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1948, mina, camino y prado Quiero dormir. Necesito dormir. Vale con un sueñín de media
hora. Descansar un poco. Aflojar. Puedo decir que estoy enfermo, pero...
no, que va, eso no vale, porque lo mismo me va a pasar todo el mes, mientras
dure la siega. La memoria y el legado Todo son rumores. Prefiero enfrentarme con un pirata de carne o de metal antes que con la gaseosa insidia de los rumores persistentes, malolientes, tóxicos. En Lago, nuestra nave planeta, viajamos 513 habitantes con rumbo a Andrómeda. Algunos dicen que el ataque es inminente, otros, que ya ha ocurrido sin darnos cuenta. Rumores, caídas de la mente en el miedo primigenio. Día a día, el ambiente se va enrareciendo perceptiblemente. En el norte, dicen haber visto auroras boreales de tonos azules y verdes. En el sur, se habla más bien de distorsiones en el magnetismo polar. Yo recorro todo el planeta a diario intentando mantener la calma. Nuestro satélite de comunicaciones sigue captando amenazas en un dialecto de la antigua China. Son amenazas soeces, extrañas, obsesivas, que terminan siempre del mismo modo: os robaremos la vida y os quitaremos el corazón y la cabeza. Una duda semántica de nuestra base de datos nos permite suponer que la palabra cabeza se refiere a nuestra memoria, y la palabra corazón se refiere a nuestro legado. Llevamos siete generaciones viajando en Lago, y aún nos quedan al menos diez generaciones más. Nunca nos hemos sentido desprotegidos en el espacio. No hemos tenido otros problemas que los relativos a la escasez de algún recurso, siempre resultados sin grandes traumas. Hemos confiado en la importancia de nuestro legado, y en la protección del pacto con el Padre de las Ondas. Y ahora, cuando está a punto de nacer mi hija Irina, justamente ahora, nuestro mundo se encuentra solo e indefenso ante una amenaza imprevista. Pero lo peor son los rumores. La familia Teren, que vive en la arboleda, me ha rogado que les permita trasladarse urgentemente a las orillas del estanque, donde habita la mayor parte de nuestra población. Allí se sienten más protegidos contra las apariciones nocturnas. El pequeño Tilo Teren dice haber visto un ser monstruoso con fuego en la boca. Yo he hablado personalmente con él. Está muy asustado, pero nada demuestra que no haya sido un sueño. La visión del niño ha circulado por toda la esfera ampliándose con la abundante fantasía de mi pueblo. En el polo sur ya se habla de varios monstruos, e incluso, por lo que he oído, de varias víctimas, que, según ellos, yo he pretendido ocultar para que no cunda el pánico. Ahora me dirijo a Grutta, donde está la entrada de nuestros depósitos. Voy solo, y mi caballo parece intranquilo. ¿Acaso el miedo me envuelve también a mí? No me parece posible. Realmente, este caballo no quiere seguir el rumbo de poniente. Está cansado, en cuatro días ha dado tres vueltas al planeta. Nuestro satélite, Sol, brilla suavemente en el cielo estrellado. Los campos que cultiva la familia Alós emanan un perfume de olor a haba, que es uno de los perfumes básicos de mi infancia. Mi caballo tiene miedo, yo no. Los rumores han contaminado la atmósfera de Lago, y el animal lo capta. -¿Qué te pasa, Saturno, qué te pasa? ¿Por qué estás tan nervioso? ¿No ves que el mando no ha notado nada extraño? Estamos llegando al jardín de las palmeras. Allí descansaremos, y te daré azúcar, arroz y sal. Hay algo en el jardín de las palmeras que asusta a Saturno. Me veo obligado a atarle en el pino grande que hay antes de entrar. Yo, que no puedo tener miedo, porque soy el rey de mi generación, me tiendo sobre el césped y abro los ojos al firmamento. La luz de Sol brilla en el poniente, enrojeciendo ya. Su corazón de helio radiante forma parte de nuestro legado. Miro a las estrellas, nuestras amigas las estrellas, que van cambiando de generación en generación, según avanza nuestro viaje a Andrómeda. ¿De cuál de ellas llega la amenaza? Ahora yo también noto algo inquietante en el jardín de las palmeras. No me avisa mi mando, pero sí mi instinto. Me levanto y miro a todos los lados. Los árboles guardan silencio, proyectando sus largas sombras a lo lejos. Un denso aroma de madreselva envuelve al manantial del jardín. Mi caballo, Saturno, ya no está atado al pino grande. Mi mando no capta nada. Lo tomo en mi mano derecha y extiendo el brazo como si blandiera una espada. Manejo las claves de frecuencia apuntando hacia el norte, hacia el este, hacia el sur... Nada extraño. No capta nada, y sin embrago, funciona. Lo compruebo una y otra vez. Me ofrece correctamente todos lo datos que le pido: nuestra posición en la constelación de Perseo, el número de vuelta de Sol en torno a Lago, la densidad de la atmósfera, el índice de oxígeno, el de nitrógeno. Todo es correcto. Pero mi instinto siente miradas puestas sobre mí. ¿Soy acaso el único habitante que queda en Lago? ¿Por qué no han comenzado por mí? Las amenazas decían que nos robarían nuestra memoria. Le pregunto a la base de datos de Lago cualquier cosa... por ejemplo, cuál era el nombre del padre del padre de mi padre?. Y me contesta, Alex, en la pantalla de mi mando. Aún no tenemos nuestra memoria. Pero se han llevado a Saturno, y tampoco está el pino grande. Hago más preguntas. ¿Cuánto tiempo hace que partimos de la Tierra? Doscientos cinco años, correcto. ¿Cuántas vueltas ha dado Sol en torno a Lago? 2.315, correcto. Nuestra memoria aún está aquí. ¿Y nuestro legado? ¿Está el arca que debemos entregar en Andrómeda? No me contesta a esta pregunta, ni afirmativamente, ni negativamente. Mi corazón se agita como cualquier corazón humano, pero soy el rey de esta generación, y no tengo derecho a temer. Grito: -¿Dónde estás? ¿Quién eres? ¿Por qué no te enfrentas a mí? Como ya no me ayuda mi mando, lo dejo caer al suelo, y miro con mis ojos
al norte y al sur, y miro al poniente, donde nuestro satélite,
So, se está extinguiendo antes de llegar al horizonte. Y miro hacia
arriba, donde no hay ninguna señal de la invasión. Sé
que voy a morir, porque Sol se extingue y estoy solo en Lago. El jardín
de las palmeras ya no huele a madreselva, sino a amoniaco. La densidad
del aire se me empobrece. Dime, mando, ¿cómo vamos de oxígeno?
Mando me obedece ofreciendo una cifra mortal. Se está derramando
nuestra atmósfera en el espacio como agua caída de un vaso
roto. Dime, mando, ¿Cómo se llamaba el abuelo de mi abuelo?
¿Príamo? No, te equivocas de generación. Se llamaba
Max. Dime, mando ¿Cómo me llamo yo? ¿Héctor?
No, mi nombre es César, y no sé si sabré nunca quien
me ha robado mi memoria y mi legado, quién se ha llevado a mi pueblo,
dejándome morir solo en esta nave planeta. Ningún informe
puedo dejar, más que los últimos pensamientos de mi vida,
que grabo en mi mando, y después lo lanzo hacia arriba como si
fuera una piedra. Ocurre lo que me imaginaba: no vuelve a caer hacía
mí, sino que se hunde en el espacio, como el oxígeno. Adiós,
adiós. Lamento no haber podido cumplir mi misión.
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