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La mancha
Nieves Viesca
El día que murió Mercedes, inesperadamente nació
la mancha. Ésta amaneció con el alba, en el cielo de nuestra
habitación. La vi desde la cama, justo al despertarme: ladeada,
mirando un poco hacia la izquierda, como si su presencia revitalizara
parte de aquel techo pintado de azul, a modo de cemento y desolación.
Sin meditar la causa de estos sentimientos, confieso que, por unos segundos,
me sentí reconfortado. La mancha sólo era círculos,
células de líquido neutro. Me dije: «Pepe, después
de todo, esta noche aún no has dormido solo».
La verdad es que, el fallecimiento de mi esposa, apenas ocasionó
modificaciones en el rítmo de mi vida. Casado y sin hijos, el hogar
se mantuvo a las mil maravillas con María, nuestra asistenta de
siempre. En cuanto a mi mundo laboral, llegaba por la mañana a
la oficina con la puntualidad reservada a los relojes suizos. Después,
sin apenas tiempo de lamentaciones o fatigas, el día entero se
me iba emulando la actividad de la hormiga obrera. Después de un
par de meses, me ofrecieron un ascenso. Para celebrarlo, no se me ocurrió
nada mejor que la renovación total de mi vestuario: «A tomar
viento -me dije-, el fondo del armario». Y sin más, desaparecieron
de mi vista todos los jerséis, camisas, pantalones
excepto
mis viejos zapatos, imprescindibles para caminar en cualquier ocasión.
Por aquel tiempo, nada hacía imaginar que estos cambios en mi existencia
serían tan meticulosamente observados por cuantos me rodeaban.
Yo, el típico individuo poco importante, lento como un caracol
soñoliento, y aburrido, lo mismo que un domingo de lluvia y sin
siesta, de la noche a la mañana me transformaba en un ser festivo
e imaginativo, igual que los dibujos de una felicitación. Estos
detalles no hicieron más que convertirme en el blanco de los comentarios:
-¿Has visto a Pepe?
- ¿A qué Pepe?
¿Al soltero, o al viudo?
Pero entonces, la mancha ya se había extendido lo suficiente como
para llegar hasta la cabecera de mi cama.
Con ojos de búho, yo me abstraía con aquel manantial de
espacio negro, curvo, mohoso, que día a día se adueñaba
del temple de la pared. Con absoluta libertad, la mancha subía,
trepaba, se retorcía en su camino con velocidad pasmosa. Cada noche
me había hecho de este dominio silencioso, y hasta llegué
a perder horas de sueño al atisbar cada grieta, cada fisura, cada
nuevo resquicio formado sobre el yeso y el hormigón.
En la esperpéntica figura, advertía un halo de melodía,
escuchaba una profunda palpitación, observaba un espacio lindante,
en gracia y esmero, con la tristeza de la estancia. En uno de estos recorridos,
creí acertar a ver en la mancha una glorieta florida y, dentro
de la misma, el rostro saludable de Mercedes.
Y tal como la mañana anuncia el día, o las bajas temperaturas
el invierno, de igual modo yo pregonaba la noche. Y así, en constante
pugna, exprimía la parte más confortable de la vida: hacía
deporte, coleccionaba metales y chucherías, acudía a todo
tipo de fiestas y reuniones, y me engañaba con la torpeza de quien
espera engañar al tiempo, si retrasa los relojes.
No sería válida esta historia, si no les mencionara lo que
me sucedió con Rémora. A Rémora la conocí
en una fiesta y recuerdo que su presencia me produjo vértigo: ella
era como una semilla de son, como un baile caribeño. Olía
a regaliz, a caramelo de limón, y llevaba el calor del trópico
en los poros. Su melena oscura, larga y trenzada como una red de pescar,
me rozaba en un hombro.
Estreché su mano y entonces comprendí que ella llegaba demasiado
tarde, y retrocedí o me fugué hasta la mancha, hasta la
glorieta florida, hasta las manos de Mercedes con el recuerdo de sus dedos
largos y delgados como hilos de miel. Y me sentí igual que una
libertad sin canto dando rienda suelta a mi garganta, la cual no cesaba
de emitir diferentes espasmos a modo de carcajadas. Porque, eso sí,
yo reía, reía y, curiosamente, cuanto más me reía
más me ahogaba. Víctima del consumismo, era uno de esos
peces de colores en urna de cristal, que asfixiado, nadaba pesadamente
y sin coordinación.
Y de madrugada, llegué a la casa tambaleante y ebrio. Directamente
fui hasta la pared, donde respiraba la sombra. Anhelaba ser absorbido
o fijado por ella. Deseaba sobrevivir en la cal o más bien permanecer
en Mercedes. Golpeé la pared con los puños y se despertó
un olor a mugre y humedad. Pero yo respiraba con ansia aquel olor, como
sólo puede respirarse el oxígeno que salva una vida.
Con la confusión propia del enajenado, deseé con todas mis
fuerzas destruir a la mancha. ¡Cómo la odiaba! La odiaba,
sí, la odiaba con estremecimiento, la odiaba con amor.
Decidí que subiría a ver al representante de la comunidad
de vecinos, y le exigiría que, sin más tardanza, llamara
a capítulo a los del piso de arriba, para que repararan las cañerías.
Pero al punto comprobé consternado que a la mancha le nacían
dos ojos y una boca a modo de reproche, y que la arcilla de la pared se
volvía ocre, igual que una fotografía en blanco y negro
cuando el tiempo no permite imaginarla de otro color.
Conmovido, me vi en la madrugada caminar sin rumbo. Tenía que seguir
más lejos, un poco más lejos
Pero sólo podía
sentirme suspendido, flotando como ingrávido confeti que, desde
lo alto de una ventana, se ve empujado a caer sobre el pavimento en lunares
de colores.
Me llega un continuo llamar de puerta, unos pasos que se aproximan, una
voz que se empeña en amenazarme. Pero yo jamás franquearé
la entrada: no suena para mí ningún timbre.
Tengo la certeza de que vienen a por la mancha. Después de la torpeza
del otro día quieren la pared con fruto, la finura de la cal, el
tacto del hormigón y el color ocre de la arcilla. Y no puedo ni
debo permitirlo. Presiento que detrás de algún ladrillo,
todavía queda un suspiro aunque ya no exista aire. Me habla esta
pared con sombra. Habla y lo hace sin temor, libremente: entra, penetra
por mi vida con un dominio silencioso y pérfido. Y yo espero, con
impaciencia lo espero, lo espero
Porque, verán ustedes, el
día que murió Mercedes, inesperadamente nació la
mancha. Esta amaneció con el alba, en el cielo de nuestra habitación.
Y desde ese instante, yo ya no sé si es Mercedes, quien no puede
estar dormida sin mí, o bien soy yo, quien no puede tener sueño
sin ella.
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