LA IMAGEN COMO DOCUMENTO SOCIAL
PRESENTACIÓN

La imagen forma parte de la vida cotidiana. Se ha incorporado de manera imparable a nuestra existencia y en nuestra historia, encontrándonos con ella en cualquier instante y en cualquier lugar. Preside todos los acontecimientos tanto privados como públicos. La Historia ha redescubierto la imagen como documento susceptible de ser analizado y del que resulta posible obtener datos ignorados o no aprovechados hasta el momento, y aparece incluso como un procedimiento de reproducción fiel e imparcial de nuestra sociedad.

20 años no es nada, o es toda una vida, depende del cristal o la óptica con que se mire. No es casual, entonces, que este número de Ábaco, a cuyas espaldas se despliegan veinte años de actividad, aborde la imagen en sus diversas vertientes —pictórica, fotográfica, audiovisual, etc.— como producción de disciplinas que comparten los paradigmas culturales de documento de la memoria colectiva, comunicación visual, manifestación ideológica, testimonio histórico-social, entre otros.

En el título de este número parafraseamos el afortunado e importante trabajo de Gisèle Freund, quizá uno de los más certeros y rigurosos análisis de la fotografía en sus versiones de historia artística, política y sociológica. En realidad, el comercio cultural nunca fue exclusivamente lingüístico. En palabras de Juan Cueto, que analiza en su artículo la relación entre globalización e imagen, el descubrimiento y la colonización del Nuevo Mundo estuvieron signados por las guerras de imágenes: mientras la evangelización intentó imponer por la fuerza el imaginario católico, los navegantes holandeses manipularon y controlaron los mapas de las nuevas rutas comerciales —verdaderos textos icónicos y espaciales al servicio del poder político y económico— para enriquecerse.

Si encontrar el sitio simbólico que nos pertenece dentro de nuestro árbol genealógico tiene un papel importantísimo en nuestra singular construcción como sujetos, distinguir nuestros rostros en las fotos del álbum familiar cumple asimismo con una función identitaria fundamental. Como comunidad, el acceso a la información testimonial gráfica —y no sólo oral— puede permitirnos una Historia atenta al presente, escrita por sus mismos actores: la fotografía es memoria, aquella en quien confiamos para no repetir los mismos errores, la forma esencial de construcción de los imaginarios colectivos.

La imagen fotográfica, pensada en sus inicios como la disciplina que nos muestre la Verdad, hace valer la sintaxis propia de lo imaginario: la composición es, indefectiblemente, la imagen de un concepto. Como nos recuerda en su artículo María Antonia Mateos, los fotógrafos revindican para sus producciones un lugar que, aunque artístico, está más allá del arte: la fotografía es subversiva, dice Roland Barthes en La cámara lúcida, no cuando asusta, trastorna o incluso estigmatiza, sino cuando es pensativa. Al pensar —al pensarnos— la imagen se torna documento social.
Nuestras sociedades productoras y consumidoras de servicios y conocimientos se caracterizan por una densidad iconográfica extraordinaria. Los avanzados procedimientos de captación, almacenamiento y tratamiento de datos —desde la fotografía y el cine pasando por los programas televisivos y la publicidad— generan un volumen gigantesco de información que nos plantea exigencias hasta el presente desconocidas. Ese aluvión puede asfixiarnos, nos advierte Carlos Lomas, a menos que conozcamos cómo los medios masivos contribuyen a «hacer mundo», cómo se seleccionan las informaciones para exhibir algunas y ocultar otras.
Nuestro presente, condicionado por los medios de comunicación audiovisuales, ha obligado a los historiadores a investigar esta progresiva expansión de lo visual, tratando de desvelar no sólo los orígenes y mecanismos del proceso, sino también la forma en que la imagen colaboró en la construcción de la mentalidad social del pasado. De ahí que la exploración en torno de la imagen promoviese el diálogo con otras disciplinas (la historia del arte, la antropología, la semiología, la geopolítica, la lingüística, la arquitectura, la sociología, etc.) que acuden, ellas mismas, al rescate de la memoria, amplificando la voz con que lo icónico nos cuenta acerca de nuestro mundo.

La fotografía no pertenece exclusivamente al canon de una técnica ni al de un objeto de arte; no ofrece al espectador únicamente un disfrute estético, lúdico o didáctico, sino polisémico. Aunque su filiación se rastrea en la creación artística —ya que, como expone Pablo Huerga Melcón, la fotografía se nutrió de las fuentes pictóricas y del teatro— nació para levantar una especie de registro notarial de la realidad, despegando y popularizándose debido a ese carácter pragmático. Aunque la tradición académica, fortalecida con el cemento de la construcción positivista, jerarquizaba las fuentes escritas, las nuevas bifurcaciones que desde principios del siglo XX condujeron a cuestiones que aparecían como dignas de ser narradas debilitaron la fe en la omnipotencia de lo escrito. Si la vida cotidiana no tiene autorización para ingresar por la entrada principal de la Historia, se cuela por la ventana; así, hace estallar el concepto de fuente para que integre a filmes, fotografías, vídeos, mapas e imágenes de toda clase.
Este número de Ábaco recoge recortes de ese debate: veintisiete estampas a partir del entrecruzamiento de diferentes disciplinas con la representación visual; veintisiete impresiones —reivindicando toda la polisemia del término— que dialogan sobre la producción de sentido y los efectos sociales de la circulación de mensajes y bienes simbólicos. En estos flashes sobre aspectos concretos de la realidad social de estos años, recabados a prestigiosos autores de los ámbitos de la cultura y de las ciencias sociales, habituales colaboradores de la revista, nos permiten mostrar un verdadero elenco de titulares con los que nos hemos tropezado alguno de los días de la semana, de cualquier año, de estas dos décadas. No por fragmentaria es menos certera esa instantánea. Con los textos breves y sintéticos se incorporan imágenes aportadas por diferentes profesionales de la fotografía, a manera de fedatarios de la misma cotidianidad, en ejercicio casual o buscado de verdadero fotoperiodismo.

Dejemos al lector, entonces, frente al espectáculo fragmentario, lúdico, polifónico, heterogéneo, que se abrirá a su mirada apenas descorra la siguiente página de nuestra revista.

MIGUEL ÁNGEL ÁLVAREZ ARECES  (revabaco@arrakis.es)

 
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