aspecto. Es más, tenía una habilidad especial para unir colores que formaban un conjunto verdaderamente poco equilibrado. Luego dejé de pensar en esta incapacidad y un buen día, en la treintena ya, descubrí que era considerada una experta en la combinación de colores. Reconocí que era cierta esa cualidad nueva mía, primero en la ropa y luego en todo lo demás. Fue fortuito este descubrimiento, la gente hablaba de ello como si fuera algo evidente y conocido por mí, así que no le daban excesiva importancia, como corresponde a lo que es considerado innato. Estaban, están, lejos de saber que ha sido un proceso largo, complejo y consciente el que me ha llevado a conseguir que todos los colores que constituyen la realidad que me rodea, que necesariamente son muchos, armonicen perfectamente. Sí. Tengo el don del color. Guiomar no necesitaba hacer ningún cálculo con respecto
a su aspecto, era una ricahembra portuguesa con una belleza sin fisuras,
como diría cualquier escritor latinoamericano, joven y bien educada.
Pretende mi buen Joaquim que sus raíces están más al norte, en Aveiro, y que están emparentados con el gran escritor Eça de Queiroz. No me desagrada esta pretensión, incluso me parece admirable que las personas se esfuercen en conseguir un pasado con luces. Demuestran que su respeto por la Moral y las buenas costumbres, por la Cultura, por la Ciencia y por las Bellas Artes es genuino y que están dispuestos a invertir sus dineros, si es preciso, en adquirir el Linaje que la naturaleza no les proporcionó. Así, en la casa de mi amable anfitrión no se dan fiestas mundanas, pero sí se celebran algunas veladas musicales en determinadas fechas, que a Joaquim le parece que resultan originales, elegantes e inteligentes: para celebrar los solsticios y los equinoccios reúne a un selecto grupo de personalidades y ofrece una magnífica cena, con un Concierto de Música de Cámara posterior a la misma, de la que se hace eco el todo Lisboa. Ni aún los no invitados se atreven a murmurar contra esta espléndida costumbre. También le parece de buen tono celebrar los cumpleaños
de la niña, es decir, de Guiomar, con una gran exposición
de pintura, para la que se ocupa personalmente de conseguir las muestras
más interesantes de los mejores pintores contemporáneos
y adquiere, como regalo de cumpleaños, la obra más alabada.
En el cumpleaños de su esposa, Branca de Oliveira, la exposición
es de joyas, pero ésta, está montada con joyas de la familia.
Guiomar heredó el gusto por las joyas, pero ignoraba el precio real del oro y de las piedras, solo conocía su valor en dinero, para gran contento de su padre que comprendió enseguida que ella sí era una señorita y que, por lo tanto, él había triunfado. Joaquim conoce exactamente el número de muertos y esclavos que se necesitan para extraer los Diamantes que él vende luego en los distintos mercados negros. No solo comercia con Diamantes, sino también con todas las piedras preciosas y semipreciosas que se extraen en Sudáfrica y Brasil. Ha establecido un ingenioso sistema en las ex-colonias para burlar la legalidad vigente. Sabe el precio no solo en vidas, también sabe cuantos secuestros, cuantas extorsiones, cuantos ajustes son precisos para poder llevar la vida que lleva. Todo lo da por bien empleado. Guiomar es dulce, es buena, es inocente. Desde hace dos años soy una de las invitadas al cumpleaños
de Branca. Ello es así por mi pasado sin mácula, mi conocimiento
de las piedras preciosas y mi gran fortuna personal. Además para
Joaquim estoy muy bien dotada intelectualmente y poseo una gran cultura
que tiene su base en la esmerada educación recibida en un Colegio
de Monjas Dominicas, al ser yo sobrina y ahijada de un Reverendo Padre
Dominico, que se ocupó de que recibiera formación cuando
comprobó la rapidez de mi ingenio y la docilidad de mi naturaleza. El día anterior a la fiesta de cumpleaños, Guiomar y yo salimos a dar un paseo y, como sin querer, nos acercamos a la tienda que más nos interesa a ambas. Se trata de GemOlisipónia, gemólogos desde 1842, según reza la hermosa placa de Malaquita en la que está escrito con letra antigua el nombre del establecimiento más importante del ramo en Lisboa. Los marcos son de madera noble y están pintados, impecablemente, de verde oscuro, con bordes dorados. Los escaparates son, como en todas las joyerías de importancia, muy amplios y exponen las piedras por colores, recuerdo, probablemente, de los años de estudio de los gemólogos, que aprenden a distinguir unos cristales de otros teniendo en cuenta, en principio, los colores. Una de mis aficiones favoritas es mirar este tipo de escaparates, aunque debo vencer la repugnancia que me produce ver expuestas joyas de Ámbar gris, por su procedencia fisiológica; de Ámbar del Báltico, pues aun cuando su visión puede no ser totalmente negativa, al tocarlo la sensación es orgánica; de Coral, aunque sea de Cerdeña, y la forma y el color sean perfectos, porque me recuerdan excesivamente que son esqueletos. Sin embargo, las que más me molestan son las Perlas del Japón, no porque no sean bellas, que lo son en grado sumo, sino porque no puedo evitar pensar que todas esas mujeres que son realzadas con el brillo inigualable de las Perlas, no son conscientes del intenso dolor de miles de indefensos seres que deben producir una obra maestra para que unos seres insulsos disfruten inmerecidamente. Por el contrario, los minerales no me provocan rechazo de ningún
tipo, son lo que son, realmente inertes y preciosos. El azul tiene espacio privilegiado, desde las Aguamarinas de azul casi invisible al azul mate y obscuro del Lapislázuli. Turquesas y Zafiros. Azuritas y Ágata azul. También se le dedica espacio al color rojo: el Jaspe de Rusia;
los Granates, que le dan calidad y antigüedad a cualquier joya, aunque
en realidad son de escaso valor porque la naturaleza es pródiga
en ellos. Y los Rubíes. Pero, sobretodo me conmueven las Amatistas, las de Brasil, con su color
lila, alegres, y las de Zambia de color violeta, profundas, muy profundas. Llegamos a Belém. A aquellas horas de la tarde apenas había visitantes. Y los pocos que había se entretenían en filmarse en cintas de video, para poder hacer luego una reunión con los amigos y mostrarles lo felices que habían sido en Lisboa. Yo le pedí a Guiomar que me permitiera admirar el Broche. Así lo hizo, confiadamente, y, siempre sonriendo y canturreando, se acercó a mirar el caudaloso río Tajo. Se sentó en la barandilla coquetonamente. Mientras tanto, yo pensaba que era una criatura que no tenía nada de envidiable, aunque en realidad de lo que se trata es de mi incapacidad de envidiar a nadie. La envidia no puede ejercer sobre mi sus deletéreos efectos. Yo no quiero ser otra persona distinta a mi misma, no deseo nada de Guiomar. Solo quiero el Broche para mí. La empujé suavemente y blandamente cayó al río, para mi sorpresa, casi sin hacer ruido. Comprobé que, en efecto, nadie se había dado cuenta del suceso y confié en que la fobia de Guiomar por el agua, que arrastraba desde pequeña, la hiciera desmayarse al caer, como parece ser que ha ocurrido, pues no volvió a aparecer en la superficie. Metí el broche en mi faltriquera y compuse el gesto de búsqueda, un poco ansiosa, de mi joven compañera. Pregunté por ella a algunos turistas y nadie había reparado en ella. Pasado un tiempo prudencial, comencé a agitarme y pronto empezaron a oírse las primeras exclamaciones de espanto: ¡Rapto!, ¡Secuestro!, ¡Accidente! En momentos de tensión, la gente actúa más irreflexivamente
aún que en situaciones normales, así que el desconcierto
fue bastante grande. Se avisó a la policía y a la familia.
Expliqué que yo subí a los pisos de arriba esperando que
Guiomar me siguiese inmediatamente, pues se había quedado fotografiando
a una pareja de recién casados. Sufrí un par de desmayos,
se me administró un tranquilizante y mi llanto fue incontenible
cuando recibí la noticia de que su cuerpo sin vida había
sido encontrado por la tripulación de un Ferry que se dirigía
de vuelta a Cais do Sodré. Una vez a salvo en mi cabina, doblé cuidadosamente la ropa negra,
me puse mi camisón de batista blanca, bordado a mano en Bruselas
y me coloqué el Broche. Esa noche dormí con él, con
un sentimiento de plenitud que hacía tiempo que no experimentaba. POST SCRIPTUM Es cierto que todas las callejuelas que rodean cualquier Catedral de
cualquier ciudad o país, son inquietantes y se prestan a que la
imaginación vague libremente intentando proezas dignas de hacerse
famosas. Pero quienes conozcan Siena no pueden negar la impresionante
y siniestra visión que se tiene de la gran mole de la Catedral
desde el Baptisterio. NOTAS
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