Un pozu solu no es mina
Pili Baragaño

Desde la casa de mi tía Soledad, que está en un alto, se ve perfectamente todo el pozo de Mosquitera y su explanada. Si el pozo es una parte muy importante de la minería, la más importante de todas, tiene otros muchos elementos que le ayudan en su labor de poner el carbón a punto para ser usado.
Aparte de refugiarme de los bombardeos en tiempos de la Guerra Civil de 1936, en el interior de la Mina de La Modesta de Sama, puede decirse que este pozo de Mosquitera fue mi contacto con la Industria del Carbón, pues ya desde niños lo observábamos desde lo alto y era entretenido ver su continuo movimiento.
Lo primero que destacaba era el castillete del pozo, alto como un gigante, todo de hierro que parecía plateado, con unas enormes poleas que sujetaban un grueso cable, que servía para sostener una jaula que todo el día estaba para arriba y para abajo, bien bajando o subiendo mineros, o vagonetas vacías o cargadas de carbón. Cuando llegaban los relevos, de la casa de aseo se veía venir en grupos a hombres preparados para entrar al pozo y allí esperaban su turno para meterse en la jaula que, en esta ocasión, bajaba llena de personal. Algunas veces se veía correr algún rezagado y tú pensabas: “¿llegará a tiempo?”. Cuando entraban, sobre todo los lunes, se les veía con ropa limpia, remendada en la mayoría de los casos (era la ocupación de sus mujeres los domingos por la tarde, mientras ellos echaban una partida en el bar y tomaban algún vaso). Pero cuando salían venían derrotados y cansados del duro trabajo, y sucios a más no poder, alguno ni s iquiera era reconocible, y con paso lento se encaminaban a la casa de aseo donde dejaban con una ducha los restos del carbón que traían en sus cuerpos. Habían acabado bien la jornada, pero mañana harían lo mismo y quién sabe como acabaría.
Aparte de mirar todo el entorno del pozo desde lo alto, yo tuve la oportunidad de visitar en varias ocasiones su lavadero de carbón. Mi tío Mariano trabajaba allí y yo iba con mis primos mayores a llevarle la comida. El lavadero era un recinto lleno de balsas con agua cubiertas por unas rejillas más o menos tupidas y con un movimiento de vaivén para lavar el carbón y eliminar así las impurezas de tierra, piedras, etc. que traía consigo. El carbón pasaba de unas balsas a otras y dejaba depositado un carbón menudo llamado “cisco”, que se aprovechaba en algunas industrias. El resto, el carbón bueno pasaba después a unos depósitos y de allí a unas tolvas que descargaban en los vagones grandes del Ferrocarril de Langreo, para ser llevados a su punto de destino.
En el lavadero había dos hombres siempre que yo iba, uno de estatura baja y un marcado acento castellano, que no se le quitó nunca, a pesar de haber vivido en Asturias la mayor parte de su vida; se le notaba que procedía de un pueblo de Valladolid. Era un tanto socarrón y sol ía hacer chistes de cualquier cosa, dentro de su vocabulario nada parecido al asturiano. Liaba su pitillo con gracia y siempre que salía lo acompañaba una boina negra. Le gustaba vestir bien, dentro de su si tuación y, aparte de su trabajo en Mosquitera, cultivaba las tierras de una casería que tenía en arrendamiento y cuidaba de algunos animales, todo para el sostenimiento de la casa. Yo pensaba que mi tío Mariano era bajo de estatura porque su madre repartió su nacimiento con un hermano gemelo y la cosa no dio para más.
El otro hombre era lo que se llama un hombretón, alto y fuerte con un defecto en un ojo que acentuaba aún más la fealdad de su cara. Emilio era feo de verdad y asturiano cien por cien, con lo cual sus costumbres y vocabulario eran muy distintas a las de su compañero, pero no por ello se llevaban mal. Criados en ambientes diferentes, acostumbrado uno a la llanura castellana y el otro a los montes asturianos, aquellos dos hombres, “el cazurru”, como apodaban a mi tío, y el “asturianu”, formaban una singular pareja. Los dos eran trabajadores y buenos compañeros y su amistad unió también a sus familias. Todavía este domingo oí comentar a mi primo mediano, refiriéndose a Emilio: ¡Qué buen paisano era!
Emilio murió primero y Mariano bastante después. Ya no viven ninguno de los dos, pero ellos sin estar dentro del pozo Mosquitera ayudaron con su esfuerzo y su trabajo a la producción de su carbón. Ellos y muchos otros que deambulaban por los exteriores del pozo haciendo trabajos diversos, necesarios para el mantenimiento y progreso de la Minería Asturiana.

 
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