Paz Tomás Pañeda

Diego

Diego llegó desde Extremadura, con otros mozos de su pueblo, a ganarse la vida, en las minas de Asturias. 183
A los pocos meses, en el mismo tren, llegaron las mujeres, con los niños, casi todos muy pequeños.
Siempre había trabajado con los animales o en el campo, sembrando, vareando la aceituna, recogiendo espárragos.
No se acostumbraba a trabajar bajo tierra en la oscuridad de la mina. Se despertaba por la mañana y lo primero que le venía a la cabeza era el ruido de la puerta de la jaula al cerrarse. Sentía como si una mano invisible le estuviera apretando las entrañas.
Mateo, el picador con el que trabajaba, le dijo que cuando no aguantara más, lo que se hacía era darse un tajo con el “hachu”, pero que había que saber hacerlo: si él quería lo ayudaba.
A Diego, al principio, le horrorizó la idea. Pero aquella mañana, mientras se vestía, decidió que a la hora del bocadillo hablaría con Mateo.

Sin título

La experiencia de la maternidad cambió a Ana física y psicológicamente. Los kilos de más redondearon su cuerpo. Estaba fascinada con la contemplación de Julito, experimentaba sentimientos desconocidos viéndolo dormir, cogiéndolo en sus brazos, sintiéndolo sobre su cuerpo. Era consciente de que Carlos, su esposo, había pasado a un segundo plano, trataba de que no fuese así, pero no lo lograba. Carlos vivía con dolor el alejamiento de Ana, él también quería a Julito, pero era más fuerte el sentimiento de abandono que experimentaba. Casi le dolía más cuando quería ser cariñosa con él, porque notaba que era forzado, llegaba a experimentar celos del niño y eso le dolía aún más.

Tatiana llegó a su casa, en esta situación, para cuidar a Julito.

Carlos se sorprendió un día, al llegar a casa e ir directamente a la habitación de Julito con un impulso que hacía mucho tiempo que no sentía. Cuando llegó a la puerta, Tatiana estaba sentada leyendo una revista y Julito jugaba con unos cochecitos en el suelo. A quien primero miró fue a Tatiana y cuando dijo "¡hola!", ella le miró: en ese momento se dio cuenta de que ese impulso desconocido, ese deseo de llegar a casa, que hasta entonces había experimentado, era para ver a Tatiana y para sentir lo que sentía cuando ella lo miraba. Quedó sorprendido y desconcertado, frente a un sentimiento suyo y a la vez desconocido. Fue hacia Julito, que seguía concentrado en su juego, y lo cogió en sus brazos, sólo quería marcharse de allí, estar sólo, para recuperarse.

A partir de ese momento, el problema se desplazó de la sensación de abandono que experimentaba por el alejamiento de Ana al desconcierto por el descubrimiento de lo que sentía por Tatiana. Trató de razonarlo, de quitarle importancia, de estar más tiempo con Ana, de ser objetivo con Tatiana: ¡si era una chica como tantas otras!, ¡era de lo más normal!, pero el deseo de verla y de estar junto a ella, resistía todas las pruebas.

Su lucha interna lo llevó a un callejón sin salida, se sentía acorralado por sus sentimientos, había momentos que temía volverse loco, le parecía imposible que Ana no se diese cuenta de lo que estaba pasando: parecía que nadie se enteraba del sufrimiento y del caos que había en su interior.

Tenía que decírselo a Tatiana, le parecía la única salida, necesitaba saber qué sentía ella.

Esa noche Carlos no pudo dormir, había decidido que al día siguiente iba a hablar con Tatiana de su situación, no sabía lo que iba a ocurrir, pero sabía que tenía que dar ese paso. Había pensado todas las posibilidades: en Ana, en Julito, en sus familiares, en sus amistades, en su trabajo.

La mañana se le hizo interminable; mientras realizaba su trabajo, no dejaba de pensar en cómo expresar a Tatiana lo que sentía. Había momentos en que se encontraba ridículo, pero había tomado la decisión y no iba a volverse atrás, esta tarde hablaría con Tatiana.

A media mañana, llamó a Ana a su trabajo para decirle que iba a ir a comer a casa. ¡Muy bien! -le dijo Ana- iba a llamarte yo porque quería comentarte un asunto. Carlos se quedó cortado: ¿un asunto?, ¿qué asunto?, ¿ha pasado algo? Bueno sí, Tatiana que esta mañana me dijo que iba a dejar el trabajo. ¿Qué?, ¿qué va a dejar el trabajo? -dijo Carlos- ¿Pero, por qué?, ¿qué ocurre?

-Bueno Carlos, parece que te sorprendas más que yo; a ti qué más te da, a quien se me complican las cosas es a mí, que tengo que ponerme a buscar a otra chica, ¡con lo contenta que estaba con Tatiana!

Carlos trató que su voz no transmitiese la angustia que estaba sintiendo: ¿pero, te dijo por qué se marcha? -Sí va a casarse. -No sabía que tenía novio, ¡es tan reservada!, bueno, ya comentaremos a la hora de comer cómo solucionamos el tema, hasta luego.

Carlos se dejó caer en el sillón, tenía la boca seca, se pasó las manos por el pelo: ¡Y yo que creía que había imaginado todas las posibilidades!, ¡yo siempre imagino todas las posibilidades!, repetía mientras en sus labios se empezaba a dibujar una sonrisa.

 
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