Ausencia equivocada
Pablo Rodríguez Medina

Accésit en el II Concurso de Cuentos «Los Hórreos» de Urbiés. Asturias. 1997.

Se acordó, de pronto, de Ia vez en que ambos comieron espárragos trigueros condimentados con huevos y a las finas hierbas en su pueblo. A ella le gustaron tanto que lo convenció para comprar unos buenos manojos y meterlos en el arcón de los alimentos congelados.

Por eso rebuscaba incansablemente entre el hielo. ¿Dónde habría puesto los fajos? Se propuso prepararlos para cenar y de esta forma romper la rutina y acordarse del apetito con que ella los había devorado.

Apenas dos días que le faltaba y había instalado una serie de pequeñas ceremonias cotidianas con las que debía romper.

A la salida de su trabajo se detenía a tomar un vino, leía la prensa y se echaba la chaqueta al hombro. De nuevo en la calle respiraba hondo y subía las escaleras lentamente. No quería encontrarse a la vecina que le dijo que el lunes un hombre con maletas vino a su casa.

Mascaba la completa seguridad de que nadie lo esperaba en el apartamento.

Se preparaba cualquier cosa para comer mientras escuchaba el noticiario. Después dormía la siesta y paseaba. Porque todo era tan distinto, tan absurdamente gris desde que ella se marchó.

En la oficina los compañeros lo animaban. Ellos también habían padecido las épocas de celo de su jefe y lo adoptaron velozmente en su pequeña secta. En cuanto escucharon las constantes llamadas con que el jefe lo hacía comparecer en su despacho, comprendieron. Lo llamaron aparte.

- No te preocupes. Nosotros sabemos cuál es el problema. No te queda otra opción que hacerte el sordo, el mudo, el ciego...

- Conoces el pronto del jefe ante las negativas.

- Sí. Está acostumbrado a mandar. Nosotros tuvimos que tolerarlo por miedo a su reacción. No te creas que no nos dolió, amigo, pero mejor eso que andar mendigando.

- A la mierda con el orgullo. Hay que salvaguardar el puesto. La vida está muy jodida y un trabajo como éste, de oficinista, no se encuentra en cualquier lado.

- Además, que ninguno te lo vamos a reprochar. Ya ves que los chismorreos no tienen lugar en esta oficina. Fútbol, política, finanzas, vacaciones... Pero los chismorreos no.

- Es como el derecho de la prima nocte en los feudos urbanos.

Le daban palmaditas en la espalda, y lo cogían por el hombro. Le recordó, sin saber por qué, a cuando su padre le arregló la pajarita para la boda y con ese mismo gesto, le dijo que ya era todo un hombre y que estaba contento y se le cayó una lágrima.

Los condenados espárragos no aparecían por ningún lado.

¡Qué desorden reinaba en el arcón! Repollo, pulpo, helados, patatas para freír. No había rastro de los manojos de espárragos. Era extraño en ella, que siempre se jactaba de ser tan cuidadosa para el hogar.

Si no se hubiera olvidado el expediente quizás estuviese aquí, ayudándole a encontrarlos.

El jefe se lo acercó al piso, y ella le preparó uno de sus cafés. Él adivinó su intención mientras ella se agachaba para ponerle el café en el platito.

Él no reprochó nada.

«Imaginaciones mías», - se dijo, porque era un poco celoso, siempre lo ha reconocido.

Pero la evidencia no tardó en engordar y engordar. Lo sorprendía el jefe a mitad del pasillo.

- Uribe, venga a mi despacho.

Una vez allí le alargaba unas entradas para tal ópera, o cual ballet, y decía, tráigase a su mujer, que yo me llevo la mía, que no se diga que no fomentamos en esta empresa la relación jefe-subordinado.

En el espectáculo no cesaba de hablar con ella, de ridiculizarle. La mujer del jefe, acostumbrada a los propósitos, asistía indiferente al cortejo. Tiempo hacía que abandonó las discusiones con su marido, porque el jefe no admitía intromisión ninguna en sus planes.

La mujer del jefe miraba solemnemente a Uribe, con un brillo cómplice, como sólo poseen quienes confraternizan en las desdichas y Uribe bajaba la mirada, degradado, sabiéndose perdedor, como quien tiene una colección de ases y posa boca abajo las cartas y dice mierda, he perdido, porque, paradójicamente, le conviene perder.

Los juicios y consejos de los compañeros gozaban de sobrada razón. Al jefe le acometían unos terribles ataques apopléticos cuando surgían imprevistos en sus planes. Sus rabietas ciegas lo hacían soltar espumarajos por la boca y era mejor poner en marcha el sálvese quien pueda

Sin embargo, esta tarde le apetecieron, sin saber por qué, los espárragos. Tenía la intuición de que retornando el gusto de aquel plato se le haría visible la sonrisa de su mujer, aquella lejana sonrisa inocente.

En aquellas semanas de cortejo aumentó el presupuesto para la lotería, cuyo desembolso aportó del dinero guardado para el cine. Ahora iban a cenar con el jefe, a ver teatro con el jefe, exposiciones de arte con el jefe. Y para impresionar, las cuentas las aniquilaba, junto al orgullo de Uribe, el jefe. Soltaba unos billetazos de los grandes encima del papelito con la cuenta y se marchaban sin esperar por las vueltas.

A su mujer le encantaba charlar con el jefe, que le explicara en qué condiciones estaba el pintor cuando decidió poner el fucsia allá, lejos, cerca del horizonte, que le esbozase el tema general de la ópera, o el significado de tal marcaje de pasos en el ballet,

Uribe, mientras, barajaba hipotéticas combinaciones para bautizar los boletos de la lotería y cada noche, a la vez que ella dormía, escuchaba por la radio, después de las inclemencias del tiempo, la última repetición de los resultados.

Soñaba con acertar un pleno, con una fortuna que le permitiese independizarse del trabajo, que le devolviese la honradez a su hogar, con mandar al jefe, por los menos, al carajo, y marcharse tranquilamente mientras sacudía su rabieta.

Pero nunca acertó, como ahora no acertaba a encontrar los malditos espárragos trigueros entre bolsas de plástico atormentadas de frijoles, entre sacos preñados de carne de cordero. En el desorden de su vida, equiparable al del arcón frigorífico, sólo acertó a dar con su mujer.

Intactos encima de la mesa, estaban los huevos, la sartén y el aceite. Sólo faltaban los espárragos. Le devolverían su sonrisa y, cerrando los ojos, la brisa azul del pueblo salpicado de casas de planta baja, viñas, olivos.

Arrugaba los boletos y los días. Una rabia silenciosa se apoderaba de él cuando arribaba a casa para comer.

Jazmines nuevos suplantaban a las rosas rojas de la semana pasada, esencia que se vendía con cuentagotas en vez del bote de litro y medio de colonia para bebés.

Él callaba. No podía arriesgarse a echar su trabajo por la borda. Esas horas sentado en su mesa, rellenando y completando archivos y expedientes ajenos, esas horas de innumerable desperdicio proporcionaban el sueldo. Con los números de sus informes pagaba las letras de sus posesiones: el auto, la casa, la comida, los electrodomésticos.

Necesitaba su trabajo para mantener a su esposa. ¿Cómo advertirle de que no le gustaban esas confianzas con el jefe, que aceptase esos regalos?

Él era famoso por el pronto que despertaba ante las negativas. Sus planes debían cuadrar, si no, abusando de su poder podría hacer que no le dieran a uno trabajo en el país ni de mendigo.

En el calendario de la oficina Ramírez redondeó con rotulador rojo una semana. Intuyó lo inevitable. Dentro de tres días el jefe se marchaba de súbito para un congreso inexistente en las islas.

La contemplaba durante horas, presintiendo que la iba a sacrificar, que debía cumplir con tal inmolación. La situación le recordaba una película en que una joven hawaiana ha de arrojarse al volcán para aplacar la furia de su dios ante la resignación de su novio.

El orgullo se le rompía en pedacitos de impotencia y, a veces, disculpado con una diarrea, se encerraba en el baño a llorar. Su belleza codiciada sería compartida con otro hombre, con aquel dios malvado dueño de sus vidas.

Intentó tramar venganza pero desistió. La mujer del jefe le sacaba diez años, al menos, y era feúcha, enjuta, oculta tras su máscara de maquillaje. No merecía la pena.

Veía a su mujer reír (esa sonrisa era la que intentaba reconstruir con la ayuda del plato cuyo ingrediente principal buscaba) y se preguntaba si acaso ella sabía de las intenciones del jefe.

Era claro que algo debía intuir, pero como era tan ingenua, tan bondadosa, quizás pensase que el jefe era sólo un buen amigo. Simplemente.

De lo contrario, seguro que le habría comentado algún detalle, la habría notado más nerviosa, le habría dejado alguna nota.

Ahora recuerda que debe romper con las ceremonias que ha impuesto su ausencia. Debe variar la rutina, transfomar cada día en uno distinto, porque de lo contrario el recuerdo, la abominable culpabilidad y el remordimiento de cobardía que le rondaba lo destruirían.

Por eso, se propuso cocinar el plato y andaba, en este mismo instante, con las manos amoratadas a causa del frío: para olvidar que su mujer se había marchado. que regresaría y, probablemente, nada sería igual.

No podía reprocharle nada. No intentó inmiscuirse, siquiera reclamar sus derechos como marido, sus promesas eternas de fidelidad. Temía demasiado perder el futuro que habían programado ambos durante los años de noviazgo. Temía demasiado que el jefe lo despidiese, que no encontrase un trabajo.

Pero ahora se proponía olvidarlo. Ahí estaba la bolsa de plástico con los espárragos trigueros. Al fin. En el fondo del desorden. Recuperaría, aunque sólo fuese de manera virtual y a través del paladar, la sonrisa.

Uribe asió la bolsa y la sacó del arcón. Se quedó frío. Una mano envuelta en cristales de hielo reposaba en el suelo del arcón. Llevaba una alianza como la suya.

(Claro, porque ella no conocía el pronto de su jefe ante las negativas, y siempre le había jurado fidelidad.)

Al principio escuchó un sollozo, después un grito, y comenzó a llorar despiadadamente maldiciendo esa ausencia equivocada.

 

 
Cine, Arte y Literatura
 
Filosofía
 
Taller Literario
Poesía
Relato
Teatro
 
¿Qué es un taller literario?
 
Normas de publicación
 
 
Nº actual
Portada de la revista actual
 
Números en el web
 


Motor de Búsqueda


 
 
 
 
       
  Envía este documentoEnvía este documento      
         
  PROYECTO EDITORIAL | CREDITOS Y COPYRIGHT | PUBLICIDAD | CONTACTO | ENLACES