(Este cuento está dedicado a mi hermano, José Ramiro)
Guiomar
Nieves Fernández González

La amatista procura un juicio adecuado y aleja la embriaguez. Clara Janés(1)

Se llamaba Guiomar y le gustaban las amatistas. A mí también, le van muy bien al color gris. Dicen de mí que combino muy bien los colores, aunque esto no ha sido siempre así. Cuando yo era una niña no era muy afortunada en ese aspecto. Es más, tenía una habilidad especial para unir colores que formaban un conjunto verdaderamente poco equilibrado. Luego dejé de pensar en esta incapacidad y un buen día, en la treintena ya, descubrí que era considerada una experta en la combinación de colores. Reconocí que era cierta esa cualidad nueva mía, primero en la ropa y luego en todo lo demás. Fue fortuito este descubrimiento, la gente hablaba de ello como si fuera algo evidente y conocido por mí, así que no le daban excesiva importancia, como corresponde a lo que es considerado innato. Estaban, están, lejos de saber que ha sido un proceso largo, complejo y consciente el que me ha llevado a conseguir que todos los colores que constituyen la realidad que me rodea, que necesariamente son muchos, armonicen perfectamente.

Sí. Tengo el don del color.
Por eso me gustan tanto las amatistas. El color de mi pelo es gris. A mi me habría gustado que fuera blanco, totalmente blanco, porque ese color le da a las personas decencia y dulzura, sin embargo el color gris en el pelo es peligroso, en cuanto te descuidas pareces sucia y cruel. Las amatistas y el jersey gris perla de angora que me pongo con muchísima frecuencia hacen que mi aspecto sea el de una anciana venerable.

Guiomar no necesitaba hacer ningún cálculo con respecto a su aspecto, era una ricahembra portuguesa con una belleza sin fisuras, como diría cualquier escritor latinoamericano, joven y bien educada.
Vivía con sus padres en la dulcísima ciudad de Lisboa, en el Campo de Santa Clara, en la parte más oriental de Alfama, en una casona enorme, equidistante de la Iglesia de Santa Engracia y de la de San Vicente, de manera que hay que vivir en la casa algún tiempo para distinguir de donde proviene el toque de campanas. La casa es de finales del siglo XlX y carece de valor arquitectónico, pero es grande y está perfectamente reformada por dentro, lo que confiere a la familia el aire de respetabilidad que desesperadamente busca Joaquim dos Santos Barbosa, que así se llama el padre de Guiomar.

Pretende mi buen Joaquim que sus raíces están más al norte, en Aveiro, y que están emparentados con el gran escritor Eça de Queiroz. No me desagrada esta pretensión, incluso me parece admirable que las personas se esfuercen en conseguir un pasado con luces. Demuestran que su respeto por la Moral y las buenas costumbres, por la Cultura, por la Ciencia y por las Bellas Artes es genuino y que están dispuestos a invertir sus dineros, si es preciso, en adquirir el Linaje que la naturaleza no les proporcionó.

Así, en la casa de mi amable anfitrión no se dan fiestas mundanas, pero sí se celebran algunas veladas musicales en determinadas fechas, que a Joaquim le parece que resultan originales, elegantes e inteligentes: para celebrar los solsticios y los equinoccios reúne a un selecto grupo de personalidades y ofrece una magnífica cena, con un Concierto de Música de Cámara posterior a la misma, de la que se hace eco el todo Lisboa. Ni aún los no invitados se atreven a murmurar contra esta espléndida costumbre.

También le parece de buen tono celebrar los cumpleaños de la niña, es decir, de Guiomar, con una gran exposición de pintura, para la que se ocupa personalmente de conseguir las muestras más interesantes de los mejores pintores contemporáneos y adquiere, como regalo de cumpleaños, la obra más alabada. En el cumpleaños de su esposa, Branca de Oliveira, la exposición es de joyas, pero ésta, está montada con joyas de la familia.
Y ésta es su verdadera vida. Con ellas se hizo rico, a ellas le debe todo lo que es.

Guiomar heredó el gusto por las joyas, pero ignoraba el precio real del oro y de las piedras, solo conocía su valor en dinero, para gran contento de su padre que comprendió enseguida que ella sí era una señorita y que, por lo tanto, él había triunfado. Joaquim conoce exactamente el número de muertos y esclavos que se necesitan para extraer los Diamantes que él vende luego en los distintos mercados negros. No solo comercia con Diamantes, sino también con todas las piedras preciosas y semipreciosas que se extraen en Sudáfrica y Brasil. Ha establecido un ingenioso sistema en las ex-colonias para burlar la legalidad vigente. Sabe el precio no solo en vidas, también sabe cuantos secuestros, cuantas extorsiones, cuantos ajustes son precisos para poder llevar la vida que lleva. Todo lo da por bien empleado. Guiomar es dulce, es buena, es inocente.

Desde hace dos años soy una de las invitadas al cumpleaños de Branca. Ello es así por mi pasado sin mácula, mi conocimiento de las piedras preciosas y mi gran fortuna personal. Además para Joaquim estoy muy bien dotada intelectualmente y poseo una gran cultura que tiene su base en la esmerada educación recibida en un Colegio de Monjas Dominicas, al ser yo sobrina y ahijada de un Reverendo Padre Dominico, que se ocupó de que recibiera formación cuando comprobó la rapidez de mi ingenio y la docilidad de mi naturaleza.
Pero no hablaré más de mi.

El día anterior a la fiesta de cumpleaños, Guiomar y yo salimos a dar un paseo y, como sin querer, nos acercamos a la tienda que más nos interesa a ambas. Se trata de GemOlisipónia, gemólogos desde 1842, según reza la hermosa placa de Malaquita en la que está escrito con letra antigua el nombre del establecimiento más importante del ramo en Lisboa. Los marcos son de madera noble y están pintados, impecablemente, de verde oscuro, con bordes dorados. Los escaparates son, como en todas las joyerías de importancia, muy amplios y exponen las piedras por colores, recuerdo, probablemente, de los años de estudio de los gemólogos, que aprenden a distinguir unos cristales de otros teniendo en cuenta, en principio, los colores.

Una de mis aficiones favoritas es mirar este tipo de escaparates, aunque debo vencer la repugnancia que me produce ver expuestas joyas de Ámbar gris, por su procedencia fisiológica; de Ámbar del Báltico, pues aun cuando su visión puede no ser totalmente negativa, al tocarlo la sensación es orgánica; de Coral, aunque sea de Cerdeña, y la forma y el color sean perfectos, porque me recuerdan excesivamente que son esqueletos. Sin embargo, las que más me molestan son las Perlas del Japón, no porque no sean bellas, que lo son en grado sumo, sino porque no puedo evitar pensar que todas esas mujeres que son realzadas con el brillo inigualable de las Perlas, no son conscientes del intenso dolor de miles de indefensos seres que deben producir una obra maestra para que unos seres insulsos disfruten inmerecidamente.

Por el contrario, los minerales no me provocan rechazo de ningún tipo, son lo que son, realmente inertes y preciosos.
Al igual que en la naturaleza el color más frecuente de las piedras es el verde, en los escaparates hay una gran cantidad de joyas en piedras de ese color: cuencos de Mármol verde dejan caer collares de Crisopás de la India, de un tenue y opaco verde que contrasta con el verde manzana, que casi parece sintético, del Crisopás de Madagascar; Jades de varios tonos de verde, siempre delicados, compiten en brillo y limpieza con las Esmeraldas, injustamente acusadas de malaventura; Malaquitas de Zaire, con su verde intenso y su poder curativo, con solo mirarlas. Aventurina, Turmalina Verde, Cuarzo verde, revisten la forma de anillos, colgantes, medallones, pulseras, camafeos e incluso pequeños objetos de adorno, a modo de valiosas esculturas.

El azul tiene espacio privilegiado, desde las Aguamarinas de azul casi invisible al azul mate y obscuro del Lapislázuli. Turquesas y Zafiros. Azuritas y Ágata azul.

También se le dedica espacio al color rojo: el Jaspe de Rusia; los Granates, que le dan calidad y antigüedad a cualquier joya, aunque en realidad son de escaso valor porque la naturaleza es pródiga en ellos. Y los Rubíes.
Mi mayor placer, pese a que mi color favorito es el verde, está, no obstante, en la contemplación de los espacios dedicados a la composición de un espacio de colores. Topacios rosas y amarillos, (incluso los azules, pese a que no me agrada el azul en las joyas) con su brillo grasiento, como dicen los expertos, que los hacen inconfundibles; Cuarzo Rosa; Azabache, de una belleza con la que no puede competir el Ónix; Piedra de la Luna, Ágata cornalina, Ojo de tigre, Ópalo violeta...

Pero, sobretodo me conmueven las Amatistas, las de Brasil, con su color lila, alegres, y las de Zambia de color violeta, profundas, muy profundas.
Pues bien. El azar quiso que el día de mi narración el joyero le mostrara a Guiomar un broche de Amatistas y Diamantes que me cortó la respiración. Era El Broche. Mi Broche. Guiomar lo adquirió para regalárselo a su madre, sin preguntar el precio, que estaba en consonancia con su belleza y el número y quilate de los Diamantes.
Salimos de la joyería dispuestas a acercarnos a la Torre de Belém, por sugerencia mía. Guiomar estaba muy contenta y cantaba en voz baja un Fado un poco insustancial, no un Fado trágico, era una cancioncilla de amor, en realidad, lo que me hizo pensar que quizá estuviera enamorada de un joven sin posibilidades, pues que nadie parecía estar enterado de semejante sentimiento. Canturreaba:
Qué perfeito coraçao,
morrería no meu peito!
Meu amor na tua mao,
nesa mao onde perfeito
batéu meu coraçao. (2)

Llegamos a Belém. A aquellas horas de la tarde apenas había visitantes. Y los pocos que había se entretenían en filmarse en cintas de video, para poder hacer luego una reunión con los amigos y mostrarles lo felices que habían sido en Lisboa. Yo le pedí a Guiomar que me permitiera admirar el Broche. Así lo hizo, confiadamente, y, siempre sonriendo y canturreando, se acercó a mirar el caudaloso río Tajo. Se sentó en la barandilla coquetonamente. Mientras tanto, yo pensaba que era una criatura que no tenía nada de envidiable, aunque en realidad de lo que se trata es de mi incapacidad de envidiar a nadie. La envidia no puede ejercer sobre mi sus deletéreos efectos. Yo no quiero ser otra persona distinta a mi misma, no deseo nada de Guiomar. Solo quiero el Broche para mí.

La empujé suavemente y blandamente cayó al río, para mi sorpresa, casi sin hacer ruido. Comprobé que, en efecto, nadie se había dado cuenta del suceso y confié en que la fobia de Guiomar por el agua, que arrastraba desde pequeña, la hiciera desmayarse al caer, como parece ser que ha ocurrido, pues no volvió a aparecer en la superficie. Metí el broche en mi faltriquera y compuse el gesto de búsqueda, un poco ansiosa, de mi joven compañera. Pregunté por ella a algunos turistas y nadie había reparado en ella. Pasado un tiempo prudencial, comencé a agitarme y pronto empezaron a oírse las primeras exclamaciones de espanto: ¡Rapto!, ¡Secuestro!, ¡Accidente!

En momentos de tensión, la gente actúa más irreflexivamente aún que en situaciones normales, así que el desconcierto fue bastante grande. Se avisó a la policía y a la familia. Expliqué que yo subí a los pisos de arriba esperando que Guiomar me siguiese inmediatamente, pues se había quedado fotografiando a una pareja de recién casados. Sufrí un par de desmayos, se me administró un tranquilizante y mi llanto fue incontenible cuando recibí la noticia de que su cuerpo sin vida había sido encontrado por la tripulación de un Ferry que se dirigía de vuelta a Cais do Sodré.
Las honras fúnebres, que duraron tres días, marcaron época. La enterramos a las cinco de la tarde y esa misma noche, vestida de luto riguroso, tomé el tren expresso que me llevaría en coche-cama a la ciudad del norte de España donde resido.

Una vez a salvo en mi cabina, doblé cuidadosamente la ropa negra, me puse mi camisón de batista blanca, bordado a mano en Bruselas y me coloqué el Broche. Esa noche dormí con él, con un sentimiento de plenitud que hacía tiempo que no experimentaba.
La Dama de las Amatistas

POST SCRIPTUM
El informe precedente, donde se relata con algún pormenor la muerte de la infortunada Guiomar dos Santos Oliveira, será presentado en la próxima Asamblea Anual de Damas y Caballeros Aficionados al Asesinato. Sí, queridos amigos, han leído bien, no me he equivocado. Se trata de una Conferencia Anual. Ya no es posible hacer reuniones mensuales, como en la feliz época en la que uno de los mejores entre los nuestros escribió el magnífico ensayo Del asesinato considerado como una de las Bellas Artes,(3) que salió a la luz pública porque, por azar, cayó en las manos del señor Thomas de Quincey, empeñado en acabar con nuestra Sociedad. A partir de entonces hemos tenido que extremar las precauciones. A veces el cerco es muy estrecho y no podemos arriesgarnos a vernos tanto como quisiéramos. Eso sí, cuando por fin nos reunimos nuestra alegría es tanta y tantos son los ánimos que nos damos y los buenos ejemplos que nos presentamos unos a otros, que merece la pena esperar un año.
Pues bien, la de este año en curso, se celebrará, a petición mía, en el salón del palacete que uno de nuestros cofrades tiene en la maravillosa calle Stalloreggi en la bella ciudad toscana de Siena.

Es cierto que todas las callejuelas que rodean cualquier Catedral de cualquier ciudad o país, son inquietantes y se prestan a que la imaginación vague libremente intentando proezas dignas de hacerse famosas. Pero quienes conozcan Siena no pueden negar la impresionante y siniestra visión que se tiene de la gran mole de la Catedral desde el Baptisterio.
He elegido Siena porque precisamente en los alrededores de su espectacular Catedral, de Mármol blanco y negro, siendo yo una jovencita, me inicié en este nuestro apasionante Arte, y, aunque la edad no me envejece, ni mi juventud ha sido desordenada o alocada, he sentido la necesidad de recordarme en aquel especial momento, cuando aún no estaba segura de si mi elección había sido la acertada. Lo ha sido y quiero dedicarme una fiesta en sus silenciosas, solitarias, obscuras y empedradas calles.
Quiero pedirles disculpas por no firmar con mi nombre, pues, dadas las circunstancias, no me ha parecido prudente hacerlo. Asimismo, y por las mismas razones, he modificado algunos nombres de personas y lugares que aparecen en mi informe. No me gustaría que pensaran que se trata de alguna forma de menosprecio hacia sus personas, que, les aseguro, merecen toda mi consideración.

NOTAS
(1) Janés, Clara, Lapidario, p. 12, Poesía Hiperión, Madrid 1988.
(2) Del fado Gaviota, de A, O`Neill y A. Oullman. Hay una versión interpretada por Margarida Bessa en la Antología del Fado, El Canto de la Ciudad Blanca. CD doble. CRIN. Una traducción aproximada sería: Qué perfecto corazón/ moriría en mi pecho/ Mi amor en tu mano/ en esa mano donde perfecto/ /late mi corazón.
(3) Quincey, Thomas de, Del asesinato considerado como una de las Bellas Artes, Trad. Luis Loayza, Bruguera, La Novela de Papel, Barcelona 1986.
(Gijón, Abril de 2001)


 
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