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El hierro de las lentejas De pequeño, mi madre nos ponía a mis hermanas y a mí a escoger las lentejas, porque en aquella época, recién estrenando el raquítico desarrollo franquista, las legumbres (como las galletas o los huevos) se vendían a granel, sin embalar. Supongo que esto era lo que hacía que entre ellas se colaran numerosas piedrecitas que, camufladas entre esta proletaria y sabrosa legumbre, podrían llegar a causar un doloroso accidente a la hora de llevarse una cucharada a la boca en el caso de haber pasado a la olla. La labor se llevaba a cabo en torno a la mesa de la cocina, cada uno
con un puñado que se esparcía sobre la limpia superficie,
se dedicaba a separar laboriosamente los diminutos frutos y a detectar
entre ellos, como digo, a las traidoras piedrecitas. Era una labor societaria
y cuasi lúdica porque, mientras hacíamos el trabajo de detección,
se organizaba habitualmente una animada charla en la que solían
servir de estímulo el tamaño de algunas de aquellas traidoras
piedrecitas, ya que nosotros competíamos por ver quién tenía
el honor de encontrar la mayor, el récord. Así mi madre
se evitaba una tarea engorrosa y a nosotros nos tenía entretenidos
en aquella competición, evitando que nos dedicáramos a juegos
más escandalosos y menos productivos o simplemente a pelearnos,
algo bastante habitual entre tres hermanos pequeños. Recuerdo en
aquellos momentos la pequeña y oscura cocina de la barriada obrera
en la que cuatro parecíamos multitud; y lo recuerdo con agrado
creo que por ese aroma de "esfoyaza" diminuta que tenía
todo: diminutos frutos, pequeña cocina, pequeños protagonistas,
jolgorio diminuto. Y es que la mayor parte de los recuerdos de esos que
calificamos de entrañables tienen muchas veces ese carácter
de lo diminuto, de lo pequeño, porque eso es precisamente lo familiar,
lo pequeño, lo hecho en los círculos reducidos, próximos,
que por esa circunstancia cobran la calidad de hermosos. |
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