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| Crónicas urbanas
o el pulso de los felinos Marcos Rubén Duarte Sánchez Jorge Álvarez está en la cama. En la cama están Jorge y su mano. El mundo se reduce a un rítmico «in crescendo». La noche es obscura y cálida e invita a la reflexión. Jorge reflexiona, pero acaba pronto: Jorge no es muy reflexivo. Da vueltas y más vueltas pero no puede dormir, así que se levanta. Fuera hace un frío que pela, intenta coger la bata y las zapatillas, mas tropieza con la lámpara de pie, regalo de su abuela, que cae al suelo con estruendo. -Jorge, ¿Estás tonto? - los padres duermen en la habitación de al lado. No se amilana y va a la cocina cojeando. Rebusca en la nevera y no topa nada: están a fin de mes. De mala gana, bebe un vaso de leche, aunque Jorge odia la leche. Para conciliar el sueño, se asoma a la ventana. La calle está mojada y las luces de las farolas se reflejan distorsionadas. Una gitana, ajena a lo poético de la noche, rebusca en la basura. Está acompañada de su hija: una pequeña vestida con gran cantidad de ropa. Mientras la madre gana el sustento, la niña da una serenata con su nariz: es invierno y la tiene llena de lengüetas. El cántico resulta solemne, rítmico... hipnótico. Hace un silencio para dar efecto, después, retorna la pieza con energía renovada: la gitanita tiene público. Hincha su fuelle con entusiasmo y poco a poco sofistica la melodía. Los síes bemoles traspasan la noche como arrebatos de pasión, haciéndola más cálida, más humana. Satisfecha, mueve el cuerpecito al son de la música y, por un momento, surge un vínculo entre la pequeña y Jorge, que la observa sonriente. La madre ha acabado, coge a la solista de la mano y la arrastra sin compasión. Desesperada, lanza las últimas notas a las ondas, hacia su público agradecido. El cielo nocturno está despejado, aunque haya llovido muy fuerte hace pocas horas. Jorge observa las formaciones, un tanto caóticas, de los astros. A lo lejos un fragor se va haciendo cada vez más nítido, hasta que el enorme coche verde hace su aparición por una esquina. Debe de ser americano a juzgar por el tamaño. Hace tiempo que los vecinos cotillean acerca de la misteriosa mujer que vive en el ático y posee el extraño vehículo. Aparca con dificultad cerca del contenedor de la basura. Se abre la puerta y la mujer sale despedida del coche, como si alguien la hubiera empujado desde dentro. Trata de cerrar pero no atina a introducir la llave en la cerradura. Lo intenta una y otra vez hasta que, harta, empieza a darle patadas. Sólo entonces se percata Jorge de que está ebria. Con los bamboleos que da, la gabardina que viste resbala por sus hombros y queda colgando de las articulaciones de los brazos. Lleva un vestido de noche muy elegante, pero lo que más llama la atención es que lo lleva al revés. Mas calmada, cierra la puerta y, dando tumbos, cruza la calle. En un momento dado, se queda mirando atónita una farola, hasta que se enfada con ella y le grita airada: -Julián, eres un cabrón. Me dijiste que ibas a dejarla. ¡Me lo prometiste! Yo que te quise tanto... -las lágrimas brotaron de sus ojos-. Eres, eres... ¡eres un hijo de puta! Al comprobar que la farola le hace caso omiso, se irrita más aún. Atusa su pelo, se arregla la ropa con torpe dignidad y, con un sonoro taconeo, se va hacia la puerta del portal, donde repite el proceso de apertura. Antes de que empiece la fase de las patadas, Jorge le abre por el interfono. Los gritos cesan, y la mujer -un tanto inquieta- sube las escaleras con su taconeo característico. Al poco rato, el ruido desaparece y puede oírse el rumor del creciente tráfico en la autovía cercana. Un estruendo atrae la atención de Jorge. Malhumorado, el gato callejero rastrea el contenedor de la basura, saqueado por la gitana minutos antes. Huele la comida, pero ésta ya no está allí: se ha ido. La basura es muy poco considerada, al fin y al cabo, él es un cliente habitual. De un elegante salto, sale del contenedor y busca acomodo en el capó del enorme coche verde que, por haber aparcado hace poco, aún tiene el motor caliente. El estómago está vacío pero, al menos, no tiene frío. No está mal, nada mal, parece decir por la expresión de su cara. Jorge puede ver al gato mucho mejor ahora, es más grande de lo que parece a simple vista, le falta un trozo de rabo y un ojo. Menea el muñón con deleite, otea los alrededores y ronronea distante. Bruscamente, se pone en pie y observa con atención el jardinillo que hay delante de un edificio. Pronto aparece un hombre que lleva un perro con correa, éste marca el territorio mientras levanta la cabeza de forma prepotente. No tarda en oler al felino y lo mira de forma feroz. El hombre se agacha lentamente, suelta al animal y le susurra algo al oído. La cabeza del cuadrúpedo se transforma en una abyecta sonrisa rebosante de colmillos. Un grito del amo azuza al animal que ataca profiriendo orgullosos ladridos. El desenlace es más rápido de lo que pudiera pensarse: el felino pone sus pelos de punta y encañona al cánido con su ojo brillante, maligno... Los ladridos empiezan a ser desconfiados. De súbito, salta encima del aterrado animal con sus garras sucias, ponzoñosas. Al poco tiempo, el can aúlla en retirada. Su amo, también algo asustado, le pone de nuevo la correa e inician juntos una humillante fuga. Jorge no puede contenerse y rompe a reír. Los vencidos le dirigen una mirada llena de rencor. El gato, que está de nuevo encima del capó, le dedica una maliciosa sonrisa cómplice. Busca entre la basura de su casa y no tarda en encontrar los restos de la cena; además, moja un trozo de pan con leche y arroja todo a la calle. El minino se acerca, olisquea y come rápido. Mira a diestra y siniestra, temiendo una trampa. Al acabar, maúlla agradecido y, con su tieso rabo cercenado, se va sin prisa, con clase y distinción. Jorge sigue con la vista al animal, hasta que se pierde debajo de unos coches. El frío le pone la piel de gallina, frota los brazos ateridos
y bosteza largamente. La noche agoniza, mientras la gente, el resto del
mundo, comienza su rutinario día laboral. Jorge tiene dos horas
justas para dormir antes de levantarse, cuando amanezca.
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