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| Paracaidistas sobre
Bilbao Casimiro Palacios Estaban sentados en el banco corrido del avión repasando mentalmente las instrucciones recibidas hacia menos de veinte minutos en la Base Aérea de Gando. Las tropas paracaidistas, debidamente pertrechadas, debían desplegarse sobre el área urbana del Gran Bilbao según la decisión tomada en el gabinete de crisis presidido por el jefe de gobierno e integrado por los ministros de defensa e interior y el general jefe de la jujem. La situación se había encrespado hasta tal punto que había desembocado en un proceso militar a raíz de la voladura parcial de la Academia General Militar de Zaragoza, en la que habían muerto cincuenta y cinco cadetes de la última promoción, esa fue la gota que colmó el vaso. Reunido el gobierno de forma inmediata se constituyó el gabinete de crisis que decretó el estado de sitio para todo el País Vasco suspendiendo las garantías constitucionales por un período de treinta días y decidiendo el envío de tropas especiales que pusieran fin a esta historia que comenzó hace tantos años. El cabo primero Efrén Zapico restregaba las manos con fruición, pero le seguían sudando copiosamente. A su lado la sargento Jaqueline Mejuto le miraba de soslayo, con la preocupación por lo desconocido. ¿Qué iba a pasar en cuanto comenzara aquella operación? No lograba alejar de su cabeza aquellos pensamientos contradictorios: como militar ansiaba pasar a la acción, como mujer y amante del hombre que tenía a su lado sentía miedo. No había pasado ni una hora desde que se habían abrazado temblorosos en la camareta de suboficiales y él le había preguntando ¿qué harías el último día de tu vida si lo supieras de antemano, mi vida? Y ella había roto a llorar sordamente. Tenía ganas de salir corriendo y volver a La Felguera a esconderse en casa de su madre en La Pomar, y llevárselo con ella. Pero aquello era imposible y él prefería ir a Perlá, ella lo sabía aunque Efrén nunca la contrariaba. Desde que llegó a la Brigada había sido un caballero paracaidista ejemplar y un compañero complaciente. Se querían. Se querían mucho. Y ahora aquel conflicto podía truncar su historia de amor. Mientras tanto en La Oscura, en el Colegio de la Sagrada Familia, las monjas que regentan el mismo están reunidas ante el televisor con excitación contenida. Los acontecimientos se reciben con temor, además sor Auxen, vasca de nacimiento, había regresado después de treinta y cinco años en Burundi. Al producirse la comparecencia del presidente del gobierno anunciando la intervención del ejército la monja decidió regresar de inmediato a África y de nada valieron los ruegos de sus compañeras. Sor Auxen se ausenta, Sor Auxen se ausenta repetían como en una letanía por los pasillos del colegio las hermanas desconsoladas. Efrén era uno de los participantes en el homenaje que ex-alumnos y público en general le iban a tributar a la misionera, pero aquel fregado le había alejado bruscamente de El Entrego. Y en el homenaje pensaba el cabo primero a la altura de Zaragoza cuando la sargento Mejuto se dirigió a la tropa para elevar la moral. En ese momento el presidente recibía en el búnker de La Moncloa un mensaje cifrado del lehendakari vasco ofreciendo una rendición sin condiciones. Al fin todo quedaría en una tormenta en un vaso de agua pero para los dos amantes paracaidistas su último beso antes de tirarse sobre Bilbao sería irrepetible.
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