Pasión por la diferencia
Eladio de Pablo

Tarde de otoño. Las hojas de los árboles dan un último vuelo lento sobre la grava de los parques desiertos. Los suicidas proyectan su sombra sobre las aceras momentos antes de abrazarse a ella, de entrar en la sombra definitiva. Un puente sobre un río se alza la falda para que no lo salpique el agua gris cuando el hombre que está de pie sobre su pretil se arroje a la corriente impetuosa y sombría. Llega otro hombre y, casi en el último instante, detiene el vuelo del hombre que se ha curvado como un signo de interrogación antes de abandonar el árbol de la vida.
El hombre sobre el pretil da la espalda al espectador, es posible que en ningún momento le veamos la cara. Mejor que mejor. Al público siempre le complace más lo que él imagina que las vulgaridades que se le ocurren al autor.
UNO.- ¡Oiga! ¿Qué va a hacer usted?
DOS.- No se acerque. Voy a suicidarme.
UNO.- ¿Por qué?
DOS.- ¿No lo ve? Soy horrible. Monstruoso.
UNO.- ¿Horrible? ¿Qué significa horrible?
DOS.- ¿Se ha fijado en mi cara? No me diga que no, porque todo el mundo, al pasar junto a mí, se queda clavado, mirándome con una expresión de temor o de asco… Vea, vea esta frente prominente que ensombrece todo mi rostro, estos ojos disparatadamente desiguales, esta nariz como un membrillo retorcido de dolor, este tropel de enormes dientes saliendo en todas direcciones por mi boca, y estas orejas que se juntan en el cogote, como si huyeran despavoridas del rostro. ¿Lo ve? ¿No le parezco absolutamente repugnante?
UNO.- Lo veo. Y no sabe cómo le envidio.
DOS.- ¿Que me envidia?
UNO.- Sí. Enormemente.
DOS.- Se burla usted de mí.
UNO.- ¿Burlarme? Míreme. ¿Qué ve usted?
DOS.- Pues… a una persona… normal.
UNO.- Exacto. Normal. Uno del montón. ¿Me distinguiría si me viera en medio de una multitud?
DOS.- Pues… no, claro. Es usted absolutamente normal.
UNO.- Exacto. Con los ojos idénticos a millones de ojos, una nariz perfectamente estándar, una boca ridículamente vulgar, unas orejas… ¿Sabe que, a veces, al despertarme, no sé si soy yo o cualquier otro que ha ocupado mi cama accidentalmente?
DOS.- ¿De veras?
UNO.- Sí. Al mirarme al espejo tengo que hacer esfuerzos para no gritar.
DOS.- ¿Gritar? ¿Por qué habría que gritar?
UNO.- Porque sé que saldré a la calle y nadie reparará en mí, porque todo el mundo nos parecemos. Incluso aquellos que se salen del común, acuden a la cirugía estética para convertirse en una reproducción clónica de sus, nunca mejor dicho, semejantes. ¿Sabe lo que me ocurrió el otro día?
DOS.- Si usted no me lo dice…
UNO.- Estaba sentado en un café, junto a la ventana. Acertó a pasar por delante un hombre como yo, es decir, normal. Se detuvo frente a mí, es decir, frente a la ventana del café, detrás de la cual yo estaba, un poco abstraído, mirando la gente que pasaba, gente idéntica a mí…
DOS.- Y ¿qué hizo ese hombre?
UNO.- Como le digo, se plantó delante de mí y se arregló el nudo de la corbata. Bueno, también se retocó un poco el pelo.
DOS.- ¿Y qué tiene eso de extraño?
UNO.- ¿No lo entiende? ¡Ese hombre creyó estar ante un espejo, no ante la ventana de un café! ¡Me confundió con su imagen! ¡Creyó que yo era él, es decir, su imagen reflejada en el espejo! ¿Comprende ahora por qué tengo que contenerme para no gritar por las mañanas?
DOS.- Pues…
UNO.- ¡Yo no sé si soy el que está de este lado del espejo o el otro! ¡Es algo que a usted no le ocurrirá nunca!
DOS.- Eso sí. Yo, al mirarme en el espejo, sé que soy yo. Quiero decir que el que está al otro lado no puede ser otro que yo mismo…
UNO.- ¡Sin posibilidad de error, ni siquiera de duda! ¡Usted es único! Tal vez algún afortunado mortal pueda tener una nariz como la suya, o esos ojos, esa boca, esa frente, esas orejas… Pero nadie, salvo usted, posee juntamente todos y cada uno de esos rasgos definitivamente originales, personales, únicos.
DOS.- Las mujeres no me aman.
UNO.- ¿Y cree que a mí me aman? ¿Qué garantía tengo yo de que, cuando una mujer me dice que me ama, no se lo está diciendo al del espejo, o a otro de mis semejantes? En cambio usted…¡Usted es el único semejante que es distinto! Si las mujeres le amaran, usted sería el único mortal sobre la tierra que podría jactarse de ser amado por usted mismo, sin la menor sombra de duda.
DOS.- Es que ni siquiera se acercan a mí.
UNO.- ¡Oh! ¡Cómo envidio su certidumbre! ¡Ni siquiera se acercan a usted! En cambio, yo nunca sabré si se acercan a mí… Sé que se acercan ¿pero a quién? Eso es lo que me atormenta. ¿A quién?
DOS.- ¿A quién ha de ser? Si se acercan a usted no cabe duda de que es a usted a quien buscan.
UNO.- Eso cree, ¿eh? Entonces, ¿por qué, el otro día, cierta mujer, por la que siento una fuerte inclinación amorosa, se dirigió a mí llamándome Antonio?
DOS.- ¿Es que no se llama usted así?
UNO.- ¿Yo? Sí, claro, yo me llamo Antonio.
DOS.- No comprendo…
UNO.- Pero ¿cuántos Antonios hay, me lo quiere usted decir? Y, lo que es más terrorífico, ¿cuántos Antonios hay absolutamente idénticos a mí, inconfundiblemente confundibles conmigo? Cientos de miles, millones de Antonios, Anthonys, Antoines… En cambio, si yo tuviera alguno de sus rasgos…, si gozara del privilegio de parecerme a usted en lo más mínimo, no me cabría la menor duda de que esa mujer, al llamarme Antonio, se refiere a mí y sólo a mí. Sí, si yo tuviera alguno de sus rasgos…
DOS.- ¿Qué está diciendo?
UNO.- Su nariz, por ejemplo.
DOS.- ¿Usted quisiera tener una nariz como ésta?
UNO.- O sus ojos. No pido más. No osaría aspirar a parecerme a usted como una gota de agua a otra gota de agua. Sería demasiado hermoso.
DOS.- ¿Hermoso? ¿Estima usted hermoso el parecerse a mí?
UNO.- Si yo pudiera… (Impensadamente, le sobreviene un pensamiento luminoso) ¡Eso es! ¡Cómo no lo he pensado antes! ¿Usted sería tan amable de hacerme un pequeño favor?
DOS.- No sé. Si está en mi mano…
UNO.- Está en su cara.
DOS.- ¿En mi cara?
UNO.- Sí. Déjeme hacerle una foto.
DOS.- ¿Para qué?
UNO.- Verá. ¡He tenido una idea genial! Se me ha ocurrido hacerme la cirugía estética. La cirugía estética hace verdaderos milagros hoy en día. Quiero parecerme a usted.
DOS.- ¿A mí?
UNO.- Sí. Quiero ser su semejante. Si a usted no le importa.
DOS.- Si a usted no le importa…
UNO.- ¿A mí? ¡Al contrario! Sería mi salvación, el comienzo de una existencia que podré llamar, con todo derecho, verdaderamente mía. Por fin, cada mañana, al levantarme, sabré que yo soy yo, y cuando una mujer me ame sabré que me ama a mí…
DOS.- O a mí…
UNO.- ¿Cómo dice?
DOS.- Que si usted se opera y se parece a mí… no sabrá si es usted o yo…
UNO.- Oh, no se preocupe. Lo sabré, lo sabré sin lugar a dudas.
DOS.- ¿Y cómo va a arreglárselas, estando yo…?
UNO.- ¿… muerto?
DOS.- ¿Cómo dice?
UNO.- Que usted estará muerto, ¿no es así?
DOS.- ¿Muerto?
UNO.- En efecto. Yo no pretendo obstaculizar sus planes de suicidarse. Solamente le pido que me conceda el extraordinario favor de dejarse hacer una foto antes de dar el salto definitivo. Le quedaré eternamente agradecido.
DOS.- Bueno, en realidad, yo…
UNO.- ¿Qué hace? ¿Adónde va, hombre? ¡No irá a renunciar a su propósito por lo que le he dicho!
DOS.- Verá, es que ha dicho usted unas cosas que… tal vez… en fin, que he tenido mucho gusto en conocerle…
UNO.- ¡Pero vuelva, hombre! ¡Déjeme hacerle esa foto! ¡Tenga usted compasión de un pobre semejante… que quiere serlo suyo! ¡Vuelva! ¡Vuelva!…

FIN

Otras aportaciones del autor:

Teatro en un acto: Vasos Comunicantes

 
Otras aportaciones del autor:
Vasos comunicantes
 
Cine, Arte y Literatura
 
Filosofía
 
Taller Literario
Poesía
Relato
Teatro
 
¿Qué es un taller literario?
 
Normas de publicación
 
 
Nº actual
Portada de la revista actual
 
Números en el web
 


Motor de Búsqueda


 
 
 
 
       
  Envía este documentoEnvía este documento      
         
  PROYECTO EDITORIAL | CREDITOS Y COPYRIGHT | PUBLICIDAD | CONTACTO | ENLACES