Francisco Macías Mateo

Luis y yo habíamos nacido en el mismo barrio, crecido juntos, compartido juegos y colegio. La adolescencia nos sorprendió y comenzó a mostrarnos muchas diferencias que antes nunca habíamos notado. Aquella chica de grandes ojos verdes fue la causa fundamental de una ruptura que duró casi cuatro años. Finalmente, el destino se cruzó de nuevo entre nosotros, para volver a mezclar nuestras vidas en la etapa más decisiva, al encontrarnos en el mismo grupo de primero de medicina. Comenzamos compartiendo pupitre y terminamos por compartir habitación durante tres años en un piso alquilado junto a otros cuatro compañeros de curso. La convivencia fue creando nuevos lazos de amistad más fuertes aún que los de la infancia en torno a las horas de estudio, las noches de juerga, los escarceos amorosos y las inquietudes políticas.

Al acabar la carrera nos separamos de nuevo por motivos de trabajo, pero la fuerza de nuestra amistad nos mantuvo en contacto permanente varias veces por semana, incluso después de haber contraído matrimonio con dos mujeres tan diferentes como Clara y mi esposa.

Todo esto y más cosas pasaban por mi mente cuando me encotraba en el cementerio acompañando el féretro de quien había sido mi mejor amigo. De pronto, sonó un ruido que me resultaba familiar y extraño al mismo tiempo. Extraño por el lugar en que se producía y familiar porque estaba habituado a escuchar aquel sonido, que, ante el asombro de los asistentes al sepelio, procedía del móvil que por deseo expreso de Clara, Luis guardaba en el bolsillo derecho de su chaqueta. Una vez superado el asombro, y ante la insistencia de la llamada, Clara contestó al teléfono sin lograr una respuesta. Finalmente, lo colocó dentro del féretro, esta vez sin introducirlo en el bolsillo y esperó a que los enterradores finalizasen su labor. Tras despedirme de Clara y otros familiares de Luis, me dirigí al coche y no pude resistir la tentación de marcar su número. Al cuarto golpe de timbre, me contestó una voz diciendo: "¡Hola Carlos, te habla tu amigo Luis Torres desde el más allá! ¡Cualquier cosa que necesites no dudes en pedírmela, que para eso están los amigos! Por cierto macho, ¿se sabe ya quién fue el bromista que me llamó durante el entierro?". Me entró un sudor frío y estuve a punto de arrojar el móvil contra la pared pero, sumido en un mar de dudas y pensando en que tal vez perjudicase a Luis, me limité a colgar sin articular ni una sola palabra.

 
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