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| La buena mano Mercedes Pérez Gómez A Loli Arenas Ya están los niños pobres Este Invierno estoy pasando tanto frío en casa que mi hora favorita es la de levantarme para ir a la escuela. Es que en la escuela casi, casi, lo paso bien. Además de tener calefacción, está la seño; y, aunque ella no me lo diga nunca, sé que me quiere un poco más que a los demás, porque me regaña, corrige mis faltas y me pone más tarea que a ellos. Conmigo frunce el ceño, se cabrea, pero al final siempre acaba sonriéndome, me da un coscorrón que casi no se posa en mi cogote y luego me empuja hacia el pupitre, pero me detiene antes de que pueda irme y cogiéndome de la barbilla me mira de reojo. Me gusta tanto como cuando estoy en el monte, que me siento grande y por encima de todo. A mamá no le importo nada. Ni siquiera se entera de que existo. Claro, está tan ocupada con Ana y los demás que cuando me subo al tejado en lo único que piensa es en que voy a romper las tejas y después habrá goteras en casa. Como si una gotera fuese cosa tan mala. A mí me entretiene el sonido de las gotas al caer en la lata. Siempre es diferente y yo distingo muy bien las primeras de las últímas y sé cuando va a verterse el agua; nunca dejo que se escape. Mamá no me conoce y un día me voy a caer para que se entere bien de que tengo huesos. Claro, que es capaz de terminar de matarme para no tener que llevarme al hospital, porque, ¿a ver cómo iba a arreglarse entonces para atender a los otros?. La seño, cada vez que me riñe me cuenta cosas. Me habla de lo importante que es que yo estudie y me dice que soy muy listo y que podré llegar lejos si trabajo. La dejo hablar e imagino que estoy acurrucado en su regazo, durmiéndome con el sonido dulce del sermón acompasado con el ton, ton, de su corazón... no le hago demasiado caso, porque yo no quiero trabajar. Mi padre trabaja todo el día, dice que trabajando no se llega a ninguna parte. Y debe de ser verdad, porque siempre estamos en el mismo sitio. No tengo ni idea del lugar donde trabaja, sólo sé que tan pronto está en un sitio como en otro. Y todos los días le veo caerse en la cama muy cansado y refunfuñando. Mamá, mientras le quita las botas, le suelta unas regañinas que parece que está multiplicando; siempre el mismo rollo, que si no bebieras tanto las cosas nos irían mejor... y papá le responde también lo mismo, pegando un puñetazo en la mesita -que ya tiene toda destartalada- y con la voz de estruendo, que si no bebiera tanto no podría dormir ni regresar mañana al mismo lugar de donde vengo hoy. Mi madre, después del puñetazo, se calla, sale a la puerta de la casa, a donde tenemos el lavadero, y empieza a pegarle fuerte a la ropa contra la piedra y a sacudir la cabeza de un lado a otro. Entonces todos sabemos que es mejor irse a dormir, porque si se nos ocurre decir algo nos coge y como a la ropa. Yo, antes de irme a la cama, como el resto del bocadillo que papá trae del trabajo, que me sabe y me huele mejor que si mamá lo acabase de preparar. Me sabe a papá, a tierra... diferente. Pero prefiero pensar en la seño. Ella sí que huele bien. Tan bien como la ropa que le da la señora alta a mi madre. Es una pena que el olor se esfume tan pronto, porque cuando pongo esa ropa los primeros días la seño no deja de mirarme, mueve la cabeza y me sonríe. Estoy seguro de que me huele como si fuera algo suyo. Durante esos días me peino y me lavo para que me vea más guapo. Mamá es tan tonta que ni se da cuenta de lo bien que huelo, y cuando me peino me dice que ya está bien de monsergas y que llegaré tarde a clase. Sé que no le importa que llegue tarde y que lo único que quiere es que me vaya cuanto antes y la deje de una vez tranquila. No me quiere, lo sé; y no entiendo por qué yo soy su hijo. La seño me quiere, así que ella tendría que ser mi mamá. Además yo estoy más tiempo en la escuela que en mi casa y su cara me resulta más familiar. A mamá la miro y la remiro y a veces se me ocurre pensar que su cara es la de alguien que no he visto nunca. Cuando la seño me mira de reojo siento que sabe hasta lo que piensan los pelos de mi cogote. Es que ella sabe muchas cosas y mi madre no se entera de nada, y es que a todas horas está cargando con esa pesada de mi hermana que sólo sabe llorar y gritar, parece una gata en celo y a mí nunca me gustaron los gatos, no se dejan acariciar y siempre están enseñándole los dientes a mi perro o comiéndose a los pequeños ratoncitos, porque a las ratas grandes... con ésas sí que no se atreven, y tengo que ser yo el que les ponga la garduña o les eche matarratas. Antes me daba no se qué verlas espatarradas y moribundas, pero ahora casi me siento orgulloso de rematarlas; soy todo un entendido en este trabajo, y es que sé mucho de animales. También soy el que mata los conejos, los desuello y sé curtir las pieles con las que después hacemos alfombras. Hace unos días todos le contaron a la seño cómo eran sus casas. Unas con ascensor, con escaleras otras, algunas tienen dos baños, y Mariano le contó que la suya tiene una escalera por dentro, que va desde el salón que está abajo hasta las habitaciones de arriba. Y casi todos dijeron que en su casa no pasaban frío, porque tienen calefacción. Yo le dije que a mí me calentaba los pies mi perro, y pareció hacerles a todos mucha gracia. Hasta yo me reí. Algunos tenían biblioteca, como la de la escuela. Eso sí que me gustaría, porque leer es lo que más me entretiene, sobre todo los libros que traen fotografías de animales y de plantas. Hay uno que me gusta mucho, que cuenta la historia de un niño chino y otro africano. Ese lo leí más de diez veces. En las láminas se ven las casas, son todas iguales y los chinos también, todos amarillos y con los ojos como si fueran dos rayas, una a cada lado. En África: todos negros; y además no pasan frío, porque hace mucho calor y no necesitan ponerse vestidos. Con taparse la cosa ya tienen bastante. Aquí, sin embargo, unos somos morenos y otros son rubios. Yo soy moreno y tengo los ojos morenos también y, claro, no soy guapo porque sólo son guapos los rubios. Si no que se lo pregunten a Susana, que es una niña de mi clase que siempre me insulta y no me deja jugar porque dice que su madre ya se lo tiene bien dicho, que a mi lado jamás. Es que su padre no trabaja, es muy importante, tiene un banco y un coche. Yo no me entero bien qué coche tiene porque cuando lo dice parece que está balando, como si fuera una oveja: beemeuve, beemeuve... y no sé si me parece el coche tonto o si será por Susanita... ¡Yo qué sé! Lo único seguro es que mi maestra es guapísima y su pelo negro como el anochecer y su cara como la luna llena. Cuando me coge de la mano siento la suya suave y caliente y a mí me entra una alegría dentro del cuerpo que hasta el ombligo y el dedo gordo del pie se enteran. Es por esto que me gusta hacer travesuras. Me coge de la mano para que el director no me apabulle ni me expulse y le dice que ella sabrá darme el castigo que merezco. Me castiga a leer un cuento durante el recreo y a quedarme la media hora allí, junto a ella, en clase. A veces pienso que no es tan lista como parece; yo tengo mucho tiempo para jugar y poco para estar con ella y aprenderme de memoria su cara, sus manos, su cuello... ya sé hasta cómo son sus orejas: tienen un piquito arriba, como los duendes, sólo que más pequeñito. De la escuela, la tarea que más me gusta es la de dibujar. Un día que tuvimos que dibujar a la familia, la dibujé a ella cogiéndome de la mano. Le puse el piquito de la oreja y el lunar que tiene en el brazo, un poco antes de llegar a la muñeca. A ella le gustó. Y lo sé porque me acarició la mejilla y vi como le resbalaba una lágrima por la nariz abajo. Al final me regañó diciéndome que faltaban papá y mis hermanos y que nunca hacía las cosas del todo bien. Es que siempre meto la pata, claro, como mi perro Pirulo; y es que de tanto estar con él a uno se le pegan las malas costumbres. Pirulo siempre termina metiendo la pata en la papilla de mi hermana pequeña, eso cuando no mete el hocico y se la come. Luego mamá se pone tonta, le pega, le insulta y habla de dinero. El dinero es más importante que mi perro y que yo. Cuando se lo pido a mamá para comprar los lápices de colores, me regaña. Si se lo pido para ir de excursión, me regaña también, y me machaca que con ese dinero de la excursión comemos todos un día entero. Menos mal que la seño siempre se las arregla para echarme una mano, que si no... mamá y su dinero, mamá y su malhumor... sólo se ríe viendo la tele. Yo no la veo demasiado, porque a mamá no le gusta que ande por la casa, es tan pequeña que nos tropezamos todos. Bueno, no se si es pequeña o si nosotros somos muchos. Pero no me importa, la seño nos dice que es mejor que juguemos o leamos y que ver mucho la tele nos pone la cabeza tonta. Será la que se la pone tonta a mamá. En casa no hay nada para leer, a no ser las revistas que le da a mamá una vecina y unos cuentos que encontré en una caja que estaba en la basura. Las revistas no me gustan y los cuentos, como los leí tantas veces, ya me los sé de memoria, así que juego hasta caer de culo. Muchas veces, de noche, estoy tan cansado que no me da el tiempo ni para lavarme: ¡Me caigo encima del plato! Y menos mal, porque con el frío que hace, si tuviera que desvestirme lo iba a pasar muy mal. Casi nunca puedo hacer lo que me manda la seño, como no tengo ni bañera, ni cepillo de dientes, ni biblioteca ni nada de nada... Cuando nos da la clase de sociales parezco un extraterrestre. Muchas cosas no sé ni lo que son y de las otras apenas tengo ninguna. El viernes, en la clase de sociales, la seño habló de los piojos; y esos sí que los conozco, porque tenemos muchos Pirulo y yo. Así que levanté la mano muy contento y hasta sacudí los pelos en la mesa con tanta suerte que cayó uno. La seño corrió hacia mí y lo cogió con una hoja blanca para que todos lo viesen; pero me miraba y me acariciaba la cabeza como diciéndome que había vuelto a meter la pata, como siempre. Y me di cuenta, sobre todo, porque Susana se puso tonta y empezó a gritar y a llamarme asqueroso. La seño se enfadó mucho con ella y le dijo que nunca más volviese a insultar a nadie en su presencia. Un día voy a coger un montón y se los voy a poner colocaditos en fila india en su guapísima trenza rubia. La lección consistía en no dejar que se posasen en el pelo, y para ello debe estar limpio y brillante. Al final me pasó como cuando lo de la caries, que también la tenía yo y era malo. Claro, cada vez que me dolían las muelas y se me ponía la cara como un culo de gorda era por eso. Pues con los piojos pasa lo mismo. Y es que los condenados pican tanto que no me dejan tiempo ni para pensar, de lo mucho que tengo que rascarme la mollera. Si para cuatro cosas que tengo no debería de tenerlas... pues de ahora en adelante : ¡Nada!, sólo asesino: de conejos, de ratas, de piojos, de pulgas, de caries y de... Susanitas rubias. Para eso sí que tengo buena mano. Sólo salvaré a la seño... porque me coge de la mano con su mano blanca y suave y me entra una alegría, una alegría tan grande... y su pelo es negro como el anochecer y su cara como la luna llena cuando me mira.
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