La invasión consentida
Luciano Maldonado Moreno

Cuando vinieron e instalaron la multinacional en la comarca cercana, nunca pensó Juan Fernández que las cosas podrían ir tan lejos como para alcanzar el punto que alcanzaron. Eso aunque dicha instalación supusiera para algunos una oferta de trabajo adicional; aunque él se temiese ya, desde el inicio, un indefinido peligro.

Porque junto a aquel complejo comercial tan enorme muy pronto se levantó un extenso poblado, que rápidamente también, ganaría con creces el calificativo de gran ciudad. Con su «city» financiera y todo, sus «holdings» mercantiles, «cinemas», «burgers», pubs», «supermarkets», red de redes «internet» y propios «mass media» (es decir, los eficacísimos medios de comunicación).

Precisamente, fueron éstos últimos los que más influyeron en sus hijos, así como en el conjunto de los más jóvenes del pueblo, según pudo ir comprobando Juan durante la primera etapa del proceso, sin tener necesidad de moverse siquiera de su coqueta tienda de ropa deportiva. Y, así, en sus conversaciones sorprendía cada vez con mayor frecuencia la enorme abundancia de palabras y modismos de aquella lengua extraña. Eran como muletillas que, bien de modo inconsciente, bien de forma deliberada, llegaron a repetir como un eco caprichoso hasta la saciedad, consiguiendo formar toda una jerga imprescindible en el desarrollo de sus relaciones y comportamientos más habituales. Su hijo pequeño, por ejemplo, comenzó precozmente a nombrar todos sus tebeos con la curiosa palabra «comics». Y a partir de ese mal día, cuando se colocaba ante la tele por las noches, siempre decía que quería ver el «show»; luego, en el momento de irse a la cama, era frecuente que escogiese un «good bye», o simplemente «bye». De igual modo, el de edad mediana se propuso vender a bajo precio todos sus «long-plays» entre los amigos, porque lo que realmente deseaba para Papá Noel (y no en Reyes, como hasta entonces había celebrado la familia) no podía ser otra cosa distinta a un «compact disc». Por último estaba el mayor, que tampoco se quedaba atrás a la hora de usar el galimatías de palabras sin sentido, pues ese mismo año envió un «christma» al pueblo de al lado para su novia -con un criptográfico «I love you» como despedida-, y que con objeto de poder pasear más a menudo con ella ahorró lo justo de su salario en la fábrica como para comprarse un coche con doble «air bag».

Pero no sólo eran sus hijos o los amigos de éstos; a quienes, por cierto, muchas veces vio entrar al principio en la tienda para probarse ropa, chocar sus palmas en alto continuamente -como en el «basket», según ellos-, mascar chicle de forma casi arrebatada, llenos de fruición, y referirse a enigmáticos personajes, como un tal «O.K., Mckey». Fueron, por el contrario, todos los del pueblo, tanto pequeños como mayores, quienes terminaron contagiándose con entusiasmo y admiración por los nuevos vocablos del oscuro jeroglífico. Hombres y mujeres compraban «tickets» para irse en «bus» a la ciudad, y así poder tomarse un «sandwich» con bebida «light» en algún «snack-bar», o tal vez formar parte de una nutrida cola en el más moderno «self-service» que viesen. Luego, siempre habría oportunidad de acercarse a un «cash & carry» a lo largo de la tarde y comprar comida en abundancia, o «sprays», «after-shaves», «body-milks» y cosas por el estilo en el «multicenter»; o sea: cualquier producto de aseo corporal -«for men» o «for women»- con que ofrecer un nuevo «look» a los demás.

Llegó un momento en que la fiebre por hablar en plan raro fue tal, que las autoridades incluyeron en todas los planes de estudio el aprendizaje obligatorio de tan pujante lengua: su conocimiento era totalmente imprescindible ya para poder vivir. Incluso los mayores tuvieron que ponerse al día a través de «magazines», acudiendo a academias privadas regentadas por hablantes nativos, o viajando apresuradamente al extranjero.

De todos modos, si todo hubiera sido quedarse en eso no habría resultado tan mal, pues la mayoría de la gente coincidía en que era necesario comunicarse con ellos y conocer sus gustos y cultura, a pesar de que casi nunca hiciesen lo mismo a la recíproca.

La situación se agravó cuando lo que parecía una simple moda empezó a calar de verdad en los entresijos sociales del pueblo. Cuando el efecto de lo que no parecían sino humildes e inocentes palabras se hizo sentir poco a poco en los bolsillos de la gente.


Entonces proliferaron como hongos los grupos musicales procedentes de la ciudad. Los críticos especializados decían que la mayoría de ellos no valían gran cosa, que había que dar una oportunidad a los del pueblo; pero fueron poquísimos quienes les hicieron caso. Paralelamente, se dio el fenómeno curioso de querer contratar a cualquier precio deportistas foráneos: cuanto más dificultoso fuera su nombre, mejor para el «club». Y de su mano, casi, también llegaron azafatas-florero para programas de televisión; las del pueblo, aunque fuesen más guapas e inteligentes, no resultarían exóticas: y se quedaron en el paro. Igualmente sin trabajo hubieron de verse los traductores (aquellos mismos que habían asimilado tan a la perfección el novedoso idioma), pues se impuso la opinión de quienes preferían verlo todo en versión original (que cada vez era un campo más grande); y además las empresas de la metrópoli no necesitaban traducir los prospectos que acompañaban sus productos: la gente los aceptaba con idéntico furor, ya fuesen utensilios o tabaco de contrabando, «slips» u ordenadores sin «ñ». De necesitar traductores ya pondrían ellos a su propia gente; no iban a ser tan tontos.

Hasta que llegó un día en que nuestro hombre se hartó de sufrir pérdidas, colgó el cartel de «closed» y se marchó, como tantos otros antes, a la temible ciudad. Nadie compraba ya en su tienda; su propia mujer, cuando se iba a hacer «shopping», adquiría ropa de «sport» de iguales características a las que él vendía. Ya no hacía falta que los demás le hicieran la competencia.

- Juan, tienes que cerrar porque lo que a ti te falta es un conocimiento a fondo del «marketing» -tuvo aún que soportar lo que interpretó como una auténtica ironía en los labios de su esposa.

Después de llamar al timbre de la multinacional, un joven alto y rubio le sonrió y trató de ser amable:

- Welcome, Mister Fegnandes, le estábamos espegando.

 
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