Mar Velasco

Corría la década de los años cincuenta, Asturias vivía el auge y el esplendor de su industria siderúrgica y de su minería. Cientos de familias originarias de Andalucía y Extremadura venían hacia estas tierras en busca de trabajo, sin más bagaje que la esperanza y su gran prole.
Así le ocurrió a Fabriciano Tejado Borreguero, conocido como “El Gato”, que él mismo achacaba a la relación del apodo con su primer apellido, aunque las buenas gentes lo habían puesto en entredicho. Recaló en la localidad de La Moral (Tuilla) donde comenzó a trabajar en la “Mina Campanal”, como barrenista. Coincidió en la misma cuadrilla con Sindulfo Rodríguez, natural y vecino de esta localidad, conocido a su vez con el mote de “ Vagoneta”. Sindulfo era un hombre gordo y de baja estatura, más bien apaisado, ya que era más ancho que alto. Las piernas eran cortas y musculosas y sus pies, pequeños y anchos, los arrastraba llevando todo lo que encontraba a su paso, de ahí que se le conociese por ese sobrenombre.
Todas las mañanas, a las cinco y media, se encontraban en la esquina de la finca ”La Rotella” cuyo dueño, Angelón “El Abogado”, era un hombre lioso, que había reunido un gran patrimonio ganando pleitos a muchos vecinos, con trampas y sin ninguna clase de escrúpulos. Al principio, los encuentros eran fortuitos, más tarde se hicieron una costumbre, de manera que el primero que llegaba hacía una pequeña parada para esperar por el otro y continuar camino. Antes de llegar a la mina, entraban en el bar “El Tubo ” regentado por Sabina, mujer de grandes dimensiones, conocida como ”Sabi, la gaceta”, por conocer al dedillo la vida y costumbres de todos sus parroquianos y que para caminar por el bar lo hacía de medio lado, ya que de frente tropezaba con las paredes, pues el habitáculo era estrecho y largo. “Vagoneta” nada más entrar se acercaba al mostrador y pedía dos copas de orujo, mientras “El Gato” desaparecía, dando a entender que entraba en el servicio. Todos los días ”Sabi, la gaceta” se quejaba al “Vagoneta”que a la hora de comer, al sacar la comida del puchero, se encontraba el chorizo mordido y reducido a la mitad, sin encontrar explicación al caso.
Una de tantas mañanas llegaron ambos amigos al Tubo, ”La Gaceta” no se encontraba, como era su costumbre, detrás del mostrador. ”El Gato” desapareció como hacía habitualmente y “ Vagoneta”, al darse cuenta de que estaba solo, entró a la cocina a buscar a la mujer. Su sorpresa fue mayúscula, allí se encontraba ”El Gato”; garcilla en mano, su boca en forma de O quedaba taponada por un gran chorizo que goteaba insistentemente sobre el jersey oscuro. Al verse sorprendido quedó inmóvil, los ojos se le salían de las órbitas y grandes gotas de sudor resbalaban por su rostro. “Vagoneta” le gritó: ¡Ha caído ”el gato la gaceta”!
En ese instante quedaban aclaradas todas las dudas que habían surgido acerca del origen del mote de Fabriciano, alias ”El Gato”.

 
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