Mercedes Pérez Gómez

Eran tiempos difíciles, y tres partos demasiados para la mujer. A ella le gustaba su hombre y le quería sin prisas, sin violencia. Quería enredarse con él, acariciarlo, prolongar el tiempo, sin riesgos; por eso se sentó en la baranda.

El hombre se asusta, pero reacciona y...

(Llegado este punto, y permítaseme el inciso, una se pregunta qué camino seguir. ¿Será mejor que el hombre la sujete por las ligas verdes, se la meta dentro y santas pascuas, o que se le caiga también la libido y le invada una profunda tristeza? ¿No habría ganado, pues, terreno ese odioso hombrecito llamado censor? Tengo más de cuarenta y pertenezco a una de esas generaciones nacidas en París, ¿os acordáis? Hasta los diez u once años no había más que sospechas. La verdad simple: el sexo sólo servía para mear y el pene no era más que un peligroso pingajo, una excrecencia que los hombres tenían en la entrepierna. Años más tarde, y gracias a Wilhelm Reich y a sus obras, que también venían de París, comenzamos a descubrir la mística del orgasmo, así que por alguna razón, no sé yo si ética o moral, me siento obligada a seguir por un camino de perfección: el de la comunión).

Decía que el hombre reacciona y se aproxima despacio. Suave le susurra un beso. La rodea, sujeta con fuerza su cintura. Hunde la cabeza en los muslos y sube lamiéndola hasta el pecho. Ansioso succiona el pezón como si regresara a la infancia. Ella juguetea con el pene duro y caliente entre las rodillas. Muda, sin gemidos, tensa los muslos y se estremece. El semen fluye y derramado baja lechoso y tibio por sus piernas. El hombre la atrae con más fuerza y entrelazados se deslizan con lentitud por la baranda.


Abren los ojos y se miran como recién nacidos después de un tiempo que fue para los dos, sin duda, eterno.

Entre tanto, el milagro del amor se consuma, el sonido de las sirenas persiste. La vida y la muerte continúan, y la estrecha buhardilla se ilumina como si hubiese amanecido. Los niños duermen.

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