España: Ciencia y Exilio
PRESENTACIÓN

Con gran pesar abrimos este nuevo número de Ábaco despidiéndonos de uno de los más importantes historiadores de la ciencia en el panorama actual español: Mariano Hormigón Blánquez. Después de enviarnos su colaboración extraordinaria para este número de Ábaco sobre la ciencia española y el exilio, en el que Mariano Hormigón abre el camino para la revisión de la ciencia española en el franquismo, tuvimos que lamentar su inesperada muerte, acaecida el pasado 21 de julio. Como no podía ser de otra manera, la revista Ábaco dedica este número especial a su memoria. Mariano Hormigón vino a Gijón después de muchos años de ausencia en el año 2000 invitado por la Fundación Gustavo Bueno para participar en los quintos Encuentros de filosofía de Gijón, celebrados en julio de aquel año 2000. Aquellos encuentros dedicados al análisis de las relaciones entre ciencia, tecnología y sociedad industrial nos permitieron disfrutar no solamente con su extraordinario tabajo en el campo de la historia de la ciencia, sino también en el campo de las relaciones entre la ideología y la ciencia, que fue por donde se desarrolló mayormente aquel evento.

Posteriormente, colaboró con la revista Ábaco en un número especial dedicado al 250 aniversario del Primer discurso de Rousseau que respondía a la cuestión planteada por la academia Dijon, «si las ciencias y las artes han contribuido a la depuración de las costumbres». Mariano Hormigón arremetió sin miedo contra Rousseau en un memorable trabajo que queda registrado en la historia de Ábaco.

Hace un par de años todavía pudimos verle por aquí, acompañando a su mujer, Elena Ausejo, que venía a dar una charla sobre mujeres y matemáticas, en el contexto de un curso organizado por el seminario de profesores «Hipatia» en colaboración con el CEP d e Gijón, sobre la historia de las matemáticas y las mujeres. En aquella ocasión, Mariano Hormigón, junto con Elena Ausejo y José María Laso Prieto, formaron una mesa redonda para abordar el asunto de la guerra de Afganistán, provocada a resultas del atentado de las torres gemelas en Nueva York. Mariano Hormigón hizo alarde entonces, ante los estudiantes de enseñanza secundaria del IES Rosario de Acuña, de un conocimiento profundo de la historia de las técnicas de la guerra, su evolución y su importancia en el proceso de desarrollo de la cultura humana.

La revista española de Historia de la ciencia más importante de nuestro país, L L U L L, que dirigía el propio Mariano Hormigón incluyó en su número 27 una separata con una semblanza de su trabajo intelectual. Ta mbién aparece una referencia biográfica que transcribimos a continuación:

Se formó como matemático en la Universidad de Zaragoza y como ciudadano en la cultura y la política antifranquista Fue máximo dirigente del PCE hasta su expulsión del partido en 1974, aunque nunca dejó de ser comunista. Dedicado siempre a la Universidad de Zaragoza, en la que se licenció en Matemáticas en el año 1970, era Profesor Titular de Historia de la Ciencia desde 1986. En Zaragoza ha dejado una escuela de historia de las matemáticas y de la ciencia con un destacado perfil en historia social. Socio número 32 de la Sociedad Española de Historia de las Ciencias, fue Presidente desde 1984 hasta el emblemático XIX Congreso Internacional de Historia de la Ciencia (Zaragoza 1993) cuya organización dirigió. En 1985 alentó la fusión de la primigenia SEHC con la A s ociación para la Historia de las Técnicas. Desde 1982 era Director de la revista L L U L L, el principal activo de la SEHCYT. Los Simposios Internacionales Galdeano de los 90 consolidaron a su grupo de investigación internacionalmente.

La historia de la ciencia española, como cualquier historia de la ciencia, o historia a secas, remueve cuestiones que inevitablemente provocan polémica y reacciones encontradas. La idea de recuperar la memoria histórica sólo satisface a aquellos que quieren mostrar algo con ella. Los que no, procurarán enterrar los cadáveres lo más hondo posible. En cuanto a la historia de la ciencia española, ya de por sí ha estado cargada desde sus orígenes por el debate de si hubo o no hubo ciencia en España, y la discusión interminable del pretendido abandono y aislamiento durante los últimos siglos. Lo mismo se dirá de la historia de la ciencia española en el período en el que nosotros queremos situarla: el exilio provocado por el triunfo del franquismo, y su significado histórico. Mucho se ha escrito ya sobre el exilio español provocado por la Guerra Civil de 1936; sobre los escritores, artistas, profesionales, políticos, y también, sobre los científicos. Muchos de ellos tuvieron desde luego mejor suerte que todos aquellos españoles de segunda y de tercera, desconocidos y anónimos, cuya única contribución a la historia de España fue sin duda apoyar a la República, o luchar por ella. Su destino trágico en muchos casos, hacia los campos de concentración franceses, y después alemanes, heroico en otros, unidos a la resistencia contra el nazismo, ha requerido esfuerzos enormes, para la recuperación de su memoria y la consecución del respeto y el recuerdo debido. Trágica fue para todos ellos la pérdida de la patria, y la paulatina pérdida de toda esperanza de regreso, después de la traición internacional a la República, ya inaugurada con la contribución cínica y malintencionada al desastre español.

A pesar de lo que se ha dicho acerca del aislamiento español, del estado de las ciencias, del abandono, etcétera, resulta claramente extraordinario que un país que sufrió la procelosa tempestad de un siglo XIX tan caótico y desastroso, conservara todavía a principios del XX tanto vigor cultural, científico y social. Es absurdo concebir como aisladas y abstractas figuras significativas de la historia de la ciencia, como nuestro premio Nobel Ramón y Cajal. En este número de Ábaco se revisa especialmente esta efusión cultural en el caso de la ciencia, en el interesantísimo trabajo de Elena Ausejo sobre la Edad de Plata de la ciencia española. Inés Pellón estudia aspectos del sustrato educativo que soporta esta efusión en el caso de la enseñanza de la química desde el siglo XIX; mientras que José María Laso Prieto hace un repaso de lo que significó el exilio de los científicos españoles tras la Guerra Civil de 1936. Mención especial merece el estudio que Mariano Hormigón nos ofrece aquí, sobre la concepción de la ciencia, y la orientación que recibe en el contexto de la época franquista, un estudio que abre las puertas a una revisión general de la época, en sus aspectos gnoseológicos, ideológicos y sociales. La primera parte de este monográfico de Ábaco termina con un documento histórico fundamental, el relato del viaje que el insigne biólogo soviético Nicolai Vavilov realizó por España en el año 1927, en plena dictadura de Primo de Rivera. Vavilov recorrió toda la geografía española analizando la flora, los cultivos y las técnicas agrícolas, el estado general de nuestro desarrollo técnico de entonces; mantuvo contactos con la élite científica y tuvo tiempo de hacer una valoración sorprendente para nosotros y nuestra forma de mirar al pasado, del estado de las ciencias en España. Su relato inédito aún en español se ofrece en este número, como contrapunto de ideas preconcebidas.

En la segunda parte de nuestro número se revisan algunas figuras conocidas, como Ochoa, por Emilio García García, o Cabrera, por José Manuel Sánchez Ron; y otras, casi anónimas pero importantes para comprender el alcance del exilio científico español, como el caso del profesor gallego Pedro Cruceiro Corral que Alción Cheroni ha recuperado para nosotros. El número quiere ser también un recuerdo y homenaje a personajes de gran relevancia en la organización institucional del exilio científico. Así Fernanda Peset nos ofrece una semblanza de Francisco Giral, quien recogió la memoria de su trabajo en México en su importante libro, Ciencia española en el exilio (1939-1989). El exilio de los científicos españoles, publicado en Anthropos en 1994. José Cobos Bueno, desde la Universidad de Extremadura, nos trae a la memoria la figura de Francisco Ve r a , cuya contribución –no exenta de polémicas– al desarrollo de la historia de la ciencia en España ha sido absolutamente esencial.

Aunque este número se concibió como repaso histórico sobre aspectos institucionales y sociológicos de la ciencia española de la primera mitad del siglo XX, como elemento del debate sobre la recuperación de la memoria histórica, y en lo posible también como matiz para disolver posturas anquilosadas; no podemos dejar de concebirlo, por desagraciadas circunstancias, como un improvisado pero sincero homenaje a la memoria de Mariano Hormigón, entregado apasionadamente al estudio de la historia de la ciencia y a la lucha por la justicia social.


Pablo Huerga Melcón

 
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